Acepto la invitación de Casa Colomba y quedo deslumbrado a la llegada a la casa rural, el pajar parecía una hostería de renombre con los retoques que le habían dado. Pensó, que suerte he tenido en que mi amigo Fulgencio me invitase a pasar unos días en La Maragatería y poder disfrutar de un entorno tan rural como apacible. La dueña del lugar le recibió como él se merecía y sentó precedentes en todo lo que después vendría, la cena, de una exquisitez que ya quisieran tanto chefs de renombre como pululaban por las televisiones como por los canales de viajes.
Subió tranquilo los escalones hacia su habitación y allí, mirando el campo bajo la luz de la luna, pudo observar que su humo hacia una especie de sortilegio que él no acababa de ver. El aire parecía que entorpecía el humo y caía en gravedad absoluta, sin poder subir e iniciar el camino más lógico, la subida a los altares. Apago su cigarrillo en el cenicero y se dispuso a echar un sueño digno de un caballero bien traqueteado, por su viaje desde la ciudad.
Al apagar la luz de la habitación, las sombras empezaron a entrar y a apoderarse de las paredes blancas de enfrente de su cama, este juego de luces y sombras le hizo distraer el sueño y arrancarle de su situación en la almohada, para levantarse y en ese instante, las sombras desaparecieron. Su cabeza pensó que era un juego de su cerebro que le había realizado una mala pasada, volvió a darse la vuelta en la almohada y sus ojos empezaron a sentir el férreo sonido del sueño. Pero algo no le dejaba disfrutar de aquella cama tan enorme y tan suave, que hacía que los huesos descansasen como un caballero andante después de tornar por los campos en su montura.
Miro hacia la pared, y una mano grande con garras se acercaba a cogerle del gaznate, él, en su enfebrecido dormir creyó que era un sueño, pero no se despertó y vio como aquella mano se hacía cada vez más grande y sus garras ocupaban toda la pared. Acepto su desdicha y dispuesto a pelear con la mano, su luz se encendió y su amigo Fulgencio entro riéndose a bocajarro del terror de sus ojos: “te he grabado en los últimos momentos, ya no podía seguir por si te daba un infarto”.
Que tengas buenas noches y mañana andaremos por mis tierras que son de un verdor inconmensurable. Nunca olvidó la Casa Colomba y el susto de su amigo.

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