Hubo un tiempo en el que el dinero y la comida escaseaban y algunas familias tenían serios problemas para subsistir. Fue así como el pequeño Juan dejo su sueño de escritor para otra ocasión y emprendió un oficio para el que parecía haber nacido. -Ya tendré tiempo de escribir, tengo mucha vida por delante- se dijo.
Viendo las manos tan maravillosas que tenía pronto su prestigio corrió por la somoza y todo el que podía pagar sus servicios disfrutaba y presumía de un fructífero huerto o un hermoso jardín. En pocos años consiguió ahorrar una pequeña cantidad de dinero que le sirvió para casarse. No pudieron permitirse una luna de miel, pero como jardinero de Casa Colomba pudo disfrutar de unos días a un buen precio. -Un día tu y yo viajaremos por medio mundo, el otro medio solo es agua- le decía a su mujer en cada aniversario.
Por las mañanas, antes de que el gallo del señor Miguel cantara, Juan el jardinero tomaba el camino que subía de Tabladillo. Comenzaba muy temprano su jornada y terminaba muy tarde, el dinero se iba tan deprisa como la mala hierba crecía alrededor y en casa los gastos crecían tanto como su fama y sus plantas. Un día, mientras conversaba con las rosas y acariciaba los frutales de Casa Colomba, su mujer dio a luz una niña preciosa. -Pronto cuidaré de ella y le contaré historias de princesas- pensaba. Un par de años después limpiando el reguero de las pulgas fueron a avisarle que el niño había nacido sano. -Le enseñaré las constelaciones y los secretos de la tierra-.
Transcurrían los meses y al regresar a casa los niños siempre estaban acostados y su mujer esperando algo que nunca llegaba. -Pronto dejaré de trabajar y podremos irnos de viaje. A ver el mar, si quieres- prometía.
De aquel entonces su fama era tanta que en la capital maragata también requerían de su esmerada jardinería. Juan trabajaba y trabajaba para dar lo mejor a su familia. No les falto ni comida ni estudios. Años pasaron y allí por donde Juan pisaba la hierba crecía más verde y las flores más hermosas.
El año pasado las rodillas empezaron a fallarle; las manos, con síntomas de artrosis, le dolían al coger las herramientas y la cabeza confundía sus recuerdos. La jubilación fue forzosa. Abatido y agotado, pero contento, regresó a casa. -Ya es hora de realizar mis sueños. Es hora de viajar y disfrutar de mi familia-. En un atisbo de lucidez se sentó en el sofá con el álbum de fotos donde nunca aparecía él, llorando recordó el día en que enterraron a su esposa y comprendió que el único cáncer que lentamente la había matado fueron la soledad, sus ausencias y las promesas incumplidas sobre viajes y felicidad. Las fotos le traían a la memoria como sus hijos habían crecido y formado su propia familia, apenas les vio crecer ni marchar.
-Maldito trabajo, os juro que solo quise darles lo mejor, todo lo que yo no tuve. -Sólo te necesitamos a ti-, decía mi mujer. Yo solo trabajaba para ganar un dinero que nunca gasté para una familia de la que nunca disfruté. De tanto proteger el vergel de los vecinos olvidé cuidar mis propias flores y regar mis sueños. Tanta vida invertida en cultivar semillas ajenas ni siquiera vi florecer a mis hijos. En tantos años de trabajo y tan poca vida con mi esposa no vi como mis ilusiones se esfumaban, incluso ahora que lo único que me queda es la escritura mi cabeza ya no recuerda los relatos que tantas veces conté a la floresta y mi cuerpo ya no tiene fuerzas más que para contaros esta pequeña historia antes de que en vuestra vida sea demasiado tarde, en la mía ya lo es. Por mucho que trabajéis jamás se os pagará el tiempo que no disfrutáis de vuestra familia, unos solo os darán unos billetes a cambio y ellos no agradecerán el esfuerzo y sacrificio de estar fuera de casa y echarlos de menos. No lo olvidéis, como hice yo, regar vuestros sueños antes que vuestro bolsillo, sólo así tendréis todo en la vida.

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