Es mi día grande.

El Correo de Andalucía, más conocido como el “Sevillano”, es un tren de lo más lento. Desde Manura hay raíles interminables hasta el dichoso pueblo andaluz de Isorno, el “culo del mundo”, como dice papá.

Mis padres y tía Cleta se afanan con la maleta grande, las dos pequeñas, los bolsos de tela, la cesta de mimbre. El andén se llena de gente, de gritos y niños que lloran, ríen y corren. Mi hermana y yo ayudamos a subir a la abuelita mientras tía Cleta limpia esmeradamente los asientos con su trapo amarillo. Nos acomodamos.

Zumban las moscas en busca de oxígeno. Me divierto sacando medio cuerpo por la ventanilla. Leo los letreros que dicen coche-cama, qué raro. Un reloj grandote marca lo que falta para la salida. Dos pitidos largos, y segundos después el tren se mueve, remolón. “Ya vamos, papá”, exclamo. “Sí hijo, es la hora, siéntate bien”. Pronto se pierden los ecos del andén.

El tiempo pasa lento, retenido por el vuelo de los insectos y el estallido de los rieles. El tren se balancea. Veo desfilar tapias rojizas, campos verdes, el violeta de las viñas, trigales amarillos, y una mujer chiquita que desde su era me sopla besos con la palma de la mano. Las espigas tempranas se inclinan haciéndome la ola. En un prado, tres vacas blanquinegras engullen la hierba. La máquina sube y baja, vuelta a vuelta, tirando. Alejándonos de Manura. Papá y mamá tienen cara de preocupación. Cosas de la guerra. Empiezo a sentir pellizcos de nostalgia. La ventanilla abierta me bautiza con una ráfaga de carbonilla. Paramos cada dos por tres. Suben mujeres enlutadas con fardos gruesos que esconden bajo la falda. Pregunto a papá con la vista y me hace una seña de silencio. Luego me cuenta que es del estraperlo de patatas y pan blanco.

En mi bloc numerado, regalo de tía Cleta, anoto: Pasa un camarero bigotudo vestido de blanco. Sonríe con una ceja y da campanillazos voceando turnos de comida.

Papá le sigue un momento con los ojos y luego los baja.

Huércal Overa, estación bien puesta, quince minutos de parada. Sobre la puerta del jefe de estación pone: “España ha sido colocada providencialmente por Dios en el centro del mundo”. Me rasco dos veces la coronilla. Papá baja a la cantina, nos trae refrescos y un pastel para abuelita. Dos guardias con tricornio registran los vagones, tres mujeres gordas corren a zancadas por el otro lado de la vía.

Huyo de las moscas. “Ven”, me dice mamá, “ponte en este rincón, tápate con la manta y suéltate los zapatos, a ver si te duermes”. Según el reloj, dormí ocho horas y treinta y cinco minutos. He soñado con la Casa Colomba. Y con mi mosca de la guarda.

Con el alba, el pueblo de Isorno parece regocijado por el dindonear de las campanas de una iglesia. Mis padres están muy serios. ¿Qué nos espera?

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