Valentino Carro cada mañana se encargaba del molino viejo conocido como Casa Colomba. Revisaba que las palas estuvieran en buen estado, engrasaba el eje y lo preparaba para su actividad. Lo que no hacía era escuchar el agua a través de las palas o admirar el movimiento circular que pareciera destinado a existir siempre, como cuando niño. Eso ya no pasaba desde hacía años por el descenso del caudal. Aun, así y todo, engrasaba el eje, revisaba las palas y preparaba el molino para su actividad. Al acabar regresaba a la casa donde había vivido desde que dejó el molino. Eso hacía y lo que no hacía Valentino Carro era hablar con su hermano.
El antiguo molino de Santa Colomba les pertenecía a ambos. Siempre había sido como un espacio entre trincheras. Esas explanadas que se sitúan entre dos bandos contrarios, sosteniendo el bombardeo. A veces, entre el polvo y el ruido de los disparos, parece que asomara algún brote verde que nadie en aquella guerra daba ninguna importancia. El brote verde que recuerda que todo aquello no fue diseñado para una batalla. Que el espacio, la explanada, el molino, se encargaba de otra cosa. Algo más relacionado con la vida que con la muerte. A Valentino Carro le pasó con el molino lo mismo, era un campo de batalla entre su hermano y él. Un lugar entre guerras, que resistía al paso del tiempo entre las grietas.
Valentino y su hermano mantenían una larga lucha de silencios que había durado años. Ni siquiera recordaban el motivo que había desencadenado aquella negra hostilidad. Y si, el lugar se había llenado de polvo y de disparos silenciosos. Se habían caído algunas piedras y el tejado de la parte destinada a vivienda había dejado penetrar la lluvia durante el invierno.
“Una casa cerrada envejece más rápido Valentino.” Le había dicho una vez Concha, la panadera que ahora traía el pan de Astorga.
“Yo también envejezco y aquí estoy. El molino aguanta.”
Había pasado algún joven preguntando si el molino se vendía. La respuesta le había resultado siempre complicada, se limitaba a mostrarse rudo y farfullar un no acompañado de una mirada rancia. No se vende, decía y punto. Así arrancaba Valentino los brotes verdes que le venían a decir que el propósito del molino de Santa Colomba era algo más relacionado con la vida que con la muerte. Y maldecía a su hermano por haberse marchado y haberle dejado allí solo.
Era verano, bajaba más el caudal del rio y las piedras y el tejado agradecían la tregua del invierno, aunque aquella noche les había visitado una buena tormenta. Por la mañana Valentino disfrutó de la frescura que había dejado el vendaval antes de llegar al molino a revisar las palas y prepararlo para su actividad. Al llegar al molino no se encontró con lo habitual. El soporte que mantenía el mecanismo se había partido con la tormenta y la rueda había salido de su eje acabando en el agua, golpeada por las piedras, malherida.
Valentino se acercó desesperado, trató de mover el eje, de levantar la rueda, de recoger algunos trozos de pala que habían saltado a la orilla y derramó una lágrima seca ante la derrota. El molino no volvería a ser el mismo de ayer. Se preguntó si su hermano le culparía por lo ocurrido y se dio cuenta de que no sabía ni quien era su hermano. Volvió a casa sin engrasar ni revisar nada y con el alma partida por el resultado de aquella batalla. Se encontró a Concha que le saludo como de costumbre y quedó extrañada ante su inusual indiferencia. Al llegar descolgó el teléfono y rompió el silencio que no había dejado crecer los brotes verdes.

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