No ha parado de llover en toda la semana. Se ha atascado la reja de la tienda y me duelen los huesos. Aún queda ordenar los botones, colocar las puntillas en el estante, preparar el pedido. Se ha terminado el hilo blanco. En este pueblo, las mujeres zurcimos y los hombres dormitan en el bar. No debería quejarme, el negocio va bien. Uno del derecho, dos del revés.

Madre me puso al frente de la mercería cuando era jovencita y puedo ganarme la vida sin depender de nadie. “Así se te pasará la tontuna esa que tienes de ser pintora un día y aprender piano al siguiente”, me decía sin mirarme a los ojos. Y yo me sentaba en una sillita baja y aprendía punto de cadeneta a la sombra de sus muslos gruesos. “Nosotras nunca hemos necesitado padre ni marido, ni perrito que nos ladre”, añadía retorciendo la punta del hilo ensalivado para hacerlo pasar por el ojo de la aguja.

Pero llegó el día en que volaron los hilvanes por la ventana, cuando vi a Arturo bebiendo un tercio con la espalda apoyada al frescor del muro de piedra de Casa Colomba. Empezamos a hablar en el baile de Carnavales, para la romería de San Tirso me pidió que nos escapáramos juntos al mar y, mientras la banda municipal tocaba el último pasodoble en la Fiesta de la Vendimia, le vi subirse al autobús de línea con una pesada maleta. Dolió como mil alfilerazos, pero no fui capaz de romper las costuras. Esa semana empecé a tejer la toquilla para la Virgen a punto de Santa Clara, mientras esperaba una carta y un regreso. En vano. Me contaron que aquel fantasma que crecía en mis sueños estuvo dando tumbos en la capital, y que luego se embarcó para América. Volvió hace cinco años, en vísperas de la Patrona, con una mano delante y otra detrás. Flaco, encorvado, y del brazo de una tórtola enfermiza. Yo no he vuelto a cruzar palabra con él. Remate de hilera y cambio de agujas, como decía Madre.

Hace rato que se fue la última clienta y arrastro los pies hasta la trastienda. Saco la labor del cestillo y me doy permiso para acariciar el tejido, un tejido que sólo han tocado mis manos, tan vírgenes como la que lo va a vestir. Acerco mi obra a la mejilla y algo me hace cosquillas. Es un punto suelto. No puede ser. Repaso por encima y por debajo de las gafas de aumento. Un único punto que deshilacha la perfección. Las manos me tiemblan, el ovillo cae de mi regazo y esconde la vergüenza bajo la mecedora. Lloro lágrimas saladas que mojan la lana dulce. El espectro de Madre, mientras tanto, desparrama alfileres y dedales por el terrazo a modo de reproche.

Apoyo la frente en el cristal frío de la ventana para que me baje el sofoco. Arranco de un tirón los visillos y desvelo de una vez la verdad velada. Arturo ha salido a barrer las hojas mojadas que se agolpan bajo las mesas del bar. La luz amarillenta de las farolas de la plaza, que ya empieza a espejear en las baldosas, me devuelve la imagen del hombre guapo que fue. Parpadeo, veo su cuello joven, nervudo, a través de la camisa entreabierta y, cuando me contemplo a mí misma en el reflejo del cristal, me sorprenden unos labios brillantes, unas mejillas acaloradas.

Y me doy cuenta de que se puede. Como el pequeño clic que hacen dos automáticos al juntarlos con las yemas de los dedos. Sí se puede recuperar un punto escapado. Se puede incluso deshacer la labor. Tirar del hilo sin pensar mientras corren gozosos los puntos, uno tras otro. Hincar la aguja de nuevo, esta vez sin miedo y a fondo, para que no se vuelva a marchar. Abro la ventana y pienso que podría cruzar hasta el bar, ahora que parece que ha escampado, a pedir a Arturo que me ayude a bajar el cierre oxidado. Y que luego me invite a una copita de anís para desatar las lenguas y poder mirarnos bien a los ojos.

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