Tenía yo seis años cuando sucedió. Vivía en León, en la comarca de Maragatería, en una preciosa casita de cuento de hadas. Era una casa muy pequeña, de tejado marrón y pintada de rosa. Allí vivíamos mi hermano, mi madre y yo. Éramos muy felices. A la derecha teníamos el supermercado y a la izquierda una frutería. Por la parte de atrás de nuestra casa había un jardín en el que se hallaban unos columpios, un tobogán, una mesa y una barbacoa. Mi habitación se encontraba en el piso de arriba y estaba repleta de juguetes. Mi hermano Fran tenía la suya en el ático y yo nunca me atrevía a subir porque las escaleras me daban mucho miedo. Enfrente tenía la casa rural “Casa Colomba”, una hermosa vivienda destinada a los turistas para pasar un buen fin de semana. Iré al grano. Íbamos andando mi hermano y yo por el medio del bosque para recoger unas bayas cuando nos dimos cuenta de que nos estaban siguiendo.

-¿Quién anda ahí? ¡Muéstrate! dijo Fran, mi hermano mayor.

-Fran, tengo mucho miedo, quiero irme a casa. Mamá se va a enfadar porque ya llegamos tarde.- mentí

-No, no nos vamos hasta que nuestro perseguidor se muestre.

Entre las sombras de los árboles pudimos ver a una persona de mediana edad, de pelo oscuro, pecas y ojos saltones. Constitución media, bajito y con cara de pocos amigos. No me gustaba nada la idea de entablar conversación con aquel extraño, así que agarré a mi hermano por el brazo y corrí hasta que mis pequeñas piernas cansadas dijeron basta. Fuimos a parar a unas ruinas. Mi hermano se sentó en una roca y observó todo el lugar desde allí.

-Fran, ¿estamos perdidos?- le pregunté.

-No cariño, ya vendrá mamá a buscarnos. Las madres tienen un sexto sentido que les dice donde están sus hijos.- me respondió él.

-¿Y esto qué son?- le expuse.

-Son ruinas romanas, lo he estudiado en el colegio.

-Fran, la magia de la casualidad nos sacará de aquí, no temas.

-La magia está en uno mismo, así que saldremos de aquí por nuestro propio pie.

-Vosotros dos salid ya de aquí, soy el guardia de seguridad de este recinto y no tenéis permiso para estar aquí.

¡Era el señor que nos habíamos encontrado en el bosque! Estábamos salvados. Nos llevó a casa con mamá y le relatamos la aventura vivida, como estoy haciendo ahora yo con vosotros, nietecitos.

-Abuela, ¿crees que la magia de la casualidad existe?

-Pues claro que no cariño. Como dijo un buen amigo mío, la magia está en uno mismo.

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