—Nos hemos perdido y se está haciendo de noche.

—Gracias.

Sabes que me he enfadado y por eso me miras con cara de circunstancias. Hemos pasado un día de perros. Después de madrugar más que un panadero. Después de repetirme hasta la saciedad que me preparase para el “sol de justicia” que iba a caer. Después de salir de casa sin más atavíos que una camiseta de tirantes, un pantalón corto y unas sandalias, ha caído el diluvio universal a las diez de la mañana y la ira se ha apoderado de mí. Me has pedido que no te culpe, que sea comprensiva, que no eres un experto en meteorología. Vale, te perdono. Sigamos.

Hay una ruta, dices, un atajo para llegar antes. Viene en el mapa que has comprado. Te sigo, pero a veces te paras como sin comprender. Por aquí, decides al final. Tengo un frío terrible con la ropa mojada, y me duelen las articulaciones. El camino que señalas es un empinado recorrido cuesta abajo, un barrizal con un desnivel increíble. Me he caído tres veces en la bajada. Tengo contusiones y arañazos por todas partes. Tú, sin embargo, solo estás un poco mojado, como si no te merecieses lo mismo que yo. Como si tu paciencia fuera premiada con un microclima ajeno al mío.

He comido un bocadillo sentada un charco mientras me mirabas con cara de pena. Luego he engullido una chocolatina entera para dar un poco de gusto al cuerpo.

Después de pasar todo esto, me has dicho que nos habíamos perdido. Y me he enfadado del todo.

Al percatarte de la situación has intentado entretenerme. Se oían ruidos de animales. Si mugían, decías: vaca, si trinaban, decías: pájaros, si aullaban decías: hay que correr. Me has cogido de la mano y has acelerado el paso. Como no se veía nada, nos hemos vuelto a caer al tropezar con una piedra. Esta vez los dos juntos, justo encima de… una mierda de algún herbívoro con cuernos. Y entonces he comenzado a reír como una loca, no podía parar. Mientras el olor apestoso nos envolvía cada vez más, más me reía. Ha sido liberador. Y te he contagiado. Y tú tampoco podías parar. Nos hemos reído tanto que nos dolía el estomago. Me he relajado hasta tal punto, que te he plantado un beso en los labios.

Cuando hemos llegado a Casa Colomba cogidos de la mano, nuestros hermanos y cuñados nos han mirado sin saber qué decir. Nuestro aspecto no se corresponde con las caras de felicidad que mostramos.

—¿Qué ha pasado? —ha preguntado alguno. Hacen aspavientos con las manos intentando airear para que se vaya el olor. Pero es imposible.

—No hay nada como un buen y tranquilo paseo por la naturaleza. Os lo recomiendo. —Y acto seguido hemos subido a nuestra habitación.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR
A %d blogueros les gusta esto: