El lugar para el contacto se estableció en un minúsculo y discreto pueblo del interior peninsular. Por su ubicación en plena ruta de peregrinos y mochileros, la presencia de dos desconocidos, pasaría desapercibida. Además, el trajín de personas dificultaría cualquier sistema de contraespionaje con el que se pretendiese abortar la operación.

Con esta seguridad entré en aquella posada y me dirigí directamente a la barra del bar. Enseguida reconocí a mi contacto. Se trataba de una mujer hermosa, exuberante en su madurez.

–“El cocido maragato sacia un rato” –dije recitando la contraseña que, en un principio, me pareció algo ridícula–. ¿Lo probó usted?

La mujer respiró hondo. Pude ver cómo las aletas de su nariz se dilataban dejando pasar el aire.

–No –respondió con la tensión contenida, sin levantar la mirada de su copa de vino.

Llamé al camarero y pedí lo mismo para mí.

–Estas gentes tienen por costumbre degustar primero las carnes y dejar para el final los garbanzos y la sopa –dije por romper la tensión del momento. La mujer impostó una leve sonrisa. Por primera vez me miró a la cara. Su pose resultaba de lo más sensual.

–El efecto de esta disociación de ingredientes resulta espectacular –proseguí por alargar la conversa–. Pero cuando hablamos de personas, la mezcla y el intercambio es lo que importa. ¿No cree?

La mujer mojó sus labios, carnosos y sensuales, en la copa de vino. Se mostró profesional:

–¿Trae el prototipo?

Esperé a que el camarero se alejase.

–Sí –dije deslizando una pequeña caja.

La mujer abrió la caja y extrajo el collar de perlas.

–He reservado alojamiento –dijo pasándome una llave y una tarjeta con la dirección de la casa rural–. Entraremos por separado.

Leí la tarjeta: “Casa Colomba”. De ahí el nombre en clave de la operación.

La mujer se levantó y me hizo un último comentario, justo antes de abandonar la barra:

–Estoy de acuerdo con usted. Las personas debemos aprender a mixturarnos.

La seguí con discreción. Llevábamos casados veinte años. Pero fue ella la que pensó que debíamos meterle un poco de misterio a nuestro aniversario.

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