Era el último vagón del último tren que salía de Recoletos hacia Casa Colomba. Era lunes, lo cual explicaba que fuera el único viajero de ese tren. Iba leyendo un libro cuando el tren pitó y cerró las puertas. El tren partió con todos los vagones excepto el mío que, incomprensiblemente, se quedó varado en la vía viendo salir el resto del tren. Abrí las puertas y salí, según recorría de vuelta los pasillos los vestíbulos del tren se llenaban de vida de personajes que iban vestidos de caballeros y damas del siglo XIX, los hombres llevaban monóculos y bigotes, las mujeres sombreros de época y botines. El reloj marcaba las doce del mediodía y todos ellos me miraban como si hubiera salido de una fábula de Samaniego.

Hablaban de mi IPAD como si fuera un artilugio del diablo y de mis vaqueros desgastados y mi mochila sucia como si volviera de la guerra, se me acercaban y me daban monedas de dos reales y mendrugos de pan. Yo les hablaba de fútbol, pero ellos se reían cuando les intentaba explicar quién era Ronaldo. A la salida del tren había un hombre que vendía pitillos y cerillas, la calle era un arenal que iba desde la Castellana a la Fuente de la Cibeles en la que transitaban carros, animales y algún coche con manivela y alguna diligencia con pasajeros y maletas. La florista, descarada, que viene y va, no pudo ponerme un clavel en el ojal porque no encontró acomodo en mi sudadera. Y al no encontrar sustento me preguntó mi nombre, y al abrir la boca para decir “Jorge”, un clavel se me coló en ella. Se sirvió de los reales que tenía en la mano y me distrajo con un “pa’ servidora que tiene que comer” mientras sus dos churumbeles me cogían los mendrugos que recién había recolectado en el tren.

Dos policías en caballo con uniforme de la guardia isabelina, con casco, pluma y bayoneta se me acercaron y me preguntaron por mi paradero, les enseñé mi DNI y quisieron detenerme, afortunadamente en ese momento se produjo un alboroto en uno de los puestos del cercano mercado de San Ildefonso y el tumulto me arrastró lejos de allí.

Pasé por la calle del Almirante donde ayer cené en un japonés, y sólo pude llegar a ver un puesto ambulante de verduras y hortalizas de huerta. El monumento a Colón había desaparecido y el Teatro Fernán Gómez era una entelequia. No hacía más que preguntar por calles y objetos del siglo XXI, y lo único que reconocí fue una baraja de cartas Heraclio Fournier, un paquete de pipas Facundo y una Coca Cola en un gigantesco cartel de publicidad.

Corrí desesperado la Castellana arriba hasta que tropecé con un charlatán de feria que vendía un elixir para hacer crecer el pelo, me lo tragué pensando que era una gaseosa hasta que me di cuenta del potingue que estaba tomándome, “No importa hijo, es agua” dijo riendo un oyente del “Científico Marcelo”, que así es como se hacía llamar el charlatán.

Seguí corriendo hasta llegar exhausto a una esquina, donde una persona vestida del medievo se me acercó y me dijo: “Tú vistes raro, ¿tú también saliste de ese agujero?”, dijo señalando al tren. Pues si es así, vuelve a entrar por dónde has venido y estarás en tu casa, fuere cual fuere, de regreso. “¿Y tú no regresas?”, le pregunté, “Pues no, hijo mío, aunque por época podría ser tu tatarabuelo quinto, aquí al menos me tratan mejor que en el siglo del que vengo”.

FIN

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