Lloraba desconsoladamente, no tenía forma alguna de parar o evadirme de aquella insufrible situación en la que me encontraba, hundida, rota por dentro y lo peor, enamorada. Lo único que calmaba mi ansia era un café en el porche de Casa Colomba mientras admiraba sorprendida las estrellas sobre mí.

Desde el momento en que lo vi supe que era él, mis pupilas se dilataron, mi corazón comenzó a bombear de manera intensa y continua, mi boca se secaba constantemente y mis palabras se refugiaron en lo más profundo de mi alma para soltar breves sonrisas tímidas que no coincidían con mis pensamientos. Mis manos sudorosas y mejillas sonrojadas demostraron mi inocencia y sentimientos hacia Frank.

Lo nuestro fue algo distinto, muy diferente; hasta el punto de que solo nos preocupábamos por conocer el uno al otro, vernos a escondidas y saber cómo pasábamos los días y momentos cuando estábamos separados. A su lado el cariño y la ilusión nunca me faltaban, muchas veces llegué a pensar que lo que estaba viviendo era un sueño, que no podía ser cierto ni real. Hasta que llegó el momento en el que abrí los ojos y todo lo que sentía, pensaba y creía, se desvaneció en una milésima de segundo, dónde mi corazón quedó completamente roto y en la oscuridad más profunda que existía.

No supe cómo reaccionar, ni cómo luchar por él, no supe qué hacer. Mis únicos sentimientos eran dolor y rabia; y un profundo agujero que se preguntaba si realmente sabía quién era Frank y sobre todo, quién era yo. Lo odiaba, llegué a pensar que lo único que quería era burlarse de mí. Toda pregunta y sentimiento de culpa me cubría. ¿Era yo la culpable? ¿Había hecho algo mal? ¿Había dejado pasar demasiado tiempo?

Solamente podía hacer una cosa, dejar que todo fluyera y que se enfriase todo aquello que habíamos avivado juntos, distanciarme de sus tiernas manos y dejar de pensar, de pensarle. Quizás no fui lo suficientemente valiente para ir tras él, pedirle motivos, explicaciones… Pero, al fin y al cabo, no éramos absolutamente nada. Solo éramos recuerdos, inesperados abrazos por la espalda, visitas vespertinas y aquel beso que quedó para siempre secreto en mis labios y en mi alma. Quizás no estábamos hechos para estar juntos, ni para ser felices, quizás.

Hoy sigo sin saber si para él yo fui algo más que una simple chica o si realmente fui algo importante, más sincero y profundo de lo que imagino. Aún recuerdo cada uno de los momentos, de las peleas y sobre todo, de las risas y apodos que me ponía. Recuerdo cómo erizaba mi piel con tan solo acercarse a mi cuello, recuerdo su cara, sus profundos ojos y su olor; ese olor que me volvía loca, loca de amor; y que aún recordaría si cerrase los ojos.

A día de hoy, solo sé que mi inocencia e ingenuidad por aquel entonces posiblemente me llevaron a esconder realmente mis sentimientos y emociones. Ahora sé quién soy, y para ello solo me hizo falta tiempo.

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