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EL FORASTERO por David González Hinojo

EL  FORASTERO

Relato 12

 

-Aquí es donde encontré a Leónidas -dijo señalando el camino de San

Martín. Habíamos ido caminando por la carretera hasta la curva del transformador. Añadió:

-Llevaba toda la mañana buscándolo. Hasta que me dijeron que lo vieron merodeando por la Corona. Lo llamé y vino corriendo. Traía una zapatilla en la boca. Creí que sería una zapatilla vieja que habría encontrado por ahí. Pero, cuando la dejó a mis pies, la vi demasiado limpia para haber estado abandonada en el campo. Le pregunté, «Leónidas, ¿de dónde la sacaste?» Y, sonará bobo, pero fue como si me entendiese. Echó a andar hacia los robles, volviéndose cada poco para comprobar que le seguía. Me llevó hacia la ladera sur de la Corona. Allí, bueno…

Calló ensimismado, mirando con fijeza la Corona. Luego siguió:

-Nada más comenzar a ascender la ladera, encontré un calcetín. Aún llevaba la zapatilla en la mano y me agaché preguntándome si ambas cosas tendrían relación. Entonces Leónidas empezó a ladrar, parado un trecho más arriba. Seguí subiendo parar averiguar qué quería mostrarme. Junto a Leónidas, escondido entre unas escobas, había algo que no distinguía. Pero al acercarme lo vi. Y no lo podía creer. Lo miraba y me decía «no puede ser lo que parece». Pero lo era. Del talud asomaban, como ramas secas, dos pies. Uno llevaba zapatilla y calcetín. El otro estaba desnudo.

El peso grave de los recuerdos le hizo balancear la cabeza en silencio. Después continuó:

-Tuve que subir a lo alto de la Corona para poder usar el teléfono. Pedí ayuda. Y me quedé allí. Leónidas se echó a mi lado. Veía Murias a un lado, al otro Pedredo y allá, al frente, el Teleno. No sabía qué hacer. Me costaba respirar. Me temblaban las piernas. Había dos niñas en el jardín de la casa de ladrillos que hay cerca al cruce. Jugaban a lanzarse una pelota. Estuve mirándolas hasta que oí la sirena de la Guardia Civil.

Calló otra vez. Yo tenía en mente que no llegó a averiguarse qué había llevado al forastero a terminar sus días semienterrado en una tejonera. Se lo comenté.

Me miró. Pareció dudar. Al fin, dijo:

-Mi abuelo me contó que, de chico, solía subir con sus amigos a la Corona para buscar un tesoro escondido. Un pote lleno de oro, decía él. Subían y escarbaban en cualquier grieta u oquedad que encontraban, por ver si hallaban el oro. Nunca encontraron más que piedras y pedacinos de loza, claro. Pero esas excursiones eran frecuentes porque, en el pueblo, desde siempre, se contó una historia sobre unas gentes que vivieron aquí hace mucho tiempo. Un día tuvieron que escapar precipitadamente. Antes de marchar, escondieron sus riquezas en un profundo pozo en algún lugar de la Corona. Con intención de volver a recuperar el oro cuando tuvieran oportunidad. Pero nunca regresaron.

O quizá sí.

LA CASA DE LA MOURA por Miriam Alonso García

LA CASA DE LA MOURA

Relato 29

-¡Papá! ¿Desde aquí? Los ojos de Alejandro brillaban con la luz de la emoción, ésa que siempre irradiaba cuando descubría algo nuevo. Estaba nervioso, tenía miedo y le invadía la felicidad; todo a la vez. Era su sensación favorita. Llevaba quince minutos buscando las piedras perfectas. Su padre le había explicado que tenían que ser pequeñas y planas, porque así, era más probable que se mantuvieran unas encima de otras y no se deslizaran cueva abajo.

-Sí, hijo, desde ahí. José Luís conocía la leyenda desde pequeño, como todos los vecinos de Filiel, y sabía que a su hijo le iba a cautivar.  Esa tarde cogió a Alejandro de su minúscula mano y se dirigieron hacia el Piñeo. Subiendo por el camino que bordea la iglesia, llegaron a la casa de la Moura rápidamente. Era una pequeña cueva excavada en la roca y estaba repleta de piedras de todos los tamaños y formas. En ella vivía la Moura, una malvada hechicera que no dudaba en embrujarte si no accedías a cumplir sus deseos. Y su deseo era solamente uno: debías arrojar tres piedras desde el sendero y éstas tenían que permanecer dentro de la cueva, si se caían, tú también caerías bajo su encantamiento.

El castañeteo de los diminutos dientes de Alejandro se confundía con el de las tres piedrecitas que sostenía en las manos. Era la hora, tenía que lanzarlas. ¡Qué emocionante! Parecía una de las aventuras que le contaba la abuelita cuando se iba a la cama.

-Vamos, hombre, ¡no te lo pienses tanto! Su padre recordó la primera vez que fue a la casa de la Moura. También lo había llevado su padre cuando era un renacuajo, como él decía. Cogió las primeras piedras que encontró y las disparó sin contemplaciones. No había quedado dentro ninguna, ni suya, ni de otro.  Se rascó la cabeza, eran otros tiempos…

-¡Una! ¡Dos! ¡Y tres! Alejandro no cabía en sí, había acertado en el blanco las tres veces.  Permaneció inmóvil durante unos segundos, con la mirada fija en las piedras, saboreando la hazaña. No se movieron, estaba a salvo de la maldición de la Moura.

José Luis aplaudió con fuerza. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. Se había apoderado de él una mezcla de amor, admiración y envidia, por la intensidad con la que Alejandro vivía cada pequeño acontecimiento.  Por un instante pensó si sentía aquello simplemente porque era su hijo o porque era realmente un niño extraordinario.

De repente se percató de que Alejandro estaba recogiendo piedras de todos lados, tenía las manos a rebosar.  En seguida interrumpió su ardua labor y, observándolas con detenimiento, fue descartando piedras, dejándolas caer de entre los dedos. Levantó la cabeza y miró fijamente a su padre. -Estoy recogiendo piedras de las malas para que se caigan de la cueva, ¡así conoceremos a la Moura en persona! A lo mejor no es tan mala como dice la gente, papá.

 

No había duda, era excepcional.

EL HOMBRE DE LA LUNA (fuera de concurso) por María Paz Martínez Alonso

EL HOMBRE DE LA LUNA
(Fuera de concurso)
Lo peor no había sido el castigo divino, ni haber quedado expuesto a la vista de todos como el ratero codicioso que había sido. Lo verdaderamente malo era que estaba condenado a ver a sus descendientes cargando con las faltas y los estigmas que sus actos habían desencadenado. Y es que así eran las cosas en la Somoza, los pecados se heredaban con más facilidad que la hacienda y que la virtud.
Siempre había sido muy cuidadoso con sus hurtos pero llegó el día (porque como bien le había dicho su padre cuando de niño presintió sus malas decisiones “tanto va el cántaro a la fuente que al final el cántaro se rompe”) y sucedió que, de un modo fortuito, le desenmascararon como el ladrón de leña que provocaba que esta desapareciera prematuramente antes de que el invierno llegara a su fin. Años llevaban los vecinos buscando una explicación a la merma de los montones que cada casa apilaba. Nadie había sido sospechoso pues juntos trabajaban por un bien común hasta la noche en que un rayo prendió en el tejado de la iglesia y Orencio corrió a casa de Catarino a buscar ayuda y no lo encontró. Lo buscó por las cuadras y tampoco dio con él. Entonces pensó que tal vez estuviera en el caserón que su difunto padre le había dejado, y allí se dirigió. Tras unos fuertes empujones y llamándolo, consiguió abrir la puerta que estaba inesperadamente atascada con montones y montones de leña por todas partes, tantos que una vez dentro, uno no alcanzaba a ver nada más. Pasmado cerró de nuevo. Se dirigió a casa con las prisas que le azuzaban y la mente muda de impresión. Al entrar, la sacudida de una sombra trató de desvanecerse entre los rincones de la casa. Orencio pudo ver a Catarino ocultarse con un haz de leña al hombro aprovechando que todos habían salido a apagar el fuego.
—¡Maldito seas tú y los tuyos, tantos años de burla te los cobre el cielo en vergüenzas, pues la necesidad no te apremia y es la avaricia la que te envenena el conocimiento! — Gritó Orencio ofendido.
Catarino salió corriendo con su haz de leña al hombro mientras un nuevo rayo caía abriendo en dos el cielo y adentrándose en la tierra con inusual bravura. Al rato, extinto ya el fuego, todos los vecinos conocían por boca de Orencio las malas artes de Catarino y su mujer e hijos lloraban en un rincón por la deshonra engendrada.
Nadie volvió a ver a Catarino y aunque durante los siguientes días lo buscaron no hallaron modo de dar con él.
La noche con más luna, cuando redonda como una manzana alumbraba con cierta claridad los caminos, decidieron también salir en su busca. Mujeres, hombres y niños gritaban su nombre y esperaban detrás, en silencio, una respuesta.
—¡Allí, allí! — Gritó de pronto Bartolo, el nieto chico de Catarino, mientras señalaba a lo alto con el dedo.
—¿Allí, dónde? ¡No hay nada! — Le espetaron los vecinos.
—¡Allí! ¿No lo veis? Hay un hombre en la luna. Todos miraron al cielo y pudieron ver la figura de aquel hombre con haz de leña a la espalda sobre la clara luz de la luna.
Aún hoy en las noches de luna llena de La Somoza lo podemos ver.

TE LO DIGO Y TE LO REDIGO: SI A LA SOMOZA VAS, NO DUDES QUE VOLVERÁS por Beatriz Gutierrez Cabezas

TE LO DIGO Y TE LO REDIGO: SI A LA SOMOZA VAS, NO DUDES QUE VOLVERÁS  

Relato 11

 

Cuenta la leyenda, que hace algunos inviernos un eclipse apagó el día sobre el Teleno y durante unos cuantos minutos la luz se transformó en tiniebla, el reflejo claro de los brezos sobre las fuentes se borró y la luna apareció en el cielo rojo, mágica y hermosa.

Dicen las personas más viejas que habitan los pueblos de la zona, que en esa noche que se comió el día, muchos animales quisieron correr a las cuadras para guarecerse de la oscuridad por dos ocasiones en una misma jornada, otros cantaron dos veces, cuando acostumbraban a una y algunos reptiles despistados invernaron hasta la primavera siguiente.

Dicen los maragatos que resisten los inviernos frente a la chapa, que ese día, el lobo que habita esas tierras de la Somoza, aulló dos veces; aulló para anunciar la noche y para despertar el día. El gallo cantó al mediodía también en dos ocasiones y los garbanzos que estaban sobre el puchero en la lumbre, rompían los dientes de quien se atrevió a probarlos, por lo que hubieron de volver al fuego por segunda vez. La abubilla puso dos huevos y a los corzos adultos les rebrotó la hermosa cornamenta por segunda vez, las liebres corrieron hacia el monte y luego a la pradera, buscando su camino en dos direcciones, los jabalíes se rebozaron un par de veces sobre los charcos de barro fresco, los frutales florecieron por dos veces, las huertas se llenaron de repollos de dos cabezas y puerros con dos piernas, y las mujeres que engendraron en esa noche, parieron mellizos nueve meses después.

Cuentan y dicen, que desde ese día en la que la noche se comió al día, cada animal que se guarda en estas tierras repite sus hábitos por dos veces; y el gallo no puede cantar un solo canto, y el lobo aúlla el doble que, por montes vecinos, y las gallinas ponen dos huevos en un mismo atardecer y los reptiles invernan dos inviernos…

Y es por esto, que si acostumbras a pasear por estos montes y a recorrer las callejuelas de estos serenos pueblos de ventanas azules y paredes de piedra firme, sus gentes te saludarán dos veces, las siestas son de dos minutos, te será imposible tomar solamente un vino, cada fiesta habrás de celebrarla con dos bailes, los huevos fritos te los comerás por pares, cuando hagas una pregunta has de esperar dos respuestas, en cada pueblo al menos harás dos amigos que seguro te durarán dos vidas y siempre, siempre, siempre las cosas que surjan en la oscuridad se han de vivir por duplicado, ya que en la primera, es posible que te quedes eclipsado.

Y es por esto también que te digo, y si es necesario te vuelvo a decir que… ¡Si a la Somoza vas, no dudes que volverás!

ÚLTIMA NOCHE EN LA SOMOZA por Freddie Cheronne

ÚLTIMA NOCHE EN LA SOMOZA

Relato 30

Al oír el gallo de Demetrio, Vitoria abrió los ojos. Observó durante unos momentos la panza del techo resquebrajado y se levantó. Aunque no como cada mañana. Aquel día era especial porque lo pasaría con Venancio, el hombre de su vida. Así pues se incorporó, se vistió con sus mejores galas para ir a visitarlo y después recogió unas cuantas caléndulas que aún lucían lustrosas junto al poyo del patio. Cualquiera pensaría que quizás esa labor le correspondería más bien a Venancio pero al fin y al cabo ya nadie podía esperar eso de él.

Sin más dilación Vitoria se echó a andar sin prisas, pues sabía que Venancio la esperaba. Tomó la vereda de El Juncal y contempló la alfombra de hojas secas y el paisaje pintado de amarillo y ocre por los árboles de primeros de Noviembre. Pasó de largo junto a la ermita, subió la cuesta y abrió la verja.

–            Mira lo que te traigo. – le dijo.

Aunque Venancio no solía decir nada, Vitoria estaba convencida de que en el fondo lo agradecía mucho. En esas estaban cuando empezaron a aparecer otros paisanos para reunirse con los suyos. Primero llegó la señoá Antonia, después Raimunda, y también Teotiste y Otilia con los nietos… Y así echaron la mañana con sus tradicionales quehaceres, porque si de algo disponían en aquel pueblo de La Somoza era de tiempo.

Imbuida en los recuerdos e intercambiando de tanto en vez alguna que otra frase con Venancio iba cayendo la tarde. Ya todos los vecinos habían ido despidiéndose de sus difuntos y marchado del camposanto.

–            Bueno, Venancio, pues yo también marcho ya.

–            Ay, Vitoria, ¡lo que yo daría por pasar una última noche contigo! – pareció oírle decir.

–Volveré pronto. – dijo Vitoria condescendiente, y al darse la vuelta fue a apoyar el pie sobre el único tramo de losa al que en todo el día no había dado el sol y sobre el que se mantenía una plaquita de hielo.

Al deslizársele el pie, Vitoria perdió el equilibrio y cayó pausadamente de tal manera que sus ciento doce kilos fueron a parar a orilla de la lápida, quedando tendida boca arriba. No sintió dolor. La caída fue limpia y, gracias a sus estupendas grasas que amortiguaron el impacto, no se golpeó en ningún punto vital. Sin embargo ella sabía a lo que se enfrentaba. Estuvo casi una hora intentando levantarse pero la voluminosidad de su cuerpo y la fuerza de la gravedad se lo impidieron. Por más que gritó nadie la oyó, así que la mujer se acomodó como buenamente pudo y allí quedó tendida junto a su Venancio.

–            Ay, Venancio, ¿quién me iba a decir a mí que al final te ibas a salir con la tuya?

Y efectivamente allí yacieron juntos la última noche con vistas a un cielo estrellado y con el reflejo de una estrella fugaz en las pupilas de Vitoria.

La mañana siguiente también fue especial. Al salir el sol nadie oyó cantar al gallo de Demetrio. Sólo un graznido se extendió por el valle cuando los primeros rayos iluminaron la sonrisa gélida de Vitoria. Después se oyó el aleteo de un grajo, que echó a volar desde la copa de un ciprés y se perdió en el cielo azul.

A NOÉ por Isasy Cadierno Alonso

A NOÉ

 Relato 10

 

La lechuza está ausente en esta noche oscura, el silencio helado de tejados blancos, y añejas chimeneas de humo, desdibujan la escasa luz.

Luna gris de plata, alumbra las estrellas, el viento revolotea golpeando las ramas del viejo abedul, esparciendo sus hojas por la plaza de Muga. Calles desiertas, anhelo de luz, Somoza de leyendas en alcobas de sueños viejos, alcobas de niños, temor de ancianos, desvelo de mozas.

Muga es pequeño, alzado sobre una colina, la más alta. De prados extensos q la rodean como mantos dorados donde pastan las cabras, las cabras de Noé. Casi amanece, Noé hace horas atravesó la Cañada, hoy camina más lejos, los pastos del otro valle acunan su cuerpo, mecen su ternura y su alma, anochece y Noé no regresa.

El tintineo de campanillas despierta a los aldeanos, son las cabras de Noé, han vuelto solas.

Alarmados salen d las casas, ni rastro del niño. Un camino de antorchas va marcando las sendas mientras vocean su nombre., Noeee , no hay respuesta , algún búho asustado ulula a su paso , inmóvil , augurando infortunios .  Está amaneciendo, los hombres regresan, en algún lugar dejaron la esperanza tras días y noches buscando al pequeño, noches de lobo acechante, noches de oración, noches negras como sus mantones pesados. Pronto llegará la primavera.

De una aldea lejana asoma entre los Valles Juan, a lomos de su caballo viejo, cada primavera, trae la miel en tarros para su venta. Un puñado de moscas rodean su andadura, persiguiendo algún festín o descuido del muchacho.  No lejos de Muga, se detienen, aquellos prados invitan al descanso, tumbado sobre el lecho dorado se queda dormido.

Amenaza tormenta, comienza a llover con fuerza, el viejo caballo galopa asustado y Juan despierta, oscurece, los truenos invaden El Valle con resplandores violetas que iluminan su rostro, su corazón late con fuerza, sus manos tiemblan, sus pies se hunden al correr en la pradera mojada, y se hunde la tierra sepultando a Juan.

Bajo un techo de barro y polvo aguarda la leyenda, magmas fragmentados son testigos milenarios, grutas que abren las entrañas de la tierra, conductos y galerías subterráneas servirán de morada y olvido, servirán de magia y vida, de culto divino y salvación. Juan llora desesperado, el miedo se apodera del muchacho. Alguien se acerca y acaricia su cabeza propinando un sobresalto a Juan, mira por todos los lados buscando en la oscuridad.

Los ojos de un niño le observan, luceros del alba fugaces, cándida luz celestial, pequeño Dios perdido que corre a sus brazos, es Noé.

Desde los tejados de Muga se aprecia un horizonte casi perfecto, los montes lejanos desdibujan la bruma de la mañana, los primeros rayos de sol ya reposan sobre El Valle. A lo lejos, un muchacho y un niño van de la mano, avanzan con caminar pausado hacia la aldea. Una lagrima cae por su mejilla, impregna su esencia y su gozo, Juan aprieta su mano con fuerza, sostiene con templanza las huellas imborrables de su corazón, y así , con semblante digno de un Dios iluminado son alabados .

Y así, Noé, bajo ritos tribales y cantos ancestrales es alzado en la plaza, repican las campanas y su clamor forma ecos retumbando hasta las lejanas montañas devolviendo melodías aterciopeladas.

Pequeño príncipe, rey de reyes, luz de luz de los días , luz de luz de la oscuridad, héroe por siempre.

EN MI CELDA por Victoria Mogollón Fajardo

12 de junio 1532.

Me llamo Marcelina Cordero. Tengo treinta y cinco años. Ya llevo dos en esta celda. Fue mi decisión. Pero estoy cansada. Llevo dos años viviendo en la pobreza extrema, en la soledad casi absoluta. En la tristeza. Creí ser muy valiente cuando tomé esta decisión. No quería vivir.

Todavía recuerdo mi casa. Tengo miedo olvidarla. Era amplia, con un patio interior precioso. Estaba construida, como la mayoría, de adobe, piedra y madera. Sus paredes eran tan gruesas como éstas. Teníamos las habitaciones en la zona superior. En la zona inferior teníamos el ganado.

En el patio nos reuníamos las mujeres para charlar, y los niños revoloteaban cerca jugando.  Echo de menos la cocina, ¡el olor del cocido! Cierto es que, puedo decir que las gentes que pasan cerca de aquí me conocen.  Me traen alimentos, me dan un poco de compañía a través de esta ventana. No les veo la cara. Sólo escucho sus voces. ¡Pero me resulta tan gratificante!

Tengo miedo volverme loca. A veces escucho la voz de mi padre, suplicándome que no me encerrara aquí. En las noches insomnes o en las pesadillas, lo escucho.

Las visitas de mi madre me llenan de añoranza y me traen noticias, pero cuando se va sin que ni siquiera pueda ver su cara, me destroza. No pierdo ningún acto de la Iglesia, esta Iglesia de Santa Marta. Mi cabeza deja de pensar esos momentos que duran las misas. Nunca fui muy religiosa, pero estos salmos, estas oraciones, me ayudan a sobrellevar mi soledad. Tengo la espalda destrozada. Este camastro, esta tabla donde duermo, me está rompiendo. Anochece. No veo bien. A ver si consigo dormir un rato.

 

15 de junio 1532

Hoy amanece algo nublado. Aquí no siento mucho calor. Menos mal, sería inaguantable sufrir los calores del verano encerrada entre cuatro paredes un día tras otro.

Ya no duermo, vi la luna por esta pequeña ventana, sólo unos segundos. La luna. Me gustaba verla cuando estaba en mi casa. La miraba desde aquel balcón ¡Dios mío! ¿Por qué sufría por él, y lo recordaba en aquel balcón? Entonces, podía salir con libertad y disfrutar de la noche.

 

 

23 de junio 1532

Hoy recuerdo a mi padre. Temo que su vida se acabe por mi causa. Recuerdo que de jovencita lo veía poco.  Mi padre, como buen maragato, viajaba gran parte del año. Se iba con los demás hombres, con los carromatos hacia el oeste y el centro e España.  Vendían productos artesanales que realizábamos en casa. Cómo echo de menos aquellas actividades…

 

 

16 de Julio 1532

Hoy tengo un gran dolor de cabeza. Esta noche no pude dormir. Hubo un gran revuelo en la calle. Unos hombres me insultaron y me tiraron piedras.

Me llamaron mujerzuela.

¡Pero si estoy aquí por amor! O mejor dicho, por desamor…

 

22 de Julio 1532

He pasado varios días sin escribir. Sólo me apetecía llorar y morirme. He rezado. He estado pegada al ventanuco que da al presbiterio de la Iglesia de Santa Marta.

Le he pedido a Dios que no me deje aquí mucho tiempo. No puedo aguantar más. Sin libros, sin aire, sin espejos, sin mi familia, sin sol, sin esperanza…

Le he pedido a Dios que se termine mi soledad: que se termine mi sufrimiento.

TELENO por Charo Herráez del Olmo

TELENO

Relato 8

 

La montaña los miraba desafiante.  Eran caminantes maragatos. Arrieros.

Solo pensaban en llegar a la Asturica. Amalio se casaba el viernes y sabía que Clorinda esperaba ansiosa ese momento. Regresaban contentos de sus mercadeos y las mulas bajaban ligeras y alegres.

Amalio sin embargo se sentía intranquilo.

No sabía muy bien porqué – “anda mozo que con esto del casorio andas más despistao que una mula miope” – le había dicho el Celestino

Pero no, no era el casorio. Era esa tormenta que no cesaba y el desafío del Teleno. Siempre había querido, necesitado quizás, subir a sus cumbres. Siempre había sentido esa inquietud cuando miraba al monte. Desde qué, de muchacho, acompañaba a su padre por las escabrosas tierras de la Somoza y más allá.

En los últimos viajes, la inquietud se había convertido en obsesión.

“…tengo que subir a ese monte”, le había dicho una vez a Clorinda” …subiremos juntos”- le respondió zalamera ella.

-No. Subiré solo. Tengo que subir solo. Hay algo allí que tengo que aprender. Lo sé.

Regresaban entre cortinas de aguanieve y furia ventosa. Tenía que ser ahora.

Dio el ramal al Celestino y a voces, entre el sonido del viento y la fuerza del agua, indicando al Teleno, le dijo…” Volveré, que no se enteré mi padre” “¿Pero qué…?” y le vio dejar el sendero para trepar los riscos como un mono perseguido ¿Pero qué…?”

La lluvia deshizo pronto las alpargatas. El muchacho se las quitó y siguió hacia arriba sin ningún tipo de duda. Desde allí veía la recua avanzar entre las sombras envueltas en capotes de los hombres. En cuatro horas estarían en casa y él, con suerte, también. Ningún arriero, excepto su padre, le echaría en falta, pero su padre iba muy atrás y no le daría tiempo a percatarse de su falta.

El Teleno rugía con toda su fuerza. Con pequeños desprendimientos aquí y allá se sacudía de picores antiguos y amenazaba con derrumbar su apostura en uno de esos desperezamientos. Pero el muchacho ascendía aún ciegos los ojos por la lluvia, era como si una soga imantada tirara de él en una ascensión desesperada.

 

Apareció en Lucillo a los dos días, después de que su madre sufriera la agonía y el desconcierto de una desaparición eterna. Después de que su padre y otros hombres subieran a los montes una y otra vez con la esperanza en sus pasos y regresaran con el fracaso en la mirada.

 

Amalio parecía transformado, simplemente les dijo a todos, entre ellos a Clorinda, que se iba, ¿Adónde?, preguntaron. “…No sé, pero creo que muy lejos de aquí”.

LA LEYENDA DE LABOR DE REY por Isabel Crespo

LA LEYENDA DE LABOR DE REY

Relato 7

 

El caballo de vapor había ido enmudeciendo el ruido de los cascos de las mulas. Con la llegada del progreso los vecinos del pueblo maragato de Labor de Rey tuvieron que dedicarse a otros oficios distintos de la arriería y, al final, mudar sus hogares. El pueblo inevitablemente se fue despoblando hasta quedarse como se encuentra hoy, totalmente abandonado.

Pero, en realidad, nunca se quedó del todo vacío, puesto que entre sus ruinas todavía deambula aquella alma desolada que ya lo hacía por el pueblo desde tiempo inmemorial. Aquella alma de la que algunos vecinos habían oído sus lamentos y otros habían incluso presenciando sus desvelos. Su historia había sido contada por juglares y trovadores…

 

Dice la leyenda que

 durante las noches en las que la Luna se ausentaba del cielo  retornaba el eterno arriero.  Cuentan que en el Medioevo vivía  en Labor de Rey un joven recuero

 -perteneciente a una poderosa familia de la comarca de

Somoza  cuya casa de piedra con portón arqueado daba fe de ello-  que se había enamorado de una joven, casi niña,  de una familia tan humilde 

que vivía bajo un techado de paja sin heno.

Aquellos enamorados no entendían de distinciones sociales, prohibiciones familiares ni nobles estamentos,  sólo de amor y sentimientos. 

Antes de emprender el viaje con su recua de mulas  para traer valiosas mercancías y salazones gallegos,   la joven se despidió entre sollozos mientras él la animaba diciendo  que cuando regresara le regalaría una vistosa arracada  para adornar su cuello 

junto al pañuelo de casada para desposarla luego.

 

Mientras, lejos, el honrado arriero  protegía el valor de su cargamento,  en su ausencia no pudo proteger  a su amada del tormento. 

Tras varias jornadas de quebrantos y sufrimientos,  pudieron con ella la debilidad provocada por las altas fiebres 

aparecidas con las primeras nieves del invierno. 

A la pobre niña le dieron sepultura  vestida con su pobre falda de paño amarilla,   un pañuelo blanco a la cabeza y una endeble gargantilla.

Cuando el joven recuero retornó al pueblo  y fue conocedor de las malas nuevas, 

enloqueció de pena y al poco murió de desasosiego.

 Sepultura también le dieron  ataviado con sus bordados y ricos ropajes 

pero en un lugar privilegiado del cementerio.

Dice la leyenda que

 en las noches en las que la Luna se ausenta del cielo,  se oyen los primeros sones de un tamboritero

 que anticipan los suspiros del enamorado,  el sonido seco de las ruedas 

y los pesados pasos de las bestias sobre el empedrado.

 El joven arriero con capa y sombrero de ala ancha  por el camino principal del pueblo 

acompaña a su amada muerta, yacente en la recua,  hasta el umbral del templo.

Hoy en día, de esta iglesia de Labor de Rey tan sólo queda su espadaña, y su camino ancho está cubierto por maleza y matorrales. Aviso a caminantes y peregrinos: ¡Que no os engañe el silencioso pueblo! ¡Esperad a que lleguen las noches oscuras de Luna ausente del cielo!

LA CUEVA DE LOS MARAGATOS por Yolanda Casado Galán

LA CUEVA DE LOS MARAGATOS

Relato 31

 

No nos lo podíamos creer, pero estaba claro que era aquella. El abuelo nos había hablado tanto de esa cueva repleta de los más extraordinarios tesoros durante las vacaciones que era imposible equivocarse. Y la habíamos encontrado así, por casualidad, de la manera más tonta: persiguiendo una pelota. Decidimos no contárselo a nadie e iniciar inmediatamente los preparativos del ritual. En primer lugar, necesitábamos una servilleta sin estrenar y una vela. Eso fue sencillo.

La abuela tenía varias mantelerías nuevas. A mí me hubiera gustado coger una con pajaritos bordados, pero mi primo Sergio dijo que era una cursilada y cogió una azul de cuadros. La vela también se la cogimos a la abuela, que tenía una pequeña colección comprada en diversos bazares de la ciudad por si algún día se iba la luz. De ellas, Sergio escogió una con caracolas en su interior, y yo me pregunté para mí, porque mi primo es mayor y me puede, cómo unas caracolas podían ser menos cursis que unos pájaros. El último ingrediente del ritual fue el más difícil. Se trataba de la flor del helecho macho cogida en San Juan. Teniendo en cuenta que estábamos en agosto, aquello era todo un reto. Afortunadamente, la solución se presentó sola: una mañana que fuimos a León con mis padres, la compramos en una floristería. Sergio no estaba muy convencido de que aquello no fuera hacer trampas, pero yo le persuadí diciendo que en aquel caso sí valía, porque la floristería en cuestión se llamaba “Flores San Juan”.

Aquella misma noche nos dirigimos a la cueva. Íbamos ansiosos y, al menos yo, un poquito asustado. La cueva estaba oscura y fría y, justo entonces, fue cuando mi primo y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. El abuelo nos había hablado de los tesoros y los elementos del ritual, pero no de cómo llevarlo a cabo. “Pondremos la flor sobre la servilleta y encenderemos la vela” dijo mi primo. Aquello era tan válido como cualquier otra cosa, y además, tenía sentido, porque, por ejemplo, poner la servilleta sobre la vela y encender la flor parecía tonto. Así lo hicimos.

Colocamos todo con exquisito cuidado en el suelo y encendimos la vela. “Oye ¿qué vas a hacer con tu parte del tesoro?”, pregunté a mi primo. No pudo contestar, del interior nos llegó un sonido de arañazos que nos puso alerta y cuando unas sombras negras se abalanzaron sobre nosotros no lo dudamos más y salimos corriendo. No miramos atrás y por supuesto no volvimos en todo el verano. La vela, la servilleta y la flor quedaron en la cueva, una nueva incorporación al tesoro protegido por monstruos alados, esperando exploradores más avezados o a que nuestra abuela se enterara del hurto y nos hiciera volver por ellas.