Era sumamente pesado y viejo, pero había posibilidades de restaurarlo. Además, él necesitaba uno, tal vez no tan grande, pero…había resultado tan barato… Le costó muchísimo subirlo hasta el séptimo piso de su edificio, donde todo era estrecho: el ascensor, la escalera, la puerta y hasta el portero, que no movió ni una uña para ayudarlo (seguramente estaría soñando con sus vacaciones en Casa Colomba).

Con lo justo entró en el living, donde anuló dos enchufes, una llave de luz y desplazó al viejo perchero que trabajó durante años de ropero (llegó a sostener a más de veintidós prendas, incluidos el paraguas, las gorras y la bufanda). Ahí se quedó viéndolo, tirado en un descolorido sillón, juntando fuerzas antes de ir a ver al cerrajero (sí claro, la cerradura no funcionaba, por algo había pagado tan solo unas monedas). El poco tiempo que el experto demoró en componerla no se compatibilizó con el mucho dinero que cobró por el arreglo. Pero bueno, no todas las profesiones rentables se aprenden en la universidad. Lo que a primera vista había sido un negocio brillante comenzaba a convertirse en lo que habitualmente denominamos: un clavo.

Abrió las puertas de par en par, un olor denso y penetrante invadió la habitación, apolillados trajes se apiñaban por decenas, de lado a lado. En un rincón, al fondo del profundo armario, asomaban unos viejos zapatos, con la suela levantada, con el lustre perdido hace años y un pie dentro de cada uno de ellos. El hubiese preferido que fueran dos pies muertos, pero no, eran dos extremidades bien vivas que se continuaban hacia arriba y terminaban en una arrugadísima cara que portaba una nariz prominente. Le sorprendió no sorprenderse. La historia del dulce anciano lo enterneció. Hay que ser desgraciados para encerrar a alguien simplemente porque molesta -reflexionó. Vivieron un tiempo juntos; claro que la convivencia no era sencilla entre un anciano -con todas sus mañas- y un joven solitario.
No le fastidiaba tanto que dejara el dentífrico abierto, pero si le enfurecía no encontrar la tapita por ningún lado. Tampoco le agradaba que le ocupara su sillón preferido -casi permanentemente- y mucho menos que subiera al máximo el volumen de la radio, dejando que todos los cantantes entraran a su cuarto -por las madrugadas- entonando tristes tangos melancólicos. Y ni hablar de las ventosidades, los dientes en el vaso de whisky, las medias dentro de la heladera y los diarios manchados con mermelada. Maldijo haber maldecido a quienes le vendieron el ropero, ahora los comprendía en plenitud. Sin esperar más, publicó el aviso de venta en el mismo diario: Ropero antiguo, muy buen estado (cerradura sin funcionar). A precio de regalo.
A los dos días un matrimonio joven cerraba el trato, los compradores se retiraron muy conformes con el precio y, sobre todo, con la atención de su vendedor, aquel dulce anciano.

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