Érase una vez, una remota civilización enferma, ciega e insatisfecha, vivían como autómatas. Cada día iban al trabajo a la misma hora donde tenían una relación de dominio-sumisión.
Unos no tenían tiempo para pensar, otros no querían hacerlo. Predominaba el cerebro racional sobre lo emocional y lo instintivo. Poseían una pasión desmesurada por el ego, insensibilidad y pérdida de contacto con la identidad más profunda.
Tenían hijos que no tenían tiempo de educar, solo se les transmitía competitividad.
Un día, aquellos hombres y mujeres se llenaron de amargura y abatimiento. Degeneró, avanzando hacia el conflicto, la discriminación, las guerras y el sufrimiento. Quedó todo destruido, la población reducida a una cuarta parte. No había alimentos.
Los que sobrevivieron agudizaron su ingenio, en épocas pasadas habían sido enemigos. Olvidaron. Aprendieron a pensar por sí mismos, su mente estaba lúcida, y tomaron decisiones para crear una nueva forma de vida.

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