Llegamos a la puerta de Casa Colomba muy agitados. Llamamos a la puerta varias veces, muchas veces. Golpeamos y golpeamos la hoja de madera hasta que por fin se abrió y apareció tras ella el sonrosado rostro de nuestro hermano. En su cara no había sorpresa, más bien regocijo y cierta satisfacción. Aquello nos decía a las claras que, para nuestra vergüenza, nos había estado esperando todo este tiempo.
—Lo sabía —dijo mi hermano, y se echó a un lado para dejarnos entrar.
Entramos a la carrera y nos sentamos de un salto en el sofá del salón. Sudábamos. A chorros. Nuestra respiración era agitada, como la de un tren recién llegado a la estación. Mi hermano nos sonrió y nos pasó la mano por la cabeza para tranquilizarnos. Después preparó algo de beber en la cocina y nos lo trajo en una bandeja de plata. Mientras bebíamos sin descanso vi que había colgado una foto de mamá sobre la chimenea. Allí estaba ella, tumbada, sonriente, feliz como siempre la recordaba, y todos nosotros estábamos a su lado, ansiosos, revoltosos. Felices. Colomba y sus hijos, rezaba un pequeño cartel bajo la imagen.
—Os lo dije —dijo mi hermano.
No respondimos. Nos limitamos a toser tras apurar la bebida, a respirar. No teníamos fuerzas para discutir lo obvio. Él tenía razón, nosotros nos habíamos equivocado. Ahora, visto desde la distancia, todo parecía lógico. Como bien nos había dicho, no se puede vivir siempre sin compromisos, sin trabajo duro. De pronto oímos un fuerte golpe en la puerta. Después otro, y otro. Pom. Pom, pom. Casi se nos salió el corazón por la boca. Temblábamos como briznas de hierba azotadas por la tormenta. Mi hermano se limitó a sonreír mientras nosotros huíamos al dormitorio, a escondernos debajo de la cama.
—¿Quién es? —preguntó mi hermano.
—Oh, vamos —dijo el lobo con aquella voz que era viento y tormenta—. ¿Es que a estas alturas no lo habías adivinado?

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