Llevaba unos cuantos días buscando un lugar en el que quedarse.  Se había enamorado de aquel paisaje que le sumergía en la magia de otros tiempos, con sus grandes bosques en los que robles y encinas se hermanaban y un aroma a jara, tomillo y cantueso lo invadía todo; aquellos caminos alejados del bullicio en que el turismo lo sumía todo; aquellos pueblos donde el tiempo parecía haberse detenido para devolverle a la vida todo su sentido.

Había llegado hasta aquí buscando un refugio en el que curar las heridas de su alma y hacerse de nuevo con las riendas de su vida. En su lista de espera cumplir con el compromiso editorial que llevaba demorando varios meses y, sobre todo y aún más importante, salvar la relación con la compañera de toda su vida que, en los últimos tiempos, se le estaba escapando de entre las manos. Había llegado hasta estas tierras siguiendo el consejo de un buen amigo que le auguró que aquí encontraría otro ritmo y, con él, su propio latido y el sentido de su vida.

No se había equivocado. Tras varios días de recorrer caminos y lugares sus pasos habían arribado a este pueblo donde la luz acariciaba las piedras de las casas, donde el silencio se enseñoreaba de las calles y un rumor de tiempo antiguo le invitaba a olvidarse de las prisas del presente.

Paseó el lugar a esa hora en que el sol comienza su lenta retirada y torna aún más hermosos los paisajes y los rostros; a esa hora en que despiertan más intensos los aromas de las flores y entonan los mirlos de nuevo sus canciones. Paseó las calles silenciosas hasta que sus pasos se detuvieron frente a aquella casa presidida por un inmenso portón de color añil que al momento atrajo su atención hacia ella. Se dejó caer en el poyo situado a uno de sus lados e instantáneamente sintió como le embargaba una paz profunda. Apoyando su cabeza en la pared aún caliente, cerró los ojos y se dejó llevar. El calor acumulado por la piedra penetró lentamente por cada uno de sus poros con una vivificadora sensación de bienestar. Respiró profundamente antes de abrirlos de nuevo y al hacerlo vio acercarse calle arriba la anciana figura de una mujer como surgida de otros tiempos. Le preguntó dónde se encontraba.

  • Está usted sentado en “Casa Colomba” – contestó la anciana.
  • Casa “Colomba” – musitó para sí mientras su mente se llenaba del significado de ese nombre y del color añil que enmarcaba sus puertas y ventanas.

Y en ese momento supo que, por fin, había llegado a su destino.

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