– ¡Que no, que no! Para nada, nunca me han gustado las despedidas. No voy a entrar en el juego. Si vosotros queréis, pues adelante, pero conmigo no contéis.

– ¡Pues vaya si no contamos con el novio! En realidad, tú eres el que se despide.

Los amigos del hombre, quedaron días después, para buscar alguna solución.

-Ya lo conocéis, como diga que no es que no.

-Eso es cierto, pero tengo una idea. He visto en Internet una casa rural que se llama “Casa Colomba” que nos podía servir para el plan.

– ¡Vamos, dinos que está pasando por tu magín!

– Como soy el padrino, tengo que quedar con él para ultimar unos detalles de la boda, puedo decirle que le invito a cenar en un nuevo restaurante que me han recomendado y vosotros estáis allí esperando. Contratamos un buen espectáculo y nos quedamos en “Casa Colomba” a dormir, es una casa rural con todos los servicios.

-No está mal pensado. Será de la única manera de que podamos celebrar la despedida de soltero de este soseras. Todos asintieron ante la estupenda idea.

– ¡Me lo imaginaba! Eres un… liante. Dijo el novio al ver a toda la pandilla en una gran mesa, aplaudiéndole al entrar en “Casa Colomba”

A medida que la comida iba pasando y sobre todo el buen vino comenzaba a calentar los ánimos, se iniciaron las primeras canciones, después de un rato, hasta el novio se arrancó con una de Miguel Ríos. Luego llegaron los chistes, y alguna que otra burrada de las que siempre se cuentan en esas reuniones.

Cuando el ambiente estaba en ebullición, hacen su rimbombante entrada, ocho estupendas mujeres ligeras de ropa con sus rostros cubiertos por un antifaz, portando una gran tarta de cartón piedra al son de música de baile. Colocan la tarta enfrente del novio, la música en su punto álgido de ritmo y… alejop: Otra hermosa mujer sale de la tarta y se sube a la mesa, para parapetarse delante del novio.

Éste se levantó como un resorte y se dirigió a los lavabos. – ¿Qué sucede?

– ¡Creo que voy a vomitar, algo me ha sentado mal! Tranquilo, puedo arreglármelas solo.

Sentado encima de la tapa del retrete, respiró profundamente, tenía que oxigenar su cerebro. No habría visto bien, no podía ser cierto. A su mente llegaron imágenes de aquel día en la playa.

Ella tumbada tomando el sol, él a su lado.

– ¡No me pellizques la pierna!

-Quiero quitarte la mosca.

Su padre le tomó la mano dulcemente: – ¿Puedo ayudarte?

– ¡Vaya dos! Su madre se levantó y él con apenas cuatro años, escuchó las risas de sus padres ante la ocurrencia de querer quitarle la mosca que tenía en la pierna.

– No es una mosca mi niño, es una mancha de nacimiento, no se puede quitar.

 

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