En una tarde despejada de 1814, Ramiro Pacheco sale de casa con el uniforme azul de los húsares. Inhala el aire fresco del campo, se echa un macuto a la espalda y toca el puño de su sable amarrado al cinto. Cuando baja las escaleras de entrada, escucha el ladrido de Nahuel, su quiltro de pelaje amarillo. El perro lo sigue por unos metros y luego se devuelve al hogar. Pacheco traspasa unos cultivos de papas y enfila a Santa Rosa de los Andes por una senda polvorienta.
Después de caminar unos veinte kilómetros, Ramiro llega a Santa Rosa en la noche. En una calle bordeada por residencias de adobe, se percata de que hay una gran cantidad de paisanos, carrozas y mulas ensilladas. Sin querer, escucha al pasar algunas conversaciones sobre el arribo de José Miguel Carrera a la villa y el revés de las fuerzas patriotas en Rancagua, producido días atrás.
En la misma calle, Pacheco entra a “Casa Colomba”, un hospedaje de paredes rojas. En una sala amplia, se encuentra con un centenar de húsares acostados en el suelo de madera. Ramiro los saluda, saca una frazada de su macuto y se echa con la ropa puesta. A la mañana siguiente, Pacheco se levanta con prontitud y abandona el alojamiento junto con los soldados. Afuera aguarda el general Carrera, montado sobre un caballo gris.
Con voz vehemente, José Miguel Carrera exhorta a ir hacia Mendoza. A diferencia de sus compañeros, Ramiro no tiene caballo, así que debe seguir al contingente a pie. Muchos hombres, mujeres, niños y ancianos están fuera de sus viviendas; montados sobre acémilas, se suman a las huestes. La muchedumbre se larga de Santa Rosa y marcha por una vía empinada, rumbo a la cordillera de los Andes.
En la ruta, Pacheco se retrasa al observar las planicies nevadas, las matas de hierba, los desfiladeros y las sierras. En seguida, observa a la distancia que el general Carrera —líder de la avanzada— se detiene para dar paso a los civiles. De pronto, decenas de españoles aparecen en la ladera de un cerro escarpado. El enfrentamiento entre húsares y realistas no tarda en ocurrir.
Mientras los contendientes blanden sus espadas, Ramiro es sorprendido por un español a caballo. Su única opción de escape es un sendero escabroso y corre hacia él, pero pronto descubre que el paso está cortado por una grieta amplia, con el río Aconcagua en el fondo. Pacheco deja el sable y el macuto en la superficie agreste. Al ver que el realista se aproxima con rapidez, decide saltar el abismo.
Ramiro alcanza la otra orilla del sendero y atisba hacia atrás. El español decide bajarse de su corcel y salta la fisura, pero no logra sortear el obstáculo y cae al río. Más adelante, José Miguel Carrera lo mira con fijeza desde el lomo de su caballo. “Buen salto, soldado”, dice el general. Ramiro se sacude la tierra de su uniforme, mientras una sonrisa brota de su rostro.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

CERRAR
A %d blogueros les gusta esto: