Avanzamos, como avanzan los miedos en mitad de la noche.

El sol parece detenerse un instante sobre el manto relajado del río, pero nosotros avanzamos, fieles a nuestro paseo habitual de cada martes. Y a pesar de que tus pies se han quedado mudos, a pesar de que tus dedos ya no anidan en los míos, y he de empujarte, sintiendo en cada metro el peso de todas las promesas pendientes, y el de todos los sueños que ya no se han de cumplir, y el de la suma de los instantes, todos, que se pierden irremisiblemente por el sumidero del calendario, a pesar de que las palabras ya no importan, simplemente avanzamos.

Los manzanos parecen mirarnos con benevolencia, y agitan levemente sus ramas al paso lento de nuestros cuerpos encorvados, como si quisieran saludarnos o disculparse por renacer de nuevo, cuando nosotros estamos ya cerca de caducar.

Avanzamos entre estas calles de piedra en las que se cartografía nuestra historia ¿Recuerdas? Detrás de aquel muro, junto a la Casa Colomba, te encontré cuando te conocí. Jugábamos al escondite, tú acababas de mudarte con tu familia a este pueblo, y en cuanto te vi supe que al encontrarte te había encontrado para siempre. Bajo la sombra del campanario, ¿recuerdas?, nos refugiamos en otra ocasión, adolescentes ya, para besarnos por primera vez. Y sobre este adoquín, o quizá fuera encima de aquel otro, me arrodillé para ofrecerte un anillo, ¿recuerdas? No, sé que ya no puedes recordar nada, porque fue también durante uno de nuestros paseos, hace ya varios otoños, cuando me contaste que tu tiempo terminaba, que no tardarías demasiado en replegarte dentro de ti misma, en desvanecerte despacio. Entonces te hice una promesa: conservar en mi todo cuanto hubo entre nosotros, hacer lo posible por mantener hasta el final la discreta placidez de las rutinas, y por eso avanzamos, hasta llegar a esa otra pared, ya casi derruida, pero quizá la más importante de todas. Avanzamos, hasta que la roces de nuevo con tus ruedas. Avanzamos.

Cuando estemos a su lado, elevaré tu mano, y sentiré que tu piel, plagada de grietas de profundidad incalculable, de pronto se funde con la piedra que elegimos aquella tarde en la que todo fue posible, y tras deslizar tus dedos morosamente por todos los perfiles de su rugosidad, encontrarás, ya disimulado por el castigo de muchos inviernos, el contorno inconfundible de un corazón en el que aún palpitan, grabados para la eternidad, nuestros dos nombres. Y me parecerá que sonríes mientras dibujas con tus yemas cada una de mis letras, y me mirarás, y por un instante fugaz, como lo son todos los momentos de felicidad verdadera, querré creer que me reconoces.

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