María cargaba la pesada mochila con provisiones. Alberto llevaba la tienda de campaña y los sacos de dormir y no cesaba de consultar un mapa a la luz de una linterna.

– Admite que te has perdido – dijo María a un obstinado Alberto.

– Debemos estar cerca – dijo él sin mirarla a la cara.

En tres años de relación María había acumulado más frustraciones que en el resto de su vida. Y esa noche debía sumar una más. Le había pedido una escapada romántica para su aniversario y la llevaba de acampada. ¿Esa era su idea de romanticismo? ¡Pues para ella no! En cuanto acabasen aquella pesadilla, mandaría al cuerno aquella relación.

Lo cierto era que cuando habían dejado el coche junto a una casa rural llamada “Casa Colomba”, que se veía de lo más acogedora, pensó que pasarían allí el fin de semana, pero en cuanto la hizo adentrarse por el campo la desilusionó de una manera brutal y dolorosa. “¿Qué le habré visto a este papanatas?”, se preguntó con pesadumbre.

Llevaban más de una hora dando vueltas, sin admitir que estaban perdidos. Ya no le importaba que tuvieran que dormir en el campo, sólo quería parar, montar la tienda y descansar. ¿Por qué seguir buscando el lugar perfecto que no encontrarían?

– Debemos estar cerca – repitió una vez más Alberto, para desesperación de María.

María se sentía tan cansada… ¿Para qué repetirle a aquel desastre con patas que estaba más perdido que una aguja en un pajar? Para su sorpresa aparecieron junto a la casa rural donde habían aparcado su coche y percibió que había otros coches junto al suyo.

– ¡No puede ser! – exclamó Alberto -. Hemos vuelto al punto de partida.

– Es muy tarde. – dijo María -. ¿Por qué no olvidamos la acampada y volvemos a casa?

– ¡No! Vamos a preguntar en esta “Casa Colomba” a ver si alguien nos puede ayudar.

Muy a su pesar, María lo siguió. No se veía ninguna luz encendida. Alberto llamó con energía a la puerta, que se abrió de par en par. Todo era oscuridad dentro. María sintió miedo. No hubo respuesta. Mientras Alberto buscaba el interruptor, María imaginó que encontrarían una escena de cuerpos mutilados esparcidos por el suelo. Cerró los ojos y los apretó con fuerza en cuanto escuchó que Alberto accionaba el interruptor.

– ¡SORPRESA! – escuchó a un coro de personas gritar.

Abrió los ojos extrañada y vio a sus mejores amigos allí reunidos y a un Alberto sonriendo feliz con un ramo de rosas en la mano.

– No creerías que en verdad iba a llevarte de acampada, ¿verdad? Sólo tenía que entretenerte para prepararte esta fiesta sorpresa.

– ¿Qué significa esto? ¿Y a qué se debe esta fiesta? – preguntó extrañada, pero feliz.

– A que espero que digas que sí – Alberto se arrodilló y sacó de su bolsillo una caja con un anillo -. ¿Quieres casarte conmigo?

Aunque era un desastre, la respuesta que iba a darle era más que obvia, le dijo ¡SÍ!

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