Samanta miraba taciturna el bello paisaje, la Casa Colomba se presentaba como un sueño de la mañana, del cual no quería despertar, aquel ambiente le daba la paz que durante tanto tiempo había estado buscando.

Sus ojos hace mucho no presenciaban un cielo tan azul, en ese preciso momento las lágrimas que cayeron por sus mejillas eran tan reales como la soledad que la invadía; mas esto no es malo ya que le demostraba que todavía era humana. Muchas imágenes comenzaron a pasar por su mente, y decidió evocar su vida.

Samanta amaba soñar, ya que mientras tuviera esperanza estaría viva, e imaginaba cada día al cultivar el café, sus muchas metas que esperaba algún día alcanzar. Su madre la inspiraba, ella era su motor, mas todavía no puede explicar ese profundo dolor que sentía, cuando le hablaba de sus deseos y esta la miraba con sus ojos castaños, frutos de la tierra.

Al amanecer Samanta se levantaba con la silueta de su progenitora, juntas se iban al campo y mientras trabajaban podían observar cómo se despertaba el sol y escuchar la suave brisa, el olor a café llenaba sus pulmones y el suelo la definía. Pasaron las temporadas, la niña ahora es una joven al igual que la mujer empieza a tomar la mano de la muerte.  Lo que antes eran simples ideales para Samanta se empiezan a convertir en sus ambiciones.

Para Samanta la pradera ahora es un impedimento, culpa a su madre despiadada por su triste destino, ¿por qué es pobre?, ella tiene la culpa de haber sido engendrada por un campesino; la realidad la golpea como la fría noche tras el verano, mientras que su origen llora en silencio por no haberle podido dar lo mismo que su esfuerzo y amor hasta ahora la habían impulsado para seguir existiendo.

Un lluvioso día de invierno el frágil latido de la guerrera que había mantenido a su hija sola, pese a todas las adversidades se detuvo, frente a los ojos inertes de su hija que ya no pudo hacer nada, porque el pasado ya estaba escrito y sus acciones no podrían ser corregidas.

Pasaron los días, la sonrisa de Samanta no se volvió a ver hasta que un día encontró una carta que le dejo su madre “querida hija, quiero decirte que te amo, espero que puedas ser muy feliz y obtengas tener todo lo que yo no tuve. Anhelo que puedes estudiar y por esto vendí mi propiedad, así podrás pagar tus estudios. Siéntete orgullosa de tus raíces, puesto que ese café que llevas en la sangre es el que te identifica y te hace valiosa, además es el que abrió las puertas a tu destino”.

Efectivamente Samanta conquisto todas sus expectativas, pero ahora no era como antes, cambio y pudo ser mejor. Siempre le agradeció al campo quien era y sus proyectos estuvieron dirigidos a mejorar la calidad del mismo. Nunca olvido a su madre, siempre la llevaba consigo, debido a que esta era su ángel de compañía. Fundo finalmente la Casa Colomba en donde se descrine perfectamente la belleza y valor del campo.

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