II CERTAMEN DE RELATO CORTO ” SEMBRANDO PALABRAS”

TRIBUTO ETERNO

LA NUTRIA DORADA

DE OREJAS VA LA LEYENDA

CANTÉ

EL SEMBRADOR DE SUEÑOS

LA VIDA

LA LEYENDA DE LABOR DE REY

TELENO

EN MI CELDA

A NOÉ

TE LO DIGO Y TE LO REDIGO: SI A LA SOMOZA VAS, NO DUDES QUE VOLVERÁS

EL FORASTERO

LIBÉLULA

EL PAPÓN

COCIDO MARAGATO

EL MUNDO AL REVÉS

EL REINO DE LOS NIÑOS

LAS SIETE HADAS DEL ARCOIRIS

¿DE QUÉ COLOR ES EL AMOR?

CASCADA CON VOCES

LA CUEVA ¡SO-MOZA!

DE LABERINTOS Y CAZOLETAS

EL RIBERUEÑO

LA LEYENDA DEL HIJO DEL CARPINTERO

COLOMBA, UYUCÓN Y RENUBEIRU

EL MISTERIO DEL PETROGLIFO

LAS DOS BOCAS DEL SOL

LOCOS EN LA SOMOZA

LA CABRA BERRONA

¿CUANDO LLEGASTE?

EL HOMBRE DE LA LUNA

LA CASA DE LA MOURA

ÚLTIMA NOCHE EN LA SOMOZA

LA CUEVA DE LOS MARAGATOS

PASACALLES

¿CUANDO LLEGASTE? (Fuera de Concurso) por Elena Puyó

¿Cuándo LLEGASTE?

(Fuera de concurso)

 

 

 

Un ladrido me hizo volver a la realidad. Reconocí ese olor a tierra, mi tierra, la tierra. Esa tierra con la que comparto vida. Acogedora, húmeda, olorosa. Estaba en casa después de todo…¡Siempre quise volver!

 

Mi primer impulso fue abrir los ojos, pero me di cuenta de que prefería mantenerlos cerrados. Así podría apreciar todos esos sonidos y olores tan familiares.

 

A lo lejos escuché el trino de los pájaros, el crotorar de las cigüeñas, el cantar de las ranas, ¿algún coche….?

 

Y voces…esas voces tan reconocibles. Mi hijo, mi sobrino, mi hermana, mis amigos…¡están todos aquí conmigo!

 

Abrí los ojos y comprendí que me separaban 2 metros de tierra de mi tierra.

LA CABRA BERRONA ( Fuera de Concurso) por Dolores Primo

LA CABRA BERRONA

(Fuera de concurso)

En el siglo pasado, había un entrañable lugar, donde los niños, que tenían unas actividades muy diferentes a las de los niños de ahora, pero eran muy felices.

Acudían a la escuela, en la que no había la tecnología con la que se cuenta hoy en las aulas. Por todo material didáctico contaba con un gran encerado, algún aburrido libro de lectura y unos cuarteados mapas que se iban desplegando colgados en la pared según el tema que se tratara en cada momento. En ella; además del aprendizaje, que en algunas materias como la tabla de multiplicar, los ríos, accidentes geográficos, capitales del mundo………se hacía a ritmo de canción; se realizaban otras sencillas tareas de ornamentación, jardinería, limpieza………..

Después de la jornada escolar y en los períodos de vacaciones, la mayoría de los niños colaboraba en tareas de la actividad de su casa y que era diferente según la estación del año. En primavera se ayudaba en los trabajos de la huerta, regando los semilleros y la plantación de las hortalizas. En verano, se pisaba la hierba en el pajar, se trillaba en la era o se iba a lavar al río. En otoño, se echaba una mano en la recolección de los frutos, en la recogida de la leña que servía de combustible para calentar el hogar en los largos meses de invierno en los que la actividad se reducía. Lo más emocionante de las largas noches de invierno, eran las tertulias y los juegos de mesa en la cocina al amor de la lumbre. En las actividades del invierno, merece mención especial las emociones que se vivían durante los días de la matanza, en los que además de saborear los manjares propios de aquellos días, también se aportaba un granito de arena para que todo aquel engranaje funcionara a la perfección y culminara con la bonita estampa de ver la “cocina vieja” adornada con aquellas sartas de chorizos,

Además de todas esas actividades, había tiempo para jugar, pillar renacuajos, coger ranas, pescar peces o truchas, buscar nidos de los que, los más apreciados. eran los de jilguero.

Pero todos los días del año, al oscurecer, sonaba el campanín de la torre, anunciando que era el momento de dejar cualquier cosa que se estuviera haciendo y acudir a la Iglesia para el rezo del Rosario al que asistían todos los niños del pueblo y muchos mayores.

Al salir del Rosario, era ya noche cerrada y cada niño se encaminaba diligentemente a su casa, no se debía deambular por el pueblo, pues se decía, que un ser extraño habitaba en el Juncal de Turienzo y se llevaba a los niños que se encontraba de noche por la calle, sobre todo si andaban solos. Los niños, en su afán de explorar y comprobar la veracidad de lo que los mayores contaban, acudían en grupo hasta “el pozo de la señora Isabel” y allí acurrucados, en el silencio de la noche aguardaban hasta oír unos extraños balidos que les hacían huir aterrados, corriendo a toda velocidad, para refugiarse en sus casas.

Efectivamente, aquellos balidos que tanto pavor causaban, los emitía la Cabra Berrona, aquella que habían oído contar que moraba en el Juncal de Turienzo y que tantos niños se había llevado ya.

Todavía hoy, durante la noche, si te acurrucas en la oscuridad y cierras los ojos, la oirás balar

LOCOS EN LA SOMOZA por Juan Carlos García Crespo

LOCOS EN LA SOMOZA

Relato 28

Nunca creí la vieja historia sobre un mítico personaje que provocaba tormentas y tempestades que la abuela nos contaba de pequeños para asustarnos.

–              Como se enfade el Reñubeiro bajará en una nube, lanzará rayos y os partirá en dos -decía cuando se enfadaba-, entonces preferiréis mi zapatilla.

Durante años viví tan ajeno a aquella leyenda que la olvidé por completo pero al ver esto comprendo que era cierta. Contaba que la hija de un antiguo antepasado de la familia observó, tras unos relámpagos y truenos surgidos de la nada en una noche estrellada, cómo un objeto bajó del cielo, creando con su aparición una horrible tormenta de verano. Asustada y perdida en las laderas de Tilenus, la niña, se escondió tras unos matorrales. Paralizada de terror y empapada hasta los huesos, pudo ver como un gigantesco ser, mezcla de hombre, duende y demonio, salía de aquel artefacto arrastrando el cuerpo inerte de otro ser igual. Se arrodilló ante él, se despidió y lo enterró. Orientándolas hacia algún lugar del universo cubrió el lugar con unas enormes rocas, que de repente envejecieron miles de años, donde el Reñubeiro hizo unas marcas ininteligibles

que ella creyó se trataba de un rito funerario, pero al ver al ser mirar hacía las estrellas comprendió que estaba señalizando el túmulo en el cosmos.

La historia fue atribuida a las alucinaciones producidas por el chaparrón pero a raíz del episodio cambiaron su apellido por “la Loca”. Contar aquello que había visto era difícil en una época y en una sociedad tan machista como dura y eterna era la vida en aquellas tierras de la Somoza, una comarca donde el paso del tiempo era tan lento y difícil que las leyendas no tenían sentido si no las escuchabas en un filandón. Los hombres recorrían los caminos con sus carros cambiando mercaderías; mientras las mujeres se hacían cargo de la casa y la labranza de las tierras y por las noches, mientras hilaban, contaban cuentos a la luz del hogar.

–              Generación tras generación mi familia ha estado inútilmente buscando esas rocas para eliminar el estigma de locos que desde entonces nos acompaña. Ahora vas tú y apareces con esto, la calavera de un ser extraño del que nadie tiene datos, que lo mismo podría ser del morador de los aires como de una cabra o de un perro deforme. Y me cuentas que en no se que parte de Bulgaria hace años apareció una igual atribuida a un extraterrestre. Volveremos a ser los locos. Pero mi abuela me enseñó viejos dibujos tan detallados que no me cabe duda que pertenece al Reñubeiro que la niña loca vio.

–              Lo ha traído el perro, abuelo, no sé donde anduvo. Encontraremos el resto y dejarán de tomarnos por tontos.

–              A mi edad ya no estoy para buscar nada -abstraído en sus pensamientos, con el cráneo en sus manos, parecía hablar solo, como un desequilibrado que habla con las estrellas-. Busca tú, Juan Carlos, encuentra esas rocas, muéstraselas al mundo, que dejen de insultarnos -hizo una pausa que me pareció eterna-. Si de algo estamos locos es de amar esta tierra.

No vivió mucho más. Nunca supo que años más tarde encontré los petroglifos que tanta fama y tanta prosperidad llevaron a la Somoza.

LAS DOS BOCAS DEL SOL por María Belén Tite Haro

LAS DOS BOCAS DEL SOL

Relato 27

 

Ahí cuando el sol parecía pelear con las estrellas y escupir el polvo en San Román, un grupo de unos doscientos maragatos caminaban por los secos caminos que transpiraban polvo y peste rumbo a Lugo. El camino fue pesado y los zapatos se quedaban atorados en el fango de ciertas tormentas que caían con bipolaridad, parecía que el sol se estaba burlando de los viajantes cargados de embutidos y utensilios de matanza que guardaban desde Madrid para intercambiar. Cuando llegaron después de un par de meses las últimas gotas de sudor que caían de sus frentes brillaban con los adornos y pañuelos coloridos que cargaban las mujeres. Luego de ir a la plaza el padre de Colasa se le acercó y le susurró –Ya es hora hija, el sol me lo ha contado-. Ella solo dejó empañar sus ojos con frías lágrimas que parecían cortarle el alma. Salió corriendo a una esquina donde el sol no la podía ver.  Ahí sintió el estallido de sus ojos y miles de colores que el hombre jamás habría visto vistieron las sombras. Sin notarlo los ojos verdes de un joven de piel canela que estaba cerca también escupían los mismos colores. Al notar el fenómeno ambos se lanzaron al suelo donde el sol los encontró entonces sus ojos de universo dejaron de brillar. El joven se levantó y ayudó a Colasa para que también lo hiciera. Desde que tocó su mano sintió miles de constelaciones correr por su espalda y ella no podía dejar de ver el universo en sus ojos verdes. Bastaron unos minutos para que supieran que el destino los quería juntos. –Soy Kavi y vine a Lugo a mostrar un par de inventos -. Ella solo asintió con la cabeza dando una pequeña sonrisa mientras pensaba en que su amor sería imposible porque su padre ya había arreglado un compromiso con Juan Zancuda y el misterioso era gitano. Entonces él se acercó más y su padre llegó como el viento, arrancándola de su lado, seguro el sol le habría contado. De inmediato la sentó en una carreta alada por dos mulas, reunió al resto de maragatos y empujado por uno de los rayos que el sol convirtió en tormenta se adentraron por La vía de la Plata rumbo a Madrid. Kavi no podía dejar escapar al amor de su vida entonces robó uno de los caballos que estaban fuera de la plaza y los siguió. El sol parecía haberse dado cuenta entonces dio la vuelta al día y se transformó en luna para seguirlos. De una sola mueca apagó todas las estrellas para con un beso de buenas noches en forma de muerte callar el universo que guardaba el gitano. En un descuido por el viento en lugar de tragar el alma de Kavi mató con una avalancha de fango a Juan Zancudo; haciendo que los viajantes perdieran el camino. Hasta que los amantes vieron el aura que salía de sus ojos por su cercanía decidieron mirar al sol paralizándolo en dos etapas día y noche. Hasta ahora siguen vigilándolo fuera del ayuntamiento de Astorga, solo que Kavi dice ser Juan Zancudo para que el padre de Colasa no los separe.

EL MISTERIO DEL PETROGLIFO por Santiago Alvarez Alonso

EL MISTERIO DEL PETROGLIFO

Relato 26

 

Las primeras décadas del siglo XX. En las comarcas de la Maragatería y del Bierzo la mayoría de las familias conseguían el sustento cultivando la tierra y criando animales. No había maquinaria y casi todos los trabajos se hacían manualmente empleando mucho esfuerzo, mucha gente, gran cantidad de horas y de días. Soportaban el sol, la lluvia, el frío…. Los músculos y las manos se endurecían, y la piel adquiría un color marrón oscuro en verano.

Aquel día del mes de octubre, nacía el sol a sus espaldas cuando salían de Quintanilla de Somoza una cuadrilla de mujeres. Atrás quedaban las calles empedradas, maridos, novios y familiares. Subieron hasta Foncebadón y después de una larga y ligera bajada llegaron al borde de una ladera bastante pronunciada. Contemplaron durante unos segundos la enorme “olla” que es la comarca Berciana y continuaron caminando. Cuando llegaron al pueblo a través de las pequeñas ventanas veían el brillo de los faroles y las lámparas de petróleo. Un plato de caldo con un trozo de pan y al pajar a dormir. Al día siguiente apañaban castañas. El clima era suave pero después de tanto rato agachadas dolían los riñones y cada poco se clavaba un pincho en sus dedos. Los jóvenes lugareños trepaban a los rollizos y antiguos árboles portando largas varas con las que sacudían las ramas para derribar los erizos. Los últimos días fueron peores porque llovía y hacía frio.

En julio del año siguiente un grupo de hombres y mujeres hacía el recorrido al revés. Subían fatigosamente la empinada ladera viendo como se alejaba su pequeño pueblo a la vez que veían mayor parte del Bierzo. Después de caminar todo el día llegaron a Las Somozas. Recuperaron fuerzas esa noche para trabajar duramente bajo un sol abrasador: segando las mieses con la hoz, atando los manojos y cargándolos en el carro tirado por vacas. La moza le acercó el botijo, el joven bebió largos tragos refrescando su seca garganta. Un instante se cruzaron sus miradas sudorosas. Todavía les quedaban fuerzas para bailar el domingo por la tarde. Las cosechas, el agua, la música y la ceremonia religiosa unieron las vidas de una maragata y un berciano.

En el Bierzo construyeron su hogar. Él arrancaba el negro carbón en las entrañas de la tierra. Ella hacía las tareas de la casa y además cultivaba la huerta. Con mucho sacrificio consiguieron criar los hijos. Envejecían juntos poco a poco. Ella se quejaba de sus huesos y  él con los pulmones enfermos de la mina cada vez se fatigaba más. Los nietos fueron un entretenimiento los últimos años ya no tan trabajosos. Un día dejó de respirar vistiéndola de luto y de soledad.

Un nieto que recorría la comarca de su abuela contemplaba el petroglifo de Peña Fadiel. Qué misteriosa piedra, les llaman laberintos. Después de pensar largo rato sugirió la solución, parece un árbol que cae en un pozo del río y que va creando ondas en el agua. Tenía que ser descendiente de las Somozas quien descifrara el enigma que tallaron en la roca antiguos moradores de esta zona.

COLOMBA, UYUCÓN Y RENUBEIRU por Manel Ramoneda i Coch

COLOMBA, UYUCÓN Y RENUBEIRU

Relato 25

 

En Santa Colomba nos cuentan los mayores sobre una joven de prospera familia, patricia romana nacida en la villa del Soldán. Casa señorial cuyo fundador provenía de una muy lejana e incógnita imperial ciudad, habiendo recibido el encargo de establecerse aquí para atender y proveer de utillajes y ajuar las diferentes explotaciones mineras ubicadas en las faldas de la sierra y sus cursos fluviales. Montes, ríos y cuencas en donde los ocupantes llevaban a cabo extracción y acopio de oro. Aporita, por ese nombre se conocía a la moza, era pues descendiente directa de los dueños de dicha mansión taller-obrador ubicada en las proximidades de un embalse: la laguna Cernea. A su alrededor solía jugar, pasear, soñar, y gustaba de reflejar en la muma su bello rostro, peinando y repeinando su almagrado cabello. Allí esperaba en silencio tras felechos y matojos, espiando los patos que bajaban a beber. Admiraba la naturaleza que la rodeaba y era muy aficionada a la lectura y a la pintura. Vivió de pleno la expansión del cristianismo por toda la península ibérica y a pesar de sus orígenes romanos, acabó asumiendo dicha religión, creencias y doctrina. Ello la llevó a someterse de forma voluntaria al ritual del bautismo, sacramento que, en honor y respeto a sus antepasados, le administraron con las aguas recogidas de la cumbre más alta de la sierra. Agua mera del Teleno -el Mars Tilenus, deidad de autóctonos y colonizadores-, agua bendecida en la laguna Cernea donde Aporita se sumergió romana y renació cristiana.

Aporita adquiere como nombre de pila el de Columba -Colomba- en base a su aún inocencia y virginidad y hace apego a la cultura mediterránea de sus mayores, en particular la greco-romana, adoptando ese nombre que simboliza paz y prosperidad: ‘paloma’. Pero, como en toda tragedia y lamento, duró poco tiempo su felicidad, la conversión fue denunciada por un mal vecino y tuvo que tocar el dos hacia las montañas del norte. Ya lejos de casa, y en las cercanías del rio Onís, la joven Colomba fue sorprendida y detenida por legionarios romanos. De camino a la gayola el carcelero intentó abusar de la chica, de suerte tuvo que un Uyucón -ser que habita en los montes, dotado de un único y gigante ojo en medio de la cara- se cruzó con ellos y al ver tal abuso se lanzó sobre el infame soldado, dejándolo tendido en el suelo, estripado. Conocedor de tal ataque al poder público, el emperador ordenó prender y quemar a la joven y a su salvador. Ya en la pira, la joven recibió otra ayuda milagrosa: un Renubeiru -el genio morugo de las nubes- el cual compadecido los amparó haciendo caer tal truena que apagó el fuego y calmó su dolor. Pero ya sabemos que para llegar al santoral hay que morir en circunstancias crueles y acabar muy mal. Al poco, la bella Colomba fue apresada de nuevo. Degollada, su cuerpo fue desmembrado y sus restos esparcidos por los sembrados. Uyucón pudo escapar y hoy todavía sigue vivo y al acecho, mirándonos y rondando por llameras, entre urces y piornos, entre vallellos y carballedas. No hace falta decir que desde entonces y en tiempo de sequía, pastores, agricultores y hortelanos invocamos a santa Colomba para que haga llover.

LA LEYENDA DEL HIJO DEL CARPINTERO por Bernat Ramoneda Alonso

LA LEYENDA DEL HIJO DEL CARPINTERO

Relato 24

Cuentan muchas historias de la montaña, demasiadas, y así siembran dudas. He aquí la naturaleza de la leyenda.

Se sabe de una historia, una de muy curiosa, que vendría a demostrar la existencia de los llamados guardianes de la montaña.

Cuentan que hace muchísimos años el hijo de un carpintero viudo subió con un pequeño rebaño de cabras a la montaña, en busca de pastos tiernos y verdes. Llegó hasta la Veiga Grande, una extensa planicie alejada del pueblo, a media montaña, cobijada y circundada por altas paredes de roca y monte. Una gran vasija con una única entrada, desagüe natural del riachuelo que la atraviesa.

Se dispuso a pasar allí el día, también la noche.

El sol de primavera se marchitó temprano, dejando que una luna a medio hacer despertara a las primeras criaturas de la noche, zorros y lechuzas. El día había terminado. Esas noches, aún con los aullidos de los lobos en la lejanía, no lograban amedrentar al muchacho.

Encerró el pequeño rebaño en un estrecho corral cercado por viejos tablones, adosado a una pequeña cabaña de piedra para pastores. Comió un poco y dispuso una manta en el suelo irregular del interior.

Despertó. A través de la puerta pudo ver unos veinte pequeños seres antropomorfos de color perla, únicamente ataviados con una aureola blanquecina que reseguía toda su silueta. Le miraban y le llamaban entre susurros. Sus cuerpecitos desnudos se erguían a algo más de un palmo del suelo y la cabeza duplicaba el tamaño del tronco. Sus ojos eran dos cuencas vacías de un gris más oscuro, como dos cráteres asimétricos e irregulares, ocupando dos tercios de la cara. La boca, un pequeño y oscuro surco por debajo de esos agujeros. Unas miradas tristes pero sosegadoras. Uno de esos seres le tendió una minúscula manita. El chico salió de entre las sombras y ofreció su dedo meñique. Deseaban que los acompañara.

Entonces pudo ver que centenares de seres ocupaban esa gran llanura, iluminados por luces eternas, que se iban echando a un lado a su paso.

Llegaron a los pies de un pequeño acantilado, justo para apreciar que una de las criaturas se retorcía en el suelo, con sus pequeñas patitas atrapadas en una de las grietas de la roca. Se oía un leve y desesperado chillido, el de ese pequeño luchando en vano contra esa piedra que le mantenía aprisionado.

Agarró a esa criatura luminiscente con sumo cuidado, sintiendo entre sus dedos la textura gomosa y tibia de una piel que no era piel y lo liberó sin esfuerzo.

Los pequeños duendes, agradecidos, retomaron sus susurros en una suave melodía coral. Eso le sumió otra vez en el sueño y se vio flotando por encima de todos ellos, a poca distancia de los matorrales que cubrían el terreno. Un sueño que le llevó otra vez a la cabaña y que le reposó otra vez en su lecho. Esa mañana despertó recordando todo lo acontecido, cómo quién recuerda sus sueños más hermosos, intentando no olvidar detalle.

Fue sólo un sueño, se dijo, pero en la puerta de la cabaña se hallaba un montículo de pequeñas pierdas redondeadas del color de la luna que, iluminado por los primeros rayos del sol, se erigía como la delicada y cuidadosa ofrenda agradecida de los guardianes de la montaña.

EL RIBERUEÑO por José Quindós Martín-Granizo

EL RIBERUEÑO

Relato 23

 

Esa noche Nito tomó una decisión.

La tormenta era tremenda, y él debería tener miedo (que lo tenía). Pero echaba tanto de menos al abuelo Miguel, que decidió convertirse en una persona de la que él desde arriba pudiera sentirse orgulloso.

El abuelo una vez le contó que no hay que avergonzarse del miedo, que de hecho sólo los tontos no tienen miedo, que lo que hace a los hombres diferentes unos de otros es el cómo manejan ese miedo. Su postura ante las adversidades de la vida.

El antiguo lema de su pueblo “Si tú te tienes, yo no me caigo” parecía haber sido la estrella del norte que guio la vida de su abuelo.

Esa noche, los rayos hubieran asustado a cualquier niño. Pero Nito decidió que cuando pensara en el Riberueño, en el ser que bajaba a la tierra montado sobre un rayo, no pensaría con miedo. Ya no sería un ser maligno, con cara de estar siempre enfadado y que vendría a sembrar el caos, sino que ese ser sería el vínculo entre él y el abuelo, porque fue el abuelo el que le habló de él, de hecho, era el único que creía en él. Les daba igual que tuviera un cráneo suyo, aun así no le escuchaban. Pensaban que eran chaladuras de un viejo. Toda la demás gente del pueblo ya no creía en las antiguas cosas. Ya no hacían filandones y alrededor del fuego ya no se contaban historias. Ya no creían que a la naturaleza había que respetarla igual que a las personas. Ya no saludaban al roble ni al tejo ni les importaba la forma en que la luz penetrara en el bosque (ni por el óculo de la ermita) para sus celebraciones. Los chavales de su alrededor preferían jugar con el móvil que escuchar a sus abuelos, y a su vez los abuelos, al ver que no importaba a nadie lo que contaran, parecían haber decidido callar. El mundo en que vivía había cambiado, ya no era el mismo del que le hablaba el abuelo Miguel. Y eso en sí, no es que le disgustara especialmente, lo que sí le disgustaba es que se perdiera un conocimiento. Cada uno puede elegir sus opciones, eso es la libertad, pero lo que no está bien es no saber que hay opciones. Y al igual que el Riberueño era una conexión entre el cosmos y la tierra, el conocimiento antiguo, las historias del abuelo Miguel, eran la conexión entre un mundo que parecía destinado a desaparecer y éste en el que ahora Nito vivía.

Así pues, esa noche, Nito supo lo querría ser en la vida.

Esa noche Nito decidió que sería un contador de historias.

LA CASA DE LA MOURA por Miriam Alonso García

LA CASA DE LA MOURA

Relato 29

-¡Papá! ¿Desde aquí? Los ojos de Alejandro brillaban con la luz de la emoción, ésa que siempre irradiaba cuando descubría algo nuevo. Estaba nervioso, tenía miedo y le invadía la felicidad; todo a la vez. Era su sensación favorita. Llevaba quince minutos buscando las piedras perfectas. Su padre le había explicado que tenían que ser pequeñas y planas, porque así, era más probable que se mantuvieran unas encima de otras y no se deslizaran cueva abajo.

-Sí, hijo, desde ahí. José Luís conocía la leyenda desde pequeño, como todos los vecinos de Filiel, y sabía que a su hijo le iba a cautivar.  Esa tarde cogió a Alejandro de su minúscula mano y se dirigieron hacia el Piñeo. Subiendo por el camino que bordea la iglesia, llegaron a la casa de la Moura rápidamente. Era una pequeña cueva excavada en la roca y estaba repleta de piedras de todos los tamaños y formas. En ella vivía la Moura, una malvada hechicera que no dudaba en embrujarte si no accedías a cumplir sus deseos. Y su deseo era solamente uno: debías arrojar tres piedras desde el sendero y éstas tenían que permanecer dentro de la cueva, si se caían, tú también caerías bajo su encantamiento.

El castañeteo de los diminutos dientes de Alejandro se confundía con el de las tres piedrecitas que sostenía en las manos. Era la hora, tenía que lanzarlas. ¡Qué emocionante! Parecía una de las aventuras que le contaba la abuelita cuando se iba a la cama.

-Vamos, hombre, ¡no te lo pienses tanto! Su padre recordó la primera vez que fue a la casa de la Moura. También lo había llevado su padre cuando era un renacuajo, como él decía. Cogió las primeras piedras que encontró y las disparó sin contemplaciones. No había quedado dentro ninguna, ni suya, ni de otro.  Se rascó la cabeza, eran otros tiempos…

-¡Una! ¡Dos! ¡Y tres! Alejandro no cabía en sí, había acertado en el blanco las tres veces.  Permaneció inmóvil durante unos segundos, con la mirada fija en las piedras, saboreando la hazaña. No se movieron, estaba a salvo de la maldición de la Moura.

José Luis aplaudió con fuerza. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. Se había apoderado de él una mezcla de amor, admiración y envidia, por la intensidad con la que Alejandro vivía cada pequeño acontecimiento.  Por un instante pensó si sentía aquello simplemente porque era su hijo o porque era realmente un niño extraordinario.

De repente se percató de que Alejandro estaba recogiendo piedras de todos lados, tenía las manos a rebosar.  En seguida interrumpió su ardua labor y, observándolas con detenimiento, fue descartando piedras, dejándolas caer de entre los dedos. Levantó la cabeza y miró fijamente a su padre. -Estoy recogiendo piedras de las malas para que se caigan de la cueva, ¡así conoceremos a la Moura en persona! A lo mejor no es tan mala como dice la gente, papá.

 

No había duda, era excepcional.

ÚLTIMA NOCHE EN LA SOMOZA por Freddie Cheronne

ÚLTIMA NOCHE EN LA SOMOZA

Relato 30

Al oír el gallo de Demetrio, Vitoria abrió los ojos. Observó durante unos momentos la panza del techo resquebrajado y se levantó. Aunque no como cada mañana. Aquel día era especial porque lo pasaría con Venancio, el hombre de su vida. Así pues se incorporó, se vistió con sus mejores galas para ir a visitarlo y después recogió unas cuantas caléndulas que aún lucían lustrosas junto al poyo del patio. Cualquiera pensaría que quizás esa labor le correspondería más bien a Venancio pero al fin y al cabo ya nadie podía esperar eso de él.

Sin más dilación Vitoria se echó a andar sin prisas, pues sabía que Venancio la esperaba. Tomó la vereda de El Juncal y contempló la alfombra de hojas secas y el paisaje pintado de amarillo y ocre por los árboles de primeros de Noviembre. Pasó de largo junto a la ermita, subió la cuesta y abrió la verja.

–            Mira lo que te traigo. – le dijo.

Aunque Venancio no solía decir nada, Vitoria estaba convencida de que en el fondo lo agradecía mucho. En esas estaban cuando empezaron a aparecer otros paisanos para reunirse con los suyos. Primero llegó la señoá Antonia, después Raimunda, y también Teotiste y Otilia con los nietos… Y así echaron la mañana con sus tradicionales quehaceres, porque si de algo disponían en aquel pueblo de La Somoza era de tiempo.

Imbuida en los recuerdos e intercambiando de tanto en vez alguna que otra frase con Venancio iba cayendo la tarde. Ya todos los vecinos habían ido despidiéndose de sus difuntos y marchado del camposanto.

–            Bueno, Venancio, pues yo también marcho ya.

–            Ay, Vitoria, ¡lo que yo daría por pasar una última noche contigo! – pareció oírle decir.

–Volveré pronto. – dijo Vitoria condescendiente, y al darse la vuelta fue a apoyar el pie sobre el único tramo de losa al que en todo el día no había dado el sol y sobre el que se mantenía una plaquita de hielo.

Al deslizársele el pie, Vitoria perdió el equilibrio y cayó pausadamente de tal manera que sus ciento doce kilos fueron a parar a orilla de la lápida, quedando tendida boca arriba. No sintió dolor. La caída fue limpia y, gracias a sus estupendas grasas que amortiguaron el impacto, no se golpeó en ningún punto vital. Sin embargo ella sabía a lo que se enfrentaba. Estuvo casi una hora intentando levantarse pero la voluminosidad de su cuerpo y la fuerza de la gravedad se lo impidieron. Por más que gritó nadie la oyó, así que la mujer se acomodó como buenamente pudo y allí quedó tendida junto a su Venancio.

–            Ay, Venancio, ¿quién me iba a decir a mí que al final te ibas a salir con la tuya?

Y efectivamente allí yacieron juntos la última noche con vistas a un cielo estrellado y con el reflejo de una estrella fugaz en las pupilas de Vitoria.

La mañana siguiente también fue especial. Al salir el sol nadie oyó cantar al gallo de Demetrio. Sólo un graznido se extendió por el valle cuando los primeros rayos iluminaron la sonrisa gélida de Vitoria. Después se oyó el aleteo de un grajo, que echó a volar desde la copa de un ciprés y se perdió en el cielo azul.

LA CUEVA DE LOS MARAGATOS por Yolanda Casado Galán

LA CUEVA DE LOS MARAGATOS

Relato 31

 

No nos lo podíamos creer, pero estaba claro que era aquella. El abuelo nos había hablado tanto de esa cueva repleta de los más extraordinarios tesoros durante las vacaciones que era imposible equivocarse. Y la habíamos encontrado así, por casualidad, de la manera más tonta: persiguiendo una pelota. Decidimos no contárselo a nadie e iniciar inmediatamente los preparativos del ritual. En primer lugar, necesitábamos una servilleta sin estrenar y una vela. Eso fue sencillo.

La abuela tenía varias mantelerías nuevas. A mí me hubiera gustado coger una con pajaritos bordados, pero mi primo Sergio dijo que era una cursilada y cogió una azul de cuadros. La vela también se la cogimos a la abuela, que tenía una pequeña colección comprada en diversos bazares de la ciudad por si algún día se iba la luz. De ellas, Sergio escogió una con caracolas en su interior, y yo me pregunté para mí, porque mi primo es mayor y me puede, cómo unas caracolas podían ser menos cursis que unos pájaros. El último ingrediente del ritual fue el más difícil. Se trataba de la flor del helecho macho cogida en San Juan. Teniendo en cuenta que estábamos en agosto, aquello era todo un reto. Afortunadamente, la solución se presentó sola: una mañana que fuimos a León con mis padres, la compramos en una floristería. Sergio no estaba muy convencido de que aquello no fuera hacer trampas, pero yo le persuadí diciendo que en aquel caso sí valía, porque la floristería en cuestión se llamaba “Flores San Juan”.

Aquella misma noche nos dirigimos a la cueva. Íbamos ansiosos y, al menos yo, un poquito asustado. La cueva estaba oscura y fría y, justo entonces, fue cuando mi primo y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer. El abuelo nos había hablado de los tesoros y los elementos del ritual, pero no de cómo llevarlo a cabo. “Pondremos la flor sobre la servilleta y encenderemos la vela” dijo mi primo. Aquello era tan válido como cualquier otra cosa, y además, tenía sentido, porque, por ejemplo, poner la servilleta sobre la vela y encender la flor parecía tonto. Así lo hicimos.

Colocamos todo con exquisito cuidado en el suelo y encendimos la vela. “Oye ¿qué vas a hacer con tu parte del tesoro?”, pregunté a mi primo. No pudo contestar, del interior nos llegó un sonido de arañazos que nos puso alerta y cuando unas sombras negras se abalanzaron sobre nosotros no lo dudamos más y salimos corriendo. No miramos atrás y por supuesto no volvimos en todo el verano. La vela, la servilleta y la flor quedaron en la cueva, una nueva incorporación al tesoro protegido por monstruos alados, esperando exploradores más avezados o a que nuestra abuela se enterara del hurto y nos hiciera volver por ellas.

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