El profesor de risoterapia llegó tarde al congreso sin haberse preparado la ponencia y sin tener ni idea de lo que iba a decir. Había perdido la cadencia exquisita que proyectaba en sus palabras cuando hablaba de cómo los dioses reían ya desde la antigua religión ugarítica. No había recuperado el ademán enfático que imprimía convicción a cada una de sus frases. Carecía ahora del gesto carismático de su rostro afable y no poseía la profunda bondad sincera que emanaba de sus ojos cuando, como al azar, se fijaba en las jóvenes y bellas alumnas embobadas o en las abuelas que se lo comerían a besos como a un nieto predilecto.

Estaba cansado de las mismas recetas consabidas sobre lo fácil que era ser feliz en este mundo hecho a la medida de los ganadores, de los que luchaban, de los que se obstinaban en perseguir sus sueños. Ahora se enfrentaba con su propio vacío y no sabía cómo solucionar lo del rictus severo y agrio que se había instalado desde hacía meses en su rostro otrora risueño. Se repetía sus prefabricados mantras antes de enfrentarse al auditorio deseoso de escuchar una vez más las ocurrentes ideas de David Garrick sobre la risa y sus benéficos efectos cuasi milagrosos en la vida de los hombres. “Respira hondo, respira hondo y sonríe” se decía a sí mismo buscando la confianza que se le escapaba. “Sal ahí y diviértete y da esperanza a esa gente…” Pero sus dotes de gurú simpático se habían desleído como una sonrisa leve y fugaz, de compromiso ante un chiste malo que no hace gracia. Lo peor es que ya nada le hacía gracia. Había empezado a amargarse por todo y con todos. Sus últimos libros, aunque se habían vendido bien, destilaban un incipiente pesimismo de excombatiente que estaba de vuelta de todo, impregnado de una lucidez sombría que arañaba sutilmente el final de cada capítulo pretendidamente optimista.

De pie frente al atril delante de toda aquella gente tosió por quinta vez consecutiva, volvió a beber agua y empezó a sudar con profusión. Aflojó el nudo de su corbata por ver si las palabras elocuentes fluían hasta su boca reseca. Pretendía henchir sus pulmones de aire, pero una ansiedad indefinida e ilocalizable provocaba cortes en su respiración maltrecha. El nudo en el estómago, las ganas de llorar y de salir corriendo. La gente se inquieta. El silencio incómodo dura ya minutos. Pronto se acercarán los de la organización primero a ofrecerle ayuda y luego a pedirle explicaciones. La decepción en las caras de sus incondicionales. El vértigo. “Me ahogo”. Escalofríos. Fundido en negro.

Varios capítulos más tarde, escribe el epílogo de su último libro envuelto en la paz como de arcadia de Casa Colomba. Si cierra los ojos, fuerte, siente trotar por el páramo caballos salvajes. No más autoayuda. Ya no engaña a nadie. Ya no vende quimeras ni atajos de soluciones fáciles. Todavía no acaba de creerse que él mismo sufriera el síndrome del payaso triste. Todavía no ha descubierto qué resorte pulsó, quién sabe qué tecla para salir triunfal de aquel simposio de la risa difícil. Una idea tan brillante como simple.

Eso sí, fue raro oírle hablar sin parar durante hora y media con la voz gangosa por culpa de la nariz pinzada. Parecía un muñeco sin ventrílocuo. Era mágico oír al público reírse honestamente.

Desde aquella conferencia nunca más se ha vuelto a quitar la nariz roja David Garrick.

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