La ciudad estaba callada, un clima templado reinaba en las calles, del mismo se podía cerciorar recordando la frase del veterano indigente ayer que como a las cuatro de la tarde había capitulado con resignación asertiva “hoy no hizo ni calor, ni frío” y así fue, nunca había estado más de acuerdo con el anciano. La verdad era que aquellos días estaban cargados de una medianía inverosímil, estaba sentado en la sala de la casa Colomba (o por lo menos eso creía) y podía imaginar las aceras vacías, y la atmósfera gris casi sepia abarcando todo de izquierda a derecha, desde el asfalto silente hasta donde las nubes se arremolinaban allende en densas esferas, se sentían los estrechos pasadizos del barrio rodeados por una pesada capa etérica, que nadie osaba rasgar porque no había ningún suceso aparente que ameritara hacerlo, se diría que no incomodaba más que a unos cuantos seres inquietos, forasteros que circulaban por el parque llevados allá por sucesos de abigarrada índole con un denominador común; cada uno escapaba de su abismo personal.

Se los podría describir de entrada como criaturas ansiosas que al pasar por el barrio sentían ganas de rebelarse ante la tiranía del anquilosamiento local, sentían sus pasos siendo engullidos por una fuerza aberrante, sus movimientos exacerbados como el arrebato postrero de alimañas atrapadas en una red; en el culmen de una resistencia estéril. Un instinto inexplicable se apoderaba de los viandantes, hubieran podido gritar y de hecho una energía bullía vehemente en sus vientres, el prurito de ratificar su capacidad de desgañitarse, como un fuego que luchaba por salir descontrolado y explotar como un látigo sobre el lomo de una bestia, pero comprendían prontamente que ese energía no obtendría replica alguna en el mutismo cóncavo en el que se adentraban más y más, sentían la necesidad de corroborar su voz, saber que eran capaces de articular palabras y se encontraban con que ese látigo restallaba con fuerza sobre una inmensa roca de granito, el cual permanecía erguido sin estremecerse ni un segundo, ni siquiera desmoronarse un poco. Así que de vez en cuando se escuchaban unos chillidos frenéticos que emergían sin convicción desde los aparatos vocales de la gente, la maquinaria sin duda funcionaba, pero tenían la certeza de que no había objeto en ir por la calle gritando y al comprenderlo empezaban a vagar sin rumbo, murmurando cosas para no desesperarse.

Los devotos mascullaban plegarías que eran ininteligibles a un metro de distancia, otros cantaban muy quedamente canciones que habían olvidado que existían, él se limitaba a seguir el hilo de pensamientos confusos previos a la redacción adecuada, la observación objetiva de un suceso que podría cambiar el curso de las cosas en su mundo inmediato. Se preguntó si lo mismo ocurría en otras latitudes, otras ciudades, otros países… ya no importaba mucho porque aquella apatía empezaba a congelar sus pensamientos, y se sintió profundamente identificado con el susurro nostálgico del viento en los árboles, con las piedras, con el lápiz, con la hoja de papel y esas fueron las últimas palabras jamás escritas.

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