Ahora vivimos en el ático de un edificio de veinte plantas. Las vistas son espectaculares y estamos adaptándonos bien. El abuelo se ha hecho dueño del que califica el mejor invento conocido: el jacuzzi, y ya casi no mienta la poza del jardín. Los niños están alucinados con las videoconsolas: pulsar botones y mover mandos acapara toda su atención.

Nuestro hijo adolescente no sale del gimnasio, hechizado por los modernos aparatos ha arrinconado su inseparable bola metálica. El territorio de mi mujer es el vestidor, ocupa el tiempo clasificando por colores zapatos y trapitos. Yo me he instalado en mi lugar favorito: la biblioteca. No estoy mal, aunque los libros son un tanto extraños, estoy con uno de autoayuda para ejecutivos estresados que me está costando comprender, añoro los tomos encuadernados en piel de El Quijote.

Pero nos preocupa la abuela… no se ha movido de un rincón de la sala de estar desde que llegamos; intentamos animarla, la invitamos a salir a la terraza y perderse entre los neones que salpican la noche, pero no reacciona. Ni siquiera las cenizas de la chimenea la estimulan, tal vez le recuerden los restos de nuestra mansión. Le explicamos que doscientos años son demasiados para una vivienda y que Casa Colomba los superaba, mentimos prometiéndole volver cuando la reconstruyan, pero no se resigna y tememos que peligre su incorporeidad, y es que los fantasmas, aunque hueco, también tenemos nuestro corazoncito.

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