Habíamos llegado cuando empezaba a oscurecer, porque las salidas de Madrid de los viernes son complicadas por el tráfico. Nos había dado tiempo de dar una vuelta, ver el río, las eras, las casas de piedra… y percibir una lluvia fina, mansa y refrescante que no nos caló.

Ahora eran como las tres de la madrugada y me desperté. No tenía que ir al servicio, no sudaba ni tenía frío, la cama era cómoda y la almohada perfecta. Era como que ya hubiera descansado. No se oía absolutamente nada, y me di cuenta de que la luna estaba en un ángulo del cielo que nos iluminaba y me daba en la cara (bañaba mi rostro o lamía mis mejillas que quizá dirían algunos poetas). No resistí y me levanté. Pili dormía y los niños también. Me preocupaba que se estropeara el tiempo, pero estaba despejado y se veían muchas estrellas.

No quería dar luces, encendí la linterna del móvil y salí al jardín. Abrí el portátil para ver el pronóstico del tiempo y para intentar identificar las estrellas (había muchas o mejor dicho se veían muchas). Oí algo y era el disco del portátil: nunca lo había oído.

Sabía que había vida en los árboles, en el río, en el aire y bajo la tierra. Para confirmarlo voló algo, pero no eran pájaros ¡eran murciélagos! Pero no me asusté, y quizá ellos sí viendo a alguien en ropa interior con un ordenador y mirando a las estrellas: un humano atípico, al menos a esas horas. Veía unos ojos en una rama, que podían ser de una lechuza, un búho… los de capital no entendemos.

Olía a hierba húmeda, a espliego (lavanda) como la que ponía en los armarios mi abuela en saquitos de tela que hacía ella misma, quizá a tomillo también, a hierbabuena ¿o sándalo?, tal vez a hierba luisa ¿verbena? Recordé lo que dicen que había dicho alguna vez Miguel de la Cuadra-Salcedo, que había fallecido pocos días antes: “Un ordenador no podrá nunca sustituir el olor de la tierra húmeda tras la lluvia”.

Miré donde estábamos, que era entre los términos de Turienzo de los Caballeros y Santa Colomba de Somoza, pero en el casco urbano de ésta. Imaginé a los caballeros por esas tierras, a los arrieros con sus mulos de transporte, antes a los romanos buscando oro, seguramente a los moros… después a los franceses en la Guerra de la Independencia… y los peregrinos pasando muy cerca por el camino de Santiago desde hace siglos.

Por un momento no me preocupaba la política ni la prima de riesgo, ni la declaración de la renta, ni los objetivos de ventas. Sobreviviríamos.

Pensé que me sobraba el portátil, que era suficiente lo que teníamos, que era mucho más de lo que habían tenido casi todas las generaciones anteriores, y que había que vivir ese momento. Antes de apagar el portátil puse un correo a nuestros amigos, que habían estado en Semana Santa: gracias por habernos recomendado Casa Colomba (Columba, Paloma…). Si alguna vez me pierdo que me busquen aquí, donde yo me he reencontrado. Hacía mucho que no me sentía tan bien.

Me volví a acostar. La luna no me daba de lleno, como que respetara mi privacidad y me dejara dormir, pero no podía: era como que estuviera descansado, pero cuando entraba la claridad y los niños pedían ir al río, me di cuenta de que sí me había dormido, y seguía como flotando.

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