Un caminante rezagado se detuvo frente al corro de mujeres y sillas. Les dio las buenas tardes secándose el sudor. Era alto y flaco como la mayoría de los extranjeros que pasaban por allí. Les bastó lo poco que chapurreaba para entender que buscaba la Casa Colomba. Aunque no tenía pérdida, cada una se lo indicó a su manera. Agradeció las explicaciones antes de reanudar el camino encogido bajo su desproporcionada mochila.
—¿Os acordáis del rapaciño de la Mariuca?… —soltó Melia de los del Ponte— ¿Cómo se llamaba? Tenía un nombre tan extraño…
Unas se miraron a otras ojiabiertas intentando recordar.
—Contaban que se lo arrebató el padre para llevárselo muy lejos… —apuntó la tía Ergástula en voz baja.
—Contaban lo que pasó —sentenció su hermana Pilar—. Tanto como está Alemania de aquí. Era muy chico, ¡y rubio!
—Yo casi ni me acuerdo de aquella mujer —prosiguió Melia—. Al parecer, a la Mariuca la engañó uno de los alemanes de las minas de Cadafresnos. Le dijo que la quería y que pensaba casarse con ella…
La tía Pilar asintió con la cabeza antes de añadir:
—Fue justo después de la guerra. ¡Era tan guapa! La Mariuca y los suyos no fueron los únicos en marchar al poblado de la Peña del Seo. Los carreteros cargaban trenes enteros. Volvió como endiablada al cabo de dos años cuando supo de las intenciones de aquel teutón… Le ordenaban regresar a su país y pensaba llevarse al niño con él. Después de aquello, enfermó la mente y se la acabaron llevando a un centro de locos que había en León.
—¿Qué alemanes, abuela, los nazis? —se interesó la benjamina del corro.
—Esos, Esla, esos.
De repente, dos de las presentes levantaron de un saltito las faldas de su asiento al recordar al unísono:
—¡Wolfram! ¡El rapaciño de la Mariuca se llamaba Wolfram!
Melia sonrió agradecida.
—¿No habrás pensado que ese caminante…?
—En ocasiones —se adelantó Pilar—, cuando veo a esos añosos alemanes pasar me viene a la cabeza…
Melia no lo podía haber pensado. En una carta reciente, su primo Vicente —el que marchó a Frankfurt— le explicaba que había vuelto a saber de aquel niñito. Habían emitido un documental que hablaba de los trenes del wolframio. Detallaron como endurecía el armamento, y entre las historias personales apareció la de un comandante que regresaba a casa con su hijito. Aquel tren no llegó a su destino. Una escuadrilla aliada bombardeó el vagón en el que viajaban. Todas exclamaron: “¡Pobre!”. Seguido, desviaron las miradas de Melia y saludaron a coro el paso de una pareja de pelegrinos.

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