LOCOS EN LA SOMOZA

Relato 28

Nunca creí la vieja historia sobre un mítico personaje que provocaba tormentas y tempestades que la abuela nos contaba de pequeños para asustarnos.

–              Como se enfade el Reñubeiro bajará en una nube, lanzará rayos y os partirá en dos -decía cuando se enfadaba-, entonces preferiréis mi zapatilla.

Durante años viví tan ajeno a aquella leyenda que la olvidé por completo pero al ver esto comprendo que era cierta. Contaba que la hija de un antiguo antepasado de la familia observó, tras unos relámpagos y truenos surgidos de la nada en una noche estrellada, cómo un objeto bajó del cielo, creando con su aparición una horrible tormenta de verano. Asustada y perdida en las laderas de Tilenus, la niña, se escondió tras unos matorrales. Paralizada de terror y empapada hasta los huesos, pudo ver como un gigantesco ser, mezcla de hombre, duende y demonio, salía de aquel artefacto arrastrando el cuerpo inerte de otro ser igual. Se arrodilló ante él, se despidió y lo enterró. Orientándolas hacia algún lugar del universo cubrió el lugar con unas enormes rocas, que de repente envejecieron miles de años, donde el Reñubeiro hizo unas marcas ininteligibles

que ella creyó se trataba de un rito funerario, pero al ver al ser mirar hacía las estrellas comprendió que estaba señalizando el túmulo en el cosmos.

La historia fue atribuida a las alucinaciones producidas por el chaparrón pero a raíz del episodio cambiaron su apellido por “la Loca”. Contar aquello que había visto era difícil en una época y en una sociedad tan machista como dura y eterna era la vida en aquellas tierras de la Somoza, una comarca donde el paso del tiempo era tan lento y difícil que las leyendas no tenían sentido si no las escuchabas en un filandón. Los hombres recorrían los caminos con sus carros cambiando mercaderías; mientras las mujeres se hacían cargo de la casa y la labranza de las tierras y por las noches, mientras hilaban, contaban cuentos a la luz del hogar.

–              Generación tras generación mi familia ha estado inútilmente buscando esas rocas para eliminar el estigma de locos que desde entonces nos acompaña. Ahora vas tú y apareces con esto, la calavera de un ser extraño del que nadie tiene datos, que lo mismo podría ser del morador de los aires como de una cabra o de un perro deforme. Y me cuentas que en no se que parte de Bulgaria hace años apareció una igual atribuida a un extraterrestre. Volveremos a ser los locos. Pero mi abuela me enseñó viejos dibujos tan detallados que no me cabe duda que pertenece al Reñubeiro que la niña loca vio.

–              Lo ha traído el perro, abuelo, no sé donde anduvo. Encontraremos el resto y dejarán de tomarnos por tontos.

–              A mi edad ya no estoy para buscar nada -abstraído en sus pensamientos, con el cráneo en sus manos, parecía hablar solo, como un desequilibrado que habla con las estrellas-. Busca tú, Juan Carlos, encuentra esas rocas, muéstraselas al mundo, que dejen de insultarnos -hizo una pausa que me pareció eterna-. Si de algo estamos locos es de amar esta tierra.

No vivió mucho más. Nunca supo que años más tarde encontré los petroglifos que tanta fama y tanta prosperidad llevaron a la Somoza.

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