EL MISTERIO DEL PETROGLIFO

Relato 26

 

Las primeras décadas del siglo XX. En las comarcas de la Maragatería y del Bierzo la mayoría de las familias conseguían el sustento cultivando la tierra y criando animales. No había maquinaria y casi todos los trabajos se hacían manualmente empleando mucho esfuerzo, mucha gente, gran cantidad de horas y de días. Soportaban el sol, la lluvia, el frío…. Los músculos y las manos se endurecían, y la piel adquiría un color marrón oscuro en verano.

Aquel día del mes de octubre, nacía el sol a sus espaldas cuando salían de Quintanilla de Somoza una cuadrilla de mujeres. Atrás quedaban las calles empedradas, maridos, novios y familiares. Subieron hasta Foncebadón y después de una larga y ligera bajada llegaron al borde de una ladera bastante pronunciada. Contemplaron durante unos segundos la enorme “olla” que es la comarca Berciana y continuaron caminando. Cuando llegaron al pueblo a través de las pequeñas ventanas veían el brillo de los faroles y las lámparas de petróleo. Un plato de caldo con un trozo de pan y al pajar a dormir. Al día siguiente apañaban castañas. El clima era suave pero después de tanto rato agachadas dolían los riñones y cada poco se clavaba un pincho en sus dedos. Los jóvenes lugareños trepaban a los rollizos y antiguos árboles portando largas varas con las que sacudían las ramas para derribar los erizos. Los últimos días fueron peores porque llovía y hacía frio.

En julio del año siguiente un grupo de hombres y mujeres hacía el recorrido al revés. Subían fatigosamente la empinada ladera viendo como se alejaba su pequeño pueblo a la vez que veían mayor parte del Bierzo. Después de caminar todo el día llegaron a Las Somozas. Recuperaron fuerzas esa noche para trabajar duramente bajo un sol abrasador: segando las mieses con la hoz, atando los manojos y cargándolos en el carro tirado por vacas. La moza le acercó el botijo, el joven bebió largos tragos refrescando su seca garganta. Un instante se cruzaron sus miradas sudorosas. Todavía les quedaban fuerzas para bailar el domingo por la tarde. Las cosechas, el agua, la música y la ceremonia religiosa unieron las vidas de una maragata y un berciano.

En el Bierzo construyeron su hogar. Él arrancaba el negro carbón en las entrañas de la tierra. Ella hacía las tareas de la casa y además cultivaba la huerta. Con mucho sacrificio consiguieron criar los hijos. Envejecían juntos poco a poco. Ella se quejaba de sus huesos y  él con los pulmones enfermos de la mina cada vez se fatigaba más. Los nietos fueron un entretenimiento los últimos años ya no tan trabajosos. Un día dejó de respirar vistiéndola de luto y de soledad.

Un nieto que recorría la comarca de su abuela contemplaba el petroglifo de Peña Fadiel. Qué misteriosa piedra, les llaman laberintos. Después de pensar largo rato sugirió la solución, parece un árbol que cae en un pozo del río y que va creando ondas en el agua. Tenía que ser descendiente de las Somozas quien descifrara el enigma que tallaron en la roca antiguos moradores de esta zona.

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