DE LABERINTOS Y CAZOLETAS por Jesús Francés Dueñas

DE LABERINTOS Y CAZOLETAS

Relato 22

Todo esto era para volver a espiar a las tiñosas que de incógnito se bebían a tragos el agua bendita de los cenobios. Yo me refugié en los templos de la comarca y en los cuerpos obscenos de sus desdentadas gárgolas. Estuve aletargado de nieve en las cumbres heladas de mi morada como a milenio y medio de distancia de los pesares simples de los hombres y de su ruina. Ahora que los tengo delante se me antojan pequeños y olvidadizos, ajenos a mi mundo de semidiós aburrido y profundamente tangenciales y prescindibles. No desprecio al ser humano y su tumulto y casi admiro su vano empeño de ser perdurable, pero no comulgo con su esperanza vana sin fondo ni con su manía obcecada de autodestrucción. Ahora seguiré mi rumbo por entre las rúas de este sueño de maragatos cuando también eran los hijos lejanos de Macondo, donde crujían los terremotos del amor por dentro de las casas. Seguiré buscando a mi amada única entre las calles angostas y supurando mis heridas dolientes y grandes como toronjas.  Aparecí entre la multitud achispada de un baile de disfraces. Era un concurso. Ganó una mujer con un extraño corsé de estrellas y una máscara. La mujer del antifaz dejó por todo su camino de huida un reguero de rayos como de sol fundido. Desde ese día persisto en mi empeño de encontrar a aquel rostro desconocido más propio de mi hábitat paradisíaco que de este inframundo. Desde ese día sigo sus huellas de oro, piso con cuidado por donde ella pisó y mis zancadas se golpean siempre contra el mismo muro. Ni rastro de la lisérgica muchacha.  De cabeza contra la misma pared. Dejé mi martillo junto al suelo seco y afligido, relajé mis manos para adueñarme del misterioso temblor que me aquejaba.  Andaba ya desesperado de encontrarla, comenzando a creer que había sido tan solo el fruto de un sueño travieso cuando alcé la vista al cielo buscando ayuda y mis ojos tropezaron con una imagen del todo extraña: Ropa interior femenina colgando de una reja. Mi sorpresa aumentó cuando supe que se trataba de la iglesia de Santa Marta y que la ventana de donde pendían aquellas atrevidas prendas correspondía ni más ni menos que a la Celda de las Emparedadas. Quise conocer la identidad de la mujer que habitaba aquel cubículo. Se llamaba Muniadona Moure y evidentemente era un seudónimo. Nuestro amor es imposible. Marvel y DC siguen irreconciliables. Pero no me importa. Me conformo con saber que está ahi, al otro lado de la reja. Ahora todas las monjas de clausura de los conventos de la Somoza cosen para mis talleres el exiguo traje de Wonder Woman. Se han puesto de moda los push-up con motivos de petroglifos del  Teleno. Laberintos y cazoletas en vez de barras y estrellas. En cuanto a mí, nevaba más antes. Y antes de antes mucho más. Cuando era tan solo un dios o cuando fui un monte. Esta es mi historia. Algunos, muy pocos, dicen que soy Thor el nórdico. Pero ya no importa. Ahora soy Teleno, la corsetería.

LA CUEVA ¡SO MOZA! por Manuela Bodas Puente

LA CUEVA ¡SO-MOZA!

Relato 21

La leyenda dice que en la cueva ¡So moza! vivió una joven con su retoño durante años.

La tía Restituta era una mujer flaca, alta, enjuta, de pocas palabras y de una belleza inusitada. Era hermana de mi abuela, aunque no se parecían en nada.

Abuela Conce, era regordeta, pequeña y de muchas palabras, con la risa siempre visitando su cara. Conce era de aquellas mujeres mantecosas en las que te gustaba dormir la siesta, escuchar un cuento, dejar que sus manos rechonchas y suculentas, calentaran tus tristezas. Era la belleza trasmitida a cada poro de los que tenían el privilegio de estar cerca de ella.

Contaban que Conce, una tarde de otoño, cuando era una niña que cuidaba el pequeño rebaño que había en casa, mientras su madre se dedicaba al campo y su padre la transporte del pescado en aquellas carretas maragatas que tanto aliento del bueno vinieron a dar a la comarca, oyó algo extraño en aquel paraje que tanto conocía. Con sigilo y la compañía de Lucio, su perro, fue siguiendo el rastro de los desconocidos sonidos que hasta ella habían llegado.

Bueno Lucio, pues tú dirás. Pero es como si alguien intentara tomarnos el pelo. Ahora se oye, ahora no. Y, además. ¿De dónde provienen los ruidos?

Lucio, que lo entendía todo a la primera y a las mil maravillas, estuvo expectante un rato, luego con el hocico, me tanteó los gemelos y me indicó una senda. Seguimos aquel sendero, y antes de que nos diera tiempo a pensar en nada: ¡Plás, allí estaba! La cueva de la que tanto se hablaba en el pueblo.  Algo inaudito había visto o sentido. Mis dientes castañeaban. Y de pronto: ¡Zás, así de sopetón! Un par de ojos nos observaban vigilantes y en alerta.

A mi mente llegó el recuerdo de aquella historia que había oído.

“El rico del pueblo, se había prendado de la hija de uno de sus jornaleros. Vamos la clásica historia, solo que, en esta ocasión, el rico era un desalmado que ejercía el derecho a pernada con cualquiera que respirara y que estuviera dentro de su territorio. Por eso al ver a aquella perla aún sin cultivar, la acorraló en el monte y al son de ¡So moza!, quieta, que te voy a dar telita fina, dejó a una niña tumbada en el camino del Monte de los Sueños, con la vida enfangada entre los cardos que adornaban el camino. La muchacha, reptando y arrastrando su ignominia, llegó al anochecer a la entrada de aquella cueva, y allí se quedó sin atreverse a volver al pueblo. Hasta que abuela Conce, gracias a Lucio descubrió la cueva y se llevó con ella a Restituta, la criatura nacida de una trágica trampa de las que pone la existencia. La bautizó Restituta por haberla restituido a la vida. Ella, que no había tenido hermanos, la adoptó como a una de su misma sangre y desde entonces aquella cueva, sirve de descanso o de cobijo cuando la tormenta te pilla a descubierto.

Dicen que nunca nadie ha sufrido daño alguno si se resguarda en la cueva. La cueva de ¡So-moza! Si aún no la has visitado no esperes. Este verano será un lugar extraordinario para sentir las mejores vibraciones.

CASCADA CON VOCES por Jesús María García Albi

CASCADA CON VOCES

Relato 20

María siente cercana la hora del parto. Su cuerpo está desasosegado. Ello no le impide seguir trabajando su terruño en La Somoza.

José, su marido, acaba de llegar con sus recuas de Galicia. Han sido jornadas agotadoras. Ha hecho el viaje en menos tiempo del habitual para estar de vuelta antes de que nazca su primogénito. Al llegar y observar a María con su prominente tripa trabajando, respira tranquilo.

Introduce sus caballerías en el establo donde les esperaba el forraje fresco y el agua preparados por María, dado que las recuas son su sustento, y decide ir al pilón para lavarse y quitarse el polvo incrustado. Toma jabón casero y un cepillo de cerdas para rascarse “la roña”. Coge algo para secarse y ropa limpia perfectamente planchada, como siempre.

La temperatura es elevada y el pilón aparece tentadoramente desierto. Decide meterse en él con la ropa interior mínima, por si aparece algún vecino inoportuno.

María, al verle, se acerca con las mangas remangadas. Coge el jabón y el cepillo y restriega todo lo que puede a su marido. La ocasión que se avecina lo exige.

-¡Qué apuesto y fuerte es! –piensa con una sonrisa en su rostro.

-¿De qué te ríes, mujer? -Siempre que lo haces pienso que soy muy afortunado.

-Cosas de mujeres. Nada importante. Te voy a tener que dejar en carne viva para quitarte toda esta mugre que traes. Has debido dejar el camino sin polvo.

Luego tomarás una sopa reconfortante, un plato de guiso y natillas.

Después a dormir y mañana estará como nuevo mi hombre.

-Porque estás preñada que si no te agarraba y te metía en el pilón.

-Quita, quita, no seas loco. De esta noche no paso. La señora Consuelo está avisada.

1

En efecto. Antes de amanecer fue en busca de la mujer para que ayudase a traer al mundo a una preciosa niña, con una mata de pelo negro. Una vez cortado el cordón umbilical, aseada y limpia la criatura, María se la entregó a José, que se había tumbado en un lecho especial aderezado al efecto. La atrajo hacia sí mientras simulaba gritos postparto, cual si él hubiese parido.

Era la tradicional Covada.

Acto seguido la mujer preparó el desayuno que le llevó al lecho. Ella, después de almorzar en la cocina, se caló el sombrero y salió a sus tareas diarias. Ya volvería para preparar la comida al nuevo padre. De repente, las fuerzas del cielo y del infierno se conjuraron de forma tal que las luces cegadoras y los sonidos atronadores hicieron temer por que la casa se mantuviera de pie.

-De no haber parido antes, con todo esto hubiese salido despedida la niña.

Se sujetó el sombrero en la cabeza y cruzó hasta la casa. Jarreaba.

Desde el zaguán escuchó a lo lejos la voz tranquilizadora de su marido y el llanto de su hija. Llegó a la alcoba. Al asomarse lanzó un grito desgarrador. La ventana estaba abierta y la cama vacía.

Miró por la ventana y aunque la lluvia le azotaba su rostro, distinguió la silueta de su marido alejarse flotando entre la niebla, con la pequeña en brazos.

Desde aquel día, al amanecer de los días lluviosos, en la cascada del río Cabrito se oyen voces. Una infantil y otra adulta.

¿DE QUÉ COLOR ES EL AMOR? por Mari Fe Ramos González

¿DE QUÉ COLOR ES EL AMOR?

Relato 19

 

Ella era de pocas palabras. La mandaron callar tantas veces que se acostumbró a permanecer en silencio. Salía poco de casa. Cada tarde esperaba la llegada del autobús que venía de Astorga. Miraba a través del visillo, desde una ventana de la galería. Con su imaginación recomponía todo aquello que veía desde lejos.

–              La Vicenta se viene pal pueblo con la maleta de madera-pensaba-, seguro que se ha vuelto a escapar de la casa donde servía, pa librarse del señorito.  Ha llegado el ti Santiago, trae la cara tiznada por el carbón de la mina. Vendrá a preparar su boda con la María.

Un día, su vida cambió para siempre. A través del visillo vio a un hombre joven, guapo, bien vestido y con un extraño maletín en su mano.

Se armó de valor y salió de casa, para hacerse la encontradiza. Cuando estuvieron frente a frente, se miraron…, y ella enmudeció. A él se le cayó el maletín de la mano y se desparramaron por el suelo multitud de tubos de óleo, frascos y pinceles.

-¡Eres mi musa!-  dijo él, sin dejar de mirarla.

Ella abrió la boca para responderle, pero no pudo articular ni una palabra. Sintió, por primera vez, que la miraban con amor… ¡y con deseo! Con una pasión que ella captó al instante. Recogieron juntos las pinturas y los pinceles y lo colocaron en la caja. Él buscó un tubo que estaba sin estrenar y se lo entregó a ella, con delicadeza.

–              Es azul cobalto. El color del cielo cuando no tiene nubes. El color del mar. Cuando pintas con este color atraes hacia ti un amor eterno, como el cielo y como el mar.

Ella lo guardó en el bolsillo de su mandil, como si fuera un tesoro. Posaba para él al amanecer, junto a la laguna Cernea, sobre un musgo que aún conservaba intactas las gotas del rocío. Él acariciaba su pelo con suavidad, como si fuera una ninfa del bosque. Ella descubrió el amor.

Llegaron las habladurías, porque un pintor desconocido estaba seduciendo a una moza maragata. Los hombres del pueblo les comunicaron que, al día siguiente, el pintor debería coger el autobús hacia Astorga, por las buenas o por las malas.

Ella lloró toda la noche, junto a la ventana de la galería. En medio del dolor y las lágrimas, creyó ver la figura del pintor merodeando por su casa, con un candil en la mano.

A la mañana siguiente, cuando salió para despedirle, descubrió que el portón de su casa estaba  pintado de azul cobalto. Fue corriendo hacia el autobús y gritó:

– ¡Pintemos nuestra vida de azul!

Se fueron juntos. Desde entonces, los portones de la Somoza, de azul cobalto, expresan  el deseo de un amor eterno.

LAS SIETE HADAS DEL ARCOIRIS por Lara Suárez-Mira Reija

LAS SIETE HADAS DEL ARCOIRIS

Relato 18

Contaba la leyenda que el arcoíris solo salía una vez cada 2000 años en la comarca de la Somoza Maragata. Se reflejaban los siete colores en todas las casas y lugares recónditos de aquel lugar encantado. La luz coloreada daba calor y reconfortaba hasta lo más profundo del alma, aquellos lugares oscuros y tristes que nadie conocía. Esa luz brillaba constante y hasta conseguía amansar a las fieras. Se dice que la reacción provocada por los rayos en contacto con las almas y corazones producía una melodía sublime. Desde luego, aquella era una comarca encantada. Después de que saliera el arcoíris, miles de pequeñas hadas de cada uno de esos colores sobrevolaban los tejados y prados, llenando de felicidad a todas las personas que allí vivían. No importaba lo mal que lo pudieran estar pasando, puesto que en esos momentos se sentían felices al 100%.

Morgana era el hada mayor y dirigía las operaciones de encantamiento de la población. Su magia era poderosa. Tenía una larga melena rubia que le cubría toda la espalda y formaba hermosos tirabuzones destellantes. Sus alas, prácticamente transparentes, eran sin embargo muy resistentes y la impulsaban a gran velocidad a través del bosque en cada una de sus misiones. Su lugarteniente era la bella Elga, hada de la luna, quien la sustituía en las operaciones que tenían lugar durante la noche, pues tenía una especial habilidad para el vuelo nocturno. Su rostro era de una blancura infinita y sus ensortijados cabellos, de un negro intenso. El resto del equipo lo integraban Anjana (que siempre llevaba una chifla y un tamboril), natural de Santa

Colomba de Somoza y que, por lo tanto, jugaba en casa, Náyade, Brigitte,  Branwen y Grainé. Siete hadas para ayudar a los lugareños en sus problemas cotidianos. A los padres en la educación de sus hijos, a los enamorados en sus amoríos no correspondidos, a los labradores en el cultivo de sus campos, a los comerciantes cuando no les salían las cuentas y a todo aquél que las invocase cuando las preocupaciones le abrumaban.

La que sin duda tenía más trabajo era la buena de Anjana, una golosa empedernida que recibía de buen grado los obsequios que en forma de mantecadas y cecina le regalaban los agradecidos maragatos. Tanta era su afición por la comida, que no siempre conseguía volar para llegar a su destino, no siendo la primera vez que se veía obligada a buscar el auxilio de algún águila para trasladar toda su humanidad a algún hogar en problemas.

En cierta ocasión, el grupo de hadas hubo de emplearse a fondo. Fue un año en que llovió intensamente, durante varios días sin parar. El río incrementó mucho su caudal y los vecinos vieron cómo se desbordaba por momentos, llegando a las puertas de sus casas. Cuando a punto estuvo de inundar sus hogares, todas las hadas se pusieron a batir las alas formando una intensa corriente de aire que evaporó toda el agua. Habían salvado el pueblo. En agradecimiento, el alcalde las nombró hijas predilectas y les entregó las llaves de la ciudad, homenajeándolas con un cocido maragato que Anjana devoró con pasión. Sin duda, eran las mejores protectoras que había tenido el pueblo desde su lejana fundación.

EL REINO DE LOS NIÑOS por María de la Paz Valero Uceda

EL REINO DE LOS NIÑOS

Relato 17

Cuenta la leyenda, que en  Santa Colomba de Somoza, vivía un mago, de amigable aspecto y barbas blancas, era tan alto que con su cabeza casi podía tocar el cielo, pero no era en su aspecto donde residía su magia sino en su gaita, cuando el mago la tocaba, creaba vida, los pinos crecían y los animales llegaban hasta sus tierras, y si algún reino vecino entraba en lucha con él, el mago soplaba fuertemente su gaita y los alejaba  de allí.

El mago  un día empezó a darle vueltas a una idea: crear humanos, su corazón lo deseaba pero también tenía dudas, pues en los reinos vecinos podía ver la mezquindad humana, y esto le daba mucho miedo.

Hasta que un día tuvo un idea, quizás el corazón humano se corrompía a la edad adulta, pero si él soplaba una dulce melodía solo crearía a niños, él se encargaría de cuidarlos y de mantenerlos lejos de ambición y la avaricia.

Y así lo hizo, el mago hizo de Santa Colomba de Somoza el reino de los niños, durante años, les proporcionó alimentos y abundancia en todos sus campos, nunca en este reino se conoció la enfermedad ni la muerte, el mago velaba por cada uno de ellos, sintiéndose orgulloso de su creación.

Un día estos niños crecieron, y se convirtieron en adultos, llegando así las primeras dispuestas, y el reino entró en guerra. El mago lloraba y lloraba y hacía sonar tan fuerte su gaita que todos los habitantes temblaban y se arrepentían, pero cuando el mago volvía hacer sonar su gaita dulcemente, y bendecirlos con alimentos y animales, los habitantes volvían a las disputas, y esto entristecía y enfadaba al mago, él había intentado que su obra fuera diferente, y no lo había logrado, su reino era ahora tan miserable como los reinos vecinos.

Pero el mago, en el fondo de su corazón quería buscar una solución, no se conformaba con lo que sus ojos veían, y tampoco quería soplar tan fuerte para causarles la destrucción, así que como cualquier padre, intentó buscar soluciones para el bien de ellos, les multiplicó las tierras, pero ellos seguían ambicionando más y más, también hizo que llegaran más animales, pero ninguno saciaba la avaricia humana.

Así que el mago se sentó sobre una piedra y lloró tanto que se crearon grandes inundaciones en el reino, los habitantes al ver esto, se llenaron de odio contra el mago, y planearon matarlo, para ellos eran insoportable aquellas lágrimas y aquel sonido tan triste de su gaita que les recordaba su propia mezquindad, la mejor solución para ellos era acabar con él.

Y así lo hicieron, una noche fueron todos los habitantes del reino juntos, iban con armas, y sobre todo con mucho odio, pero al verlo dormido plácidamente, no se atrevieron a despertarlo, tenían miedo que si lo despertaban luchara contra ellos, así que eligieron la opción más cobarde, le quitaron el muelle a su gaita, así el mago jamás volvería a tocarla.

El mago jamás se despertó, pero dice la leyenda que si algún hombre de  buen corazón le pusiera un parche a la gaita, el mago agradecido convertiría de nuevo a Santa Colomba de Somoza en el reino de los niños y habría felicidad por siempre.

EL MUNDO AL REVÉS por Cristina Jiménez Urriza

EL MUNDO AL REVÉS

Relato 16

Hace mucho, mucho tiempo…, según cuenta la leyenda, había un país, en el que había una ciudad, en la que había una comarca, en la que los pájaros nadaban, las vacas iban al colegio, y los perros y los gatos eran los mejores compañeros. Esta comarca Somoza Maragata, era un poco extraña, pues bien, está dicho que entre todos los habitantes había mucha cordialidad, exceptuando a la de sus mascotas, que las tenían todo el día trabajando para ellos.

Estaban: la familia Dugs, una familia de caracoles y babosas, que tenían como mascota a un jardinero, que mantenía fresca la hierba del jardín. La familia Yorky, una familia de perritos de clase alta, que tenía como mascota a una muy buena peluquera. La familia Boing, una familia de cerditos vietnamitas, que tenían de mascota a un prestigioso cocinero. La familia Roe Roe, una familia de conejos, que tenían como macota a un horticultor, que siempre estaba plantando ricas zanahorias. La familia Alonso, unos preciosos jilgueros, que tenían como mascotas a una pareja de cantantes de ópera. Estas entre otras familias del lugar, como: Crunch, Flash, Arias, Brekkies, Serrano, Black…, siendo: gatos, caballos, cuervos, vacas, ratas, ocas…, siempre con sus mascotas: médicos, carpinteros, mecánicos, panaderos, profesores, escultores…

Un día, nuestros amigos, los humanos, las mascotas, cansados de tanto trabajar, tuvieron una reunión de urgencia a media noche.

–              ¡Esto no puede seguir así!, decía la peluquera… tengo el brazo molido de tanto peinar a los presumidos de mis amos.

–              ¡Y a mí, la espalda, de tanto agacharme!, decía el horticultor.

–              ¡Yo estoy harto de tanto cocinar!, gritaba nuestro prestigioso cocinero.

–              ¡Nosotros nos estamos quedando roncos de tanto cantar! lo decían casi sin poder levantar la voz, la pareja de cantantes.

–              Y yo…, y yo…, y nosotros…, si…, no aguantamos más…, se quejaban uno tras otro nuestras mascotas…

–              ¡Está bien!, ¡está bien!, ¡silencio!, ¡silencio! ¡SILENCIO!, ya dijo gritando el representante de las mascotas.

–              Está claro, que algo tenemos que hacer, que esto se nos está yendo de las manos…, y que nuestros amos, por mucho que nos quieran, no nos pueden doblegar a lo que ellos quieran hacer, están suficientemente cualificados para hacer ellos solitos todas las cosas que hacemos por ellos, por ejemplo:

La familia Alonso, ya han aprendido a cantar solitos.

A nuestros pequeños amigos los Roe Roe, les tendremos que dejar jugar.

Puede que nos cueste un poco, pero a la familia Boing, los cerditos vietnamitas, les tendremos que enseñar a utilizar el morro, pues lo tienen muy fuerte, y con él, pueden hacer franjas en la tierra, y con la colaboración de la familia de cuervos, podrán sembrar ellos solitos su propia cosecha.

La familia Yorky, es tan presumida que no saldrán de casa con malos pelos.

Los topos podrían hacer agujeros para sembrar, los caballos podrían arar, los castores podrían orientar el rio hacia la granja, y las gallinas organizar las comidas de los vecinos, los caracoles, pasear a las babosas, y las ratas, llevar la educación, son muy listas…, así, uno a uno, dio su opinión sobre como poder organizar la vida de los vecinos, sin tener que depender de mascotas humanas, haciéndoles entender que, siendo autónomos se vive mejor.

COCIDO MARAGATO por Miguel Angel Moreno Cañizares

COCIDO MARAGATO

Relato 15

Congregados al calor de la chimenea, que en esos momentos desprende centellas, los hombres entablan una de las discusiones diarias para abrir boca. Cruje el invierno. Eugenio los mira con distanciamiento, acostumbrado como está a sus diatribas, que por regla general acaban en ninguna parte. Mientras repasa las botellas del estante y de reojo controla la cocina, de buena gana echaría un pitillo de picadura si no fuera por la prohibición. Ni dentro ni fuera, se conforma el restaurador. Anda alborotado el personal, cantándole las tripas, así que Eugenio se huele que el revuelo aumente. En la mesa del fondo hay una pareja de forasteros que hablan con acento francés. Pero las viandas se servirán en el momento oportuno.

—A ver, Tenorio, dinos por qué el cocido maragato se come al revés—, pregona Félix, el más bravío del grupo.

—Por supuesto, compañero, aunque todo el mundo en Somoza lo sabe—, replica el interfecto, que se levanta presto y dirige sus pasos hacia los primerizos clientes— ¿Quieren que se lo cuente, amigos? —les inquiere— Pues sucede que varios siglos atrás, los arrieros maragatos, nuestros antepasados, comían en el mismo carro en el que viajaban. Y para no perder tiempo, calentaban la olla de cocido en un anafe. Una vez listo y calentito todo, empezaban por la carne, luego los garbanzos y por último el caldo. Se les llaman los tres vuelcos. Así me lo ha contado mi padre, a mi padre se lo contó su padre y así sucesivamente.

A todo esto, toma la palabra el gabacho:

—Encantado de conocerlos, messieurs, pero el auténtico origen se debe a mis compatriotas franceses, durante la invasión napoleónica. Andaban por estas tierras cuando, teniendo el cocido dispuesto, temieron una inminente batalla, por lo que decidieron degustar primero la carne, lo más nutritivo, y dejar para después, si daba tiempo, los garbanzos, la verdura y la sopa. Y aquí estamos mi mujer y yo para degustar uno de sus exquisitos cocidos.

La historia indigna a los lugareños, que se sienten ofendidos por una falsa leyenda, según coinciden. Y más aún si la cuenta un francés en sus mismas narices.

Eugenio, mandil al hombro, se planta ante los comensales y dice con tono altanero:

—Mire usted, señor francés, que me da que a su leyenda le falta un punto de sal, esto es, de realidad. Porque lo cierto es que sí, ocurrió en época de la Independencia cuando las tropas napoleónicas invadieron estas tierras maragatas que sus habitantes cultivaban con esmero de sol a sol, aunque con tiempo de preparar unos suculentos cocidos, que comían tras el sonido del triángulo que tocaban las mujeres.

El silencio reina en el salón, todos le ponen oídos a Eugenio.

—Los franceses, al escucharlo, dejaban que tomaran los dos primeros vuelcos y luego asaltaban la casa para apropiarse de las carnes. Así sucedió hasta que los maragatos, que no somos tontos, cambiamos el orden de los platos, de tal guisa que a los soldados invasores sólo les quedaba el caldo cuando llegaban.

Dicho lo cual, todos los presentes proceden a zamparse un exquisito cocido maragato como manda la tradición, sea cual sea la leyenda.

EL PAPÓN por Miguel Angel Ramos González

EL PAPÓN

Relato 14

 

Ahí estaba yo, frente al plato de berzas, que ya me había comido las patatas y el tocino, que en los años 50 no se había “inventado” el colesterol.

Tendría cinco años y mi padre me miraba enfadado. Me amenazó: “Rapaz, si no las comes vendrá el papón y marchará contigo to palante pa sacarte el unto y hacer ungüentos”. No me preocupó, pero luego relacioné lo de sacar el unto con la matanza del gocho, que había visto escenas sueltas cuando me lograba colar hasta que los adultos nos apartaban, y no me gustó la idea, por lo que decidí estar alerta, pero no identificaba al papón y no quería preguntar.

Unos días después delante del ayuntamiento estaba el ti Magín con un lobo muerto colgado por las patas de un palo sujeto entre él y su hijo. El lobo parecía sonreír en su mueca póstuma. Le pregunté si el animal era el papón pero dijo sonriendo: No hijo pero guárdate del papón.

Semanas después en las fiestas vi a un bailarín feo que nos daba a los chicos con unas ramas de escoba, y pensé que ya había localizado al papón Le llamaban birria, que décadas después me pareció que se decía “guirria” o “guirrio”, según algunos antropólogos y estudiosos de la zona, pero se me acercó y me di cuenta de que era Valentín disfrazado, que a pesar de las ropas olía como mínimo como siempre, así que descartado.

Algunos años después mi madre, con el visto bueno de mi padre, convino con un cura que había venido a la zona “de misiones” que me llevarían al seminario de Astorga. Me lo dieron como hecho, que si Dios me llamaba, que comería bien y tendría un porvenir, y que ella quería tener un hijo cura (anda y yo, le dije)… No me disgustaba la idea, y no me fue tan mal. Volvía en vacaciones a casa y ayudaba en las labores típicas: acarreo, trillo, vecera de vacas, echar a los gochos…

La primera semana santa me tuve que quedar en el seminario porque mi madre iba a cuidar a mi abuela enferma a su pueblo. Me dijeron que en el seminario darían bacalao y torrijas, y eso me compensaba, aunque luego fue verdad a medias.

Se quedó alguno más esos días, huérfano o con los padres en el extranjero trabajando. D. Abilio nos llevó a la procesión, íbamos a distancia llevándole el bastón, un misal, incienso para reponer…

Cuando iba a salir la procesión dijo el coordinador: los papones formen aquí en fila. Yo solo veía a los cofrades con su “cucurucho” en la cabeza, sus dos aberturas para los ojos, y la tela que cubría la cara y el “papo” o papada, según nos aclaró D. Abilio, a quien expliqué luego mis temores, me contó que había diferentes acepciones del término papón, que después he ampliado, y también que en nuestra tierra se decía lo de sacar el unto, y en otras tierras se decía el “sacamantecas”. (Ahora hay liposucciones).

Por cierto, comí esos años muchas berzas aunque sin disfrutarlas, y hace unos meses en un restaurante caro invitado por un proveedor, rechacé sus recomendaciones y me apunté a las berzas, cuando la camarera dijo: y fuera de carta tenemos kale, es decir berzas.

LIBÉLULA por Emilia Crespo Brayda

LIBÉLULA

Relato 13

Una tarde de verano, tras un largo paseo, nos sentamos a descansar   a la orilla de la Laguna Cernea, a la sombra de los pequeños robles que la rodean entre helechos y jara. Soplaba una ligera y cálida brisa que creaba una gran sensación de bienestar. Una libélula volaba sobre la poca agua que le quedaba en el fondo a principios de agosto. Sus alas transparentes brillaban con la luz del sol. Todo su cuerpo reflejaba múltiples colores bajo los diferentes ángulos de luz

Mamá, tras un largo silencio, habló muy despacito:

“Me recuerda una historia que me contó mi madre…”

Imposible resistir la curiosidad

¿Nos la cuentas mamá?

“¡Claro!

Hace algunos años, no muchos, En Santa Colomba de Somoza vivía una mujer que amaba y buscaba la belleza. Como tenía tanta experiencia buscándola la encontraba muy fácilmente. Con frecuencia escuchando a los mayores, en la naturaleza…en la música y la alegría de las fiestas.

El día anterior a la fiesta principal del pueblo se puso a buscar algo especial que ponerse y no lo encontró ni entre las perchas ni en las estanterías de su armario.  Pensativa se asomó a la ventana y vio la luna blanca, brillante. ¡Qué hermosa!  Salió y se dejó envolver por su luz. Los rayos tejieron a su alrededor una aureola brillante. Se vio blanca, transparente, luminosa. Iría así a la fiesta.

Amaneció. Maximiliano, el tamboritero, tocaba la jota maragata. Recorría el pueblo llamando a los vecinos que poco a poco se juntaban con sus castañuelas y la acompañaban avisando a todos de que por fin había llegado el día de la fiesta.

Llegaron a la plaza del pueblo.

Allí se dirigió la hermosa mujer.  Avanzó hacia el grupo de danzantes. Todos le volvieron espalda. ¡¡¡Qué vergüenza!!!!¡¡¡Es ridícula! ¡¡¡¡¡¡niños no miréis!!!!!!!!!

Ella no escuchó. Estaba feliz, se encontraba hermosa.

Zapateta. Dijeron la flauta y el tamboril

¡Porque no!… con una gran zapateta se elevó en el cielo y desapareció

Solo Maxi la vio volar bella, ligera y brillante mientras sonaban las castañuelas con sus lazos de colores revoloteando a su ritmo

Voló.

Voló hacia la laguna, hacia el río Turienzo buscando agua pura. Voló y voló en todas las direcciones, arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha, hacia delante y hacia atrás

Voló y voló recorriendo el mundo.  Voló y voló sobre los océanos aprovechando las fuertes corrientes y  los vientos huracanados, las brisas suaves y la clama

Voló y voló dispuesta a descubrir todo a su alrededor sin necesidad de girar su cabeza.  Voló feliz disfrutando   al máximo cada momento de su vida.

¿Os ha gustado? Mi madre me enseñó a descubrir que en todo se puede encontrar belleza. Que el pudor, el miedo, la vergüenza no debe impedirnos disfrutar de ellas.” Concluyó nuestra dulce, soñadora y maravillosa madre