Se levantaron aquella mañana con el resplandor del sol brillando en lo alto del cielo. Aún hacía calor, pero el verano ya se despedía sin miedo de todo su brío para dar paso a los primeros signos del renaciente otoño.

Emprendieron el camino hacia los huertos que desde hacía años siempre habían estado baldíos, muchos abandonados, cubiertos de marañas, soledad y olvido. Sin embargo, ese año una buena cosecha se exhibía junto al río, un hermoso paraíso que resurgía como consecuencia de un sueño. Unos jóvenes retornados de la ciudad, jugaban a ser de pueblo, a buscar la calma y la propia esencia como el que busca el nirvana. A la sazón, eran premiados cada día por el sol y el aire que les devolvía la piel quemada; la tierra les dejaba las manos ásperas y los recién maduros frutos se cobraban la cosecha con unos buenos dolores de espalda. La recolecta era grande, equiparable al cansancio que aquellos soñadores arrastraban.

La tierra prometida sólo pudo ofrecerles de todas sus bucólicas fantasías el silencio, pero no el sosiego porque la naturaleza vive agarrada más que nada en el mundo a las fechas, a las lunas, a los días y las noches. Tampoco hallaron rastro de la prometida vida sosegada; las mismas preocupaciones, como a cualquier otro mortal, allí también les acompañaban. ¿Tendremos lo necesario? ¿Lloverá mañana? ¿Cómo pagaremos esta o aquella factura?   La primera lección bien aprendida. La propia esencia, la paz interior deberían haberla traído con ellos porque no está escondida entre los surcos de patatas.

Tres años después revivía el pueblo con el eco de sus voces ya integradas. Se alzaban, a su paso, las jornadas provechosas y los muros recuperados con sus manos. Reverdecía la esperanza hija de sacrificios que nadie se esperaba. Los prados florecían con el nuevo encauzado de los arroyos. Se erguían lozanos los árboles frutales recientemente plantados y hasta las golondrinas, que en breve emprenderían su marcha en busca de un clima más cálido, se rendían a la nostalgia al abandonar el nuevo aliento del pueblo, forjado con tanto sudor, hambre y lágrimas.

Hubieran querido retornar a su puesto de supermercado que tan ordenadamente les ofrecía sus víveres sin más consecuencia que un pago en caja, pero ninguno quiso reconocer haber sido un incauto que no sabía qué vida afrontaba y simularon todos durante mucho tiempo estar viviendo su sueño, haber encontrado la paz y haber dejado atrás la zozobra característica de la vida urbana.

Aquel grupo de jóvenes se había instalado en “Casa Colomba”, nombre con el que ellos mismos bautizaron la vieja casa nada más habitarla. Los Colombinos decían que se llamaban…. Aquellos viejos muros condenados al olvido emergían lentos junto a las alegrías y penas que asomaban a través de sus ventanas. La Tierra Prometida, el hogar de los dioses, el dorado o el sueño americano, tuvieron que inventarlos porque allí no estaban. En este caso, su sueño, el de ellos, el de su tierra y el de su casa rezaba para no olvidarlo sobre la puerta de la entrada: The Colomba’s  Dream.

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