EL HOMBRE DE LA LUNA
(Fuera de concurso)
Lo peor no había sido el castigo divino, ni haber quedado expuesto a la vista de todos como el ratero codicioso que había sido. Lo verdaderamente malo era que estaba condenado a ver a sus descendientes cargando con las faltas y los estigmas que sus actos habían desencadenado. Y es que así eran las cosas en la Somoza, los pecados se heredaban con más facilidad que la hacienda y que la virtud.
Siempre había sido muy cuidadoso con sus hurtos pero llegó el día (porque como bien le había dicho su padre cuando de niño presintió sus malas decisiones “tanto va el cántaro a la fuente que al final el cántaro se rompe”) y sucedió que, de un modo fortuito, le desenmascararon como el ladrón de leña que provocaba que esta desapareciera prematuramente antes de que el invierno llegara a su fin. Años llevaban los vecinos buscando una explicación a la merma de los montones que cada casa apilaba. Nadie había sido sospechoso pues juntos trabajaban por un bien común hasta la noche en que un rayo prendió en el tejado de la iglesia y Orencio corrió a casa de Catarino a buscar ayuda y no lo encontró. Lo buscó por las cuadras y tampoco dio con él. Entonces pensó que tal vez estuviera en el caserón que su difunto padre le había dejado, y allí se dirigió. Tras unos fuertes empujones y llamándolo, consiguió abrir la puerta que estaba inesperadamente atascada con montones y montones de leña por todas partes, tantos que una vez dentro, uno no alcanzaba a ver nada más. Pasmado cerró de nuevo. Se dirigió a casa con las prisas que le azuzaban y la mente muda de impresión. Al entrar, la sacudida de una sombra trató de desvanecerse entre los rincones de la casa. Orencio pudo ver a Catarino ocultarse con un haz de leña al hombro aprovechando que todos habían salido a apagar el fuego.
—¡Maldito seas tú y los tuyos, tantos años de burla te los cobre el cielo en vergüenzas, pues la necesidad no te apremia y es la avaricia la que te envenena el conocimiento! — Gritó Orencio ofendido.
Catarino salió corriendo con su haz de leña al hombro mientras un nuevo rayo caía abriendo en dos el cielo y adentrándose en la tierra con inusual bravura. Al rato, extinto ya el fuego, todos los vecinos conocían por boca de Orencio las malas artes de Catarino y su mujer e hijos lloraban en un rincón por la deshonra engendrada.
Nadie volvió a ver a Catarino y aunque durante los siguientes días lo buscaron no hallaron modo de dar con él.
La noche con más luna, cuando redonda como una manzana alumbraba con cierta claridad los caminos, decidieron también salir en su busca. Mujeres, hombres y niños gritaban su nombre y esperaban detrás, en silencio, una respuesta.
—¡Allí, allí! — Gritó de pronto Bartolo, el nieto chico de Catarino, mientras señalaba a lo alto con el dedo.
—¿Allí, dónde? ¡No hay nada! — Le espetaron los vecinos.
—¡Allí! ¿No lo veis? Hay un hombre en la luna. Todos miraron al cielo y pudieron ver la figura de aquel hombre con haz de leña a la espalda sobre la clara luz de la luna.
Aún hoy en las noches de luna llena de La Somoza lo podemos ver.

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