Me han diagnosticado una enfermedad terminal y no sé cómo afrontarlo. He decidido irme temporalmente  de mi casa, de mi ciudad. Aquí siento que todo sigue igual, y  no soy capaz de seguir con mis rutinas.

Siempre he pensado que las casas tienen vida propia, no importa que estén vacías o habitadas; lo importante es que en el transcurso de su existencia ocurran cosas en ellas. Esas cosas que ocurren se van quedando pegadas a los muros, en los techos, en los marcos de las puertas y ventanas, en los suelos, y las casas  van soltando esos hechos transformándolos  en sabiduría y misterio. Yo busco una casa así, una casa vivida y disfrutada, que me ame y que me acoja. Siempre he salido de las casas inhóspitas y de las relaciones insanas sin despedirme. Qué haré ahora con mi propia insalubridad.

He conocido casas e incluso sagas de casas, literarias, históricas, de arquitectura destacable, casas que se enseñan como ejemplo de las cosas terribles que no deberían volver a pasar, y de todas recuerdo algo peculiar que se cuela en mí como parte de mi vida, como si por ese conocimiento se generara una unión con la humanidad que me hace sentir la dicha o el sufrimiento de otros y llevármelo como una experiencia propia.

Elijo la Casa Colomba por azar, o tal vez ella me elije a mí. Hace días estuve en la presentación de un libro, a la que acudieron algunos amigos; Eva me comento que había pasado el fin de semana en una casa que me encantaría,  una casa con vida propia, como las que describo cuando nos reunimos. Me dio una tarjeta que había guardado para mí en su cartera y que yo a mi vez guardé entre las páginas del libro que adquirí en la presentación. Este libro, con el que subí al hospital para que se me pasará la espera entretenida, y que yo he deformado retorciéndolo entre las manos mientras me daban el resultado. Por eso se ha caído la tarjeta y al verla yo recuerdo la historia de Eva y leo el nombre de la casa, Colomba. Ahí es donde voy a ir.

Llego temprano al pueblo, en él solo se escucha el canto mañanero de los pájaros. Había convenido con los encargados que me dejarían la llave bajo el felpudo; es hermosa, de hierro frío, cilíndrica, antigua, se parece a la forma de la cicatriz de la biopsia que luce abultada en mi cuerpo. Giro la llave dentro de la cerradura dos veces a la derecha y la puerta de madera cede. La luz de la calle entra conmigo anticipando mi presencia, despertando al escaso mobiliario del pasillo. Sé que la sala principal es la primera puerta de la derecha, entro y me dirijo entre los muebles hasta el ventanal; al abrirlo, se cuelan el aire fresco y el sol directo sobre las finitas motas de polvo suspendidas que configuran una imagen. Al verla, me siento bien. Se van soltando las tensiones de mi cuerpo, los hombros, las cervicales,  me siento distender desde la cabeza a los pies. Recorro toda la casa y voy abriendo cada ventana, cada hueco al exterior y en cada haz de polvo y sol se forma un personaje. No sé quiénes son, pero me gusta que estén ahí. Sobre el hueco de las ventanas, una barra de cobre reluciente insertado en las argollas de las cortinas que invitan a proteger las estancias del sol. Con ese deslizarse las argollas en la barra metálica, comienzan los susurros, las palabras, las conversaciones. Me están hablando a mí, solo a mí y yo lo entiendo todo.

No necesito más que este pasar el tiempo reconfortada de presencias. Vine a buscar cómo afrontar  mi punto  final y encontré la respuesta a mi continuidad. Me vuelvo a poner orden, a destener para irme sin nada; pero sé que también algo de mí queda en los haces de luz y polvo de estos muros.

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR
A %d blogueros les gusta esto: