¡Qué no, que no fue allí! No te empeñes, no insistas. Ya sé que estás estresado, que suspiras por iniciar las vacaciones. Que necesitas descansar, olvidarte del trabajo, y que planee yo un destino. ¡Por Dios, Miguel! Has cambiado, pero no me importa. Todo el mundo cambia.  A veces incluso a mejor. ¿Sabes?, hoy me he acordado de la noche en que nos comprometimos. Sí, en la fiesta de tu jefe –menuda idea la tuya- con media empresa presente para celebrar yo qué sé. Noche de escotes y trajes, de perfumes de media jornada y labios enrojecidos. De canapés y sushi, de sonrisas forzadas y muecas distraídas. Y bebidas, mucha bebida, para ahogar la sed del personal a las órdenes del anfitrión de la velada.

Tú, Miguel, mi amigo antes de novio, buscaste un rincón apartado, mientras la gente brincaba con la música de Earth, wind and fire, me llevaste de la mano y, sin más, con tono solemne –admito que me impresionaste- me ofreciste el anillo de plata que iniciaba nuestra relación. Tan romántico, tan convincente, que di el sí sin condiciones, sin leer la letra pequeña del contrato. Después, el fuego del alcohol hizo el resto. Y lo celebramos a la luz de la luna, bajo un ejército de estrellas que me parecieron soldados del amor. Sí, ya sé que parece cursi, pero así somos muchas mujeres.

Cuando evoco el pasado, me invade la nostalgia, incluso se me eriza la piel reviviendo determinados fragmentos. Juntos ensayamos experiencias siderales, buscando un sentido mágico a nuestra relación, o dando contenido al vacío, un vacío que nunca ha llegado por fortuna. Han sido momentos cargados de magnetismo, momentos de lirismo, amor en estado natural. Sin márgenes ni aristas. Entrega mutua. Ahora que atravesamos otra dimensión, el corazón me pide desvelar nuestros sueños, exponer los cuadros surgidos del pasado en la galería abierta en mi cerebro.

Al caer el día, cuando el sopor te vence, me quedo a tu lado inmóvil, y aguardo a que despiertes con la ilusión del que recibe al viajero extraviado durante semanas. A veces me siento agradecida y conforme. Otras veces, sin embargo, surgen algunos fantasmas y aparece la confusión. Pero enseguida se difumina. Atrapada en tu red, me considero privilegiada. No es ninguna mentira.

Nuestra esperanza ha resurgido entre las paredes de aquella habitación, aquellas paredes donde germinaste un nuevo ser. Sí, Miguel, fue en Casa Colomba, entre unos muros de piedra y robustas maderas, como ensalza el autor. Días de placer imposibles de borrar… Y un hijo en camino.

 

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