Ya nada es igual que antes en Casa Colomba. La reforma entraba dentro de unos planes de remodelación urbanística de la zona. Afamados arquitectos, algunos políticos, directores de entidades bancarias y decenas de tipos trajeados prometieron a papá que respetarían la fachada principal, donde descansaba el escudo familiar de los Colomba, que quedaría muy satisfecho del resultado y lo más importante de todo: a coste cero. Papá y mamá sopesaron los pros y contras del proyecto y decidieron firmar su consentimiento. Todos estábamos dichosos porque nuestros sueños iban a hacerse realidad. En menos de una semana llegaron las cuadrillas de obreros, el arquitecto, los aparejadores, los andamios, las grúas, los camiones… Aquello era la fiesta del ir y venir.

Nos hicieron una vivienda a la medida, con una amplia cocina para mamá orientada al norte como ella quiso, un estudio para papá en el ala oeste, una villa para Rony, el perro, alicatada hasta el techo de azulejos de primeras calidades, habitaciones dobles comunicadas para los abuelos, dormitorios individuales para mí y mis hermanos, un cuarto de juguetes, amplios vestidores, solárium en la parte trasera con lago artificial y hasta un chalecito con piscina cubierta para los invitados. Ensancharon el pasillo, habilitando dos carriles y construyeron dos amplios baños con siete urinarios cada uno… Qué felices somos todos en Nueva Casa Colomba. Todos menos mamá, la pobre está histérica y no acaba de acostumbrarse al tranvía de las nueve que, cada vez que pasa, tira los jarrones del pasillo.

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