Que yo recuerde, he pasado todos los veranos en este remoto pueblo. Una cuerda invisible me ata a él. Cuando estoy en mi ciudad, en clase, a veces pienso en este sitio detenido en el tiempo y se me antoja deshabitado. Un puñado de lugareños se funden en mi mente infantil: ancianas de luto, ganaderos encorvados. Y La Casa.

El verano es lo que da sentido a mi corta existencia. No tengo horarios, no rindo cuentas; este rincón rodeado por montañas bajas es mi universo. Despreocupada, recorro caminos, dejo atrás las calles y me invento lugares. Me pierdo en un silencio vegetal poblado por el zumbido de los insectos. Mis piernas flacas rozan indolentes juncos y zarzas; las jaras me pringan la piel.

La vida es un instante perpetuo, y yo lo ocupo en saltar entre pizarras negras, bañarme en el río, visitar La Casa. Es lo que más me gusta. La Casa Colomba, dice mi abuela, con voz como de misterio. No le agrada que merodee por allí. Sé que a la gente le da miedo: a mí me fascina.

Porque un día La Casa será mía. Uniré sus grietas descosidas, recompondré su maltrecho tejado y, por las ventanas, en vez de ortigas y cardos, asomarán cortinas pálidas mecidas por la brisa.

La Casa está a las afueras. Desde que la conozco está abandonada y su estado empeora cada año. Nadie viene por aquí, ni siquiera los gamberros en busca de destrucción. La Casa parece estar rodeada por una campana transparente que solo yo puedo atravesar. Cuando el calor me pica, busco su sombra. La del viejo peral, combado por el peso de sus frutos sin recoger. Otras veces avanzo hasta el destartalado porche que da al arroyo. Cierro los ojos y solo existe el rumor del agua, el frescor de lo inhabitado y el olor a madera húmeda. ¡Qué importa si me mancho los pantalones, si el flequillo se me enreda como un nido, si voy llena de arañazos!

No puedo resistir la atracción de La Casa. Algo desde su interior me llama, como un cántico inaudible. Despierta en mí sensaciones poderosas, alimenta mi fantasía. Su quietud mortal emana serenidad. Me apena su estado ruinoso e imagino tristezas pasadas. ¿Qué desgracias asolaron a sus habitantes? ¿Qué fue de su felicidad? Porque en Casa Colomba reinó la felicidad. Lo sé por la dulce melancolía que flota en torno al edificio. Desprende una placidez evaporada, desvaída como el color indefinido de sus paredes. Aquí hubo risas, trinos de pájaro y música de baile. Reminiscencias de una alegría malograda. Sonidos aplastados por la decadencia, que yo voy a recuperar…

Cuando sea mayor compraré La Casa y le devolveré todo su esplendor. Pintaré un letrero donde vuelva a leerse “Casa Colomba”, viviré en ella y la llenaré de color y vida. Vendré con un perro, con plantas verdosas, con amigos, flores y luces. La Casa acogerá de nuevo desayunos soleados, siestas perezosas y suaves noches estrelladas. Seremos felices, La Casa y yo.

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