¿CUANDO LLEGASTE? (Fuera de Concurso) por Elena Puyó

¿Cuándo LLEGASTE?

(Fuera de concurso)

 

 

 

Un ladrido me hizo volver a la realidad. Reconocí ese olor a tierra, mi tierra, la tierra. Esa tierra con la que comparto vida. Acogedora, húmeda, olorosa. Estaba en casa después de todo…¡Siempre quise volver!

 

Mi primer impulso fue abrir los ojos, pero me di cuenta de que prefería mantenerlos cerrados. Así podría apreciar todos esos sonidos y olores tan familiares.

 

A lo lejos escuché el trino de los pájaros, el crotorar de las cigüeñas, el cantar de las ranas, ¿algún coche….?

 

Y voces…esas voces tan reconocibles. Mi hijo, mi sobrino, mi hermana, mis amigos…¡están todos aquí conmigo!

 

Abrí los ojos y comprendí que me separaban 2 metros de tierra de mi tierra.

LA CABRA BERRONA ( Fuera de Concurso) por Dolores Primo

LA CABRA BERRONA

(Fuera de concurso)

En el siglo pasado, había un entrañable lugar, donde los niños, que tenían unas actividades muy diferentes a las de los niños de ahora, pero eran muy felices.

Acudían a la escuela, en la que no había la tecnología con la que se cuenta hoy en las aulas. Por todo material didáctico contaba con un gran encerado, algún aburrido libro de lectura y unos cuarteados mapas que se iban desplegando colgados en la pared según el tema que se tratara en cada momento. En ella; además del aprendizaje, que en algunas materias como la tabla de multiplicar, los ríos, accidentes geográficos, capitales del mundo………se hacía a ritmo de canción; se realizaban otras sencillas tareas de ornamentación, jardinería, limpieza………..

Después de la jornada escolar y en los períodos de vacaciones, la mayoría de los niños colaboraba en tareas de la actividad de su casa y que era diferente según la estación del año. En primavera se ayudaba en los trabajos de la huerta, regando los semilleros y la plantación de las hortalizas. En verano, se pisaba la hierba en el pajar, se trillaba en la era o se iba a lavar al río. En otoño, se echaba una mano en la recolección de los frutos, en la recogida de la leña que servía de combustible para calentar el hogar en los largos meses de invierno en los que la actividad se reducía. Lo más emocionante de las largas noches de invierno, eran las tertulias y los juegos de mesa en la cocina al amor de la lumbre. En las actividades del invierno, merece mención especial las emociones que se vivían durante los días de la matanza, en los que además de saborear los manjares propios de aquellos días, también se aportaba un granito de arena para que todo aquel engranaje funcionara a la perfección y culminara con la bonita estampa de ver la “cocina vieja” adornada con aquellas sartas de chorizos,

Además de todas esas actividades, había tiempo para jugar, pillar renacuajos, coger ranas, pescar peces o truchas, buscar nidos de los que, los más apreciados. eran los de jilguero.

Pero todos los días del año, al oscurecer, sonaba el campanín de la torre, anunciando que era el momento de dejar cualquier cosa que se estuviera haciendo y acudir a la Iglesia para el rezo del Rosario al que asistían todos los niños del pueblo y muchos mayores.

Al salir del Rosario, era ya noche cerrada y cada niño se encaminaba diligentemente a su casa, no se debía deambular por el pueblo, pues se decía, que un ser extraño habitaba en el Juncal de Turienzo y se llevaba a los niños que se encontraba de noche por la calle, sobre todo si andaban solos. Los niños, en su afán de explorar y comprobar la veracidad de lo que los mayores contaban, acudían en grupo hasta “el pozo de la señora Isabel” y allí acurrucados, en el silencio de la noche aguardaban hasta oír unos extraños balidos que les hacían huir aterrados, corriendo a toda velocidad, para refugiarse en sus casas.

Efectivamente, aquellos balidos que tanto pavor causaban, los emitía la Cabra Berrona, aquella que habían oído contar que moraba en el Juncal de Turienzo y que tantos niños se había llevado ya.

Todavía hoy, durante la noche, si te acurrucas en la oscuridad y cierras los ojos, la oirás balar

LOCOS EN LA SOMOZA por Juan Carlos García Crespo

LOCOS EN LA SOMOZA

Relato 28

Nunca creí la vieja historia sobre un mítico personaje que provocaba tormentas y tempestades que la abuela nos contaba de pequeños para asustarnos.

–              Como se enfade el Reñubeiro bajará en una nube, lanzará rayos y os partirá en dos -decía cuando se enfadaba-, entonces preferiréis mi zapatilla.

Durante años viví tan ajeno a aquella leyenda que la olvidé por completo pero al ver esto comprendo que era cierta. Contaba que la hija de un antiguo antepasado de la familia observó, tras unos relámpagos y truenos surgidos de la nada en una noche estrellada, cómo un objeto bajó del cielo, creando con su aparición una horrible tormenta de verano. Asustada y perdida en las laderas de Tilenus, la niña, se escondió tras unos matorrales. Paralizada de terror y empapada hasta los huesos, pudo ver como un gigantesco ser, mezcla de hombre, duende y demonio, salía de aquel artefacto arrastrando el cuerpo inerte de otro ser igual. Se arrodilló ante él, se despidió y lo enterró. Orientándolas hacia algún lugar del universo cubrió el lugar con unas enormes rocas, que de repente envejecieron miles de años, donde el Reñubeiro hizo unas marcas ininteligibles

que ella creyó se trataba de un rito funerario, pero al ver al ser mirar hacía las estrellas comprendió que estaba señalizando el túmulo en el cosmos.

La historia fue atribuida a las alucinaciones producidas por el chaparrón pero a raíz del episodio cambiaron su apellido por “la Loca”. Contar aquello que había visto era difícil en una época y en una sociedad tan machista como dura y eterna era la vida en aquellas tierras de la Somoza, una comarca donde el paso del tiempo era tan lento y difícil que las leyendas no tenían sentido si no las escuchabas en un filandón. Los hombres recorrían los caminos con sus carros cambiando mercaderías; mientras las mujeres se hacían cargo de la casa y la labranza de las tierras y por las noches, mientras hilaban, contaban cuentos a la luz del hogar.

–              Generación tras generación mi familia ha estado inútilmente buscando esas rocas para eliminar el estigma de locos que desde entonces nos acompaña. Ahora vas tú y apareces con esto, la calavera de un ser extraño del que nadie tiene datos, que lo mismo podría ser del morador de los aires como de una cabra o de un perro deforme. Y me cuentas que en no se que parte de Bulgaria hace años apareció una igual atribuida a un extraterrestre. Volveremos a ser los locos. Pero mi abuela me enseñó viejos dibujos tan detallados que no me cabe duda que pertenece al Reñubeiro que la niña loca vio.

–              Lo ha traído el perro, abuelo, no sé donde anduvo. Encontraremos el resto y dejarán de tomarnos por tontos.

–              A mi edad ya no estoy para buscar nada -abstraído en sus pensamientos, con el cráneo en sus manos, parecía hablar solo, como un desequilibrado que habla con las estrellas-. Busca tú, Juan Carlos, encuentra esas rocas, muéstraselas al mundo, que dejen de insultarnos -hizo una pausa que me pareció eterna-. Si de algo estamos locos es de amar esta tierra.

No vivió mucho más. Nunca supo que años más tarde encontré los petroglifos que tanta fama y tanta prosperidad llevaron a la Somoza.

LAS DOS BOCAS DEL SOL por María Belén Tite Haro

LAS DOS BOCAS DEL SOL

Relato 27

 

Ahí cuando el sol parecía pelear con las estrellas y escupir el polvo en San Román, un grupo de unos doscientos maragatos caminaban por los secos caminos que transpiraban polvo y peste rumbo a Lugo. El camino fue pesado y los zapatos se quedaban atorados en el fango de ciertas tormentas que caían con bipolaridad, parecía que el sol se estaba burlando de los viajantes cargados de embutidos y utensilios de matanza que guardaban desde Madrid para intercambiar. Cuando llegaron después de un par de meses las últimas gotas de sudor que caían de sus frentes brillaban con los adornos y pañuelos coloridos que cargaban las mujeres. Luego de ir a la plaza el padre de Colasa se le acercó y le susurró –Ya es hora hija, el sol me lo ha contado-. Ella solo dejó empañar sus ojos con frías lágrimas que parecían cortarle el alma. Salió corriendo a una esquina donde el sol no la podía ver.  Ahí sintió el estallido de sus ojos y miles de colores que el hombre jamás habría visto vistieron las sombras. Sin notarlo los ojos verdes de un joven de piel canela que estaba cerca también escupían los mismos colores. Al notar el fenómeno ambos se lanzaron al suelo donde el sol los encontró entonces sus ojos de universo dejaron de brillar. El joven se levantó y ayudó a Colasa para que también lo hiciera. Desde que tocó su mano sintió miles de constelaciones correr por su espalda y ella no podía dejar de ver el universo en sus ojos verdes. Bastaron unos minutos para que supieran que el destino los quería juntos. –Soy Kavi y vine a Lugo a mostrar un par de inventos -. Ella solo asintió con la cabeza dando una pequeña sonrisa mientras pensaba en que su amor sería imposible porque su padre ya había arreglado un compromiso con Juan Zancuda y el misterioso era gitano. Entonces él se acercó más y su padre llegó como el viento, arrancándola de su lado, seguro el sol le habría contado. De inmediato la sentó en una carreta alada por dos mulas, reunió al resto de maragatos y empujado por uno de los rayos que el sol convirtió en tormenta se adentraron por La vía de la Plata rumbo a Madrid. Kavi no podía dejar escapar al amor de su vida entonces robó uno de los caballos que estaban fuera de la plaza y los siguió. El sol parecía haberse dado cuenta entonces dio la vuelta al día y se transformó en luna para seguirlos. De una sola mueca apagó todas las estrellas para con un beso de buenas noches en forma de muerte callar el universo que guardaba el gitano. En un descuido por el viento en lugar de tragar el alma de Kavi mató con una avalancha de fango a Juan Zancudo; haciendo que los viajantes perdieran el camino. Hasta que los amantes vieron el aura que salía de sus ojos por su cercanía decidieron mirar al sol paralizándolo en dos etapas día y noche. Hasta ahora siguen vigilándolo fuera del ayuntamiento de Astorga, solo que Kavi dice ser Juan Zancudo para que el padre de Colasa no los separe.

EL MISTERIO DEL PETROGLIFO por Santiago Alvarez Alonso

EL MISTERIO DEL PETROGLIFO

Relato 26

 

Las primeras décadas del siglo XX. En las comarcas de la Maragatería y del Bierzo la mayoría de las familias conseguían el sustento cultivando la tierra y criando animales. No había maquinaria y casi todos los trabajos se hacían manualmente empleando mucho esfuerzo, mucha gente, gran cantidad de horas y de días. Soportaban el sol, la lluvia, el frío…. Los músculos y las manos se endurecían, y la piel adquiría un color marrón oscuro en verano.

Aquel día del mes de octubre, nacía el sol a sus espaldas cuando salían de Quintanilla de Somoza una cuadrilla de mujeres. Atrás quedaban las calles empedradas, maridos, novios y familiares. Subieron hasta Foncebadón y después de una larga y ligera bajada llegaron al borde de una ladera bastante pronunciada. Contemplaron durante unos segundos la enorme “olla” que es la comarca Berciana y continuaron caminando. Cuando llegaron al pueblo a través de las pequeñas ventanas veían el brillo de los faroles y las lámparas de petróleo. Un plato de caldo con un trozo de pan y al pajar a dormir. Al día siguiente apañaban castañas. El clima era suave pero después de tanto rato agachadas dolían los riñones y cada poco se clavaba un pincho en sus dedos. Los jóvenes lugareños trepaban a los rollizos y antiguos árboles portando largas varas con las que sacudían las ramas para derribar los erizos. Los últimos días fueron peores porque llovía y hacía frio.

En julio del año siguiente un grupo de hombres y mujeres hacía el recorrido al revés. Subían fatigosamente la empinada ladera viendo como se alejaba su pequeño pueblo a la vez que veían mayor parte del Bierzo. Después de caminar todo el día llegaron a Las Somozas. Recuperaron fuerzas esa noche para trabajar duramente bajo un sol abrasador: segando las mieses con la hoz, atando los manojos y cargándolos en el carro tirado por vacas. La moza le acercó el botijo, el joven bebió largos tragos refrescando su seca garganta. Un instante se cruzaron sus miradas sudorosas. Todavía les quedaban fuerzas para bailar el domingo por la tarde. Las cosechas, el agua, la música y la ceremonia religiosa unieron las vidas de una maragata y un berciano.

En el Bierzo construyeron su hogar. Él arrancaba el negro carbón en las entrañas de la tierra. Ella hacía las tareas de la casa y además cultivaba la huerta. Con mucho sacrificio consiguieron criar los hijos. Envejecían juntos poco a poco. Ella se quejaba de sus huesos y  él con los pulmones enfermos de la mina cada vez se fatigaba más. Los nietos fueron un entretenimiento los últimos años ya no tan trabajosos. Un día dejó de respirar vistiéndola de luto y de soledad.

Un nieto que recorría la comarca de su abuela contemplaba el petroglifo de Peña Fadiel. Qué misteriosa piedra, les llaman laberintos. Después de pensar largo rato sugirió la solución, parece un árbol que cae en un pozo del río y que va creando ondas en el agua. Tenía que ser descendiente de las Somozas quien descifrara el enigma que tallaron en la roca antiguos moradores de esta zona.

COLOMBA, UYUCÓN Y RENUBEIRU por Manel Ramoneda i Coch

COLOMBA, UYUCÓN Y RENUBEIRU

Relato 25

 

En Santa Colomba nos cuentan los mayores sobre una joven de prospera familia, patricia romana nacida en la villa del Soldán. Casa señorial cuyo fundador provenía de una muy lejana e incógnita imperial ciudad, habiendo recibido el encargo de establecerse aquí para atender y proveer de utillajes y ajuar las diferentes explotaciones mineras ubicadas en las faldas de la sierra y sus cursos fluviales. Montes, ríos y cuencas en donde los ocupantes llevaban a cabo extracción y acopio de oro. Aporita, por ese nombre se conocía a la moza, era pues descendiente directa de los dueños de dicha mansión taller-obrador ubicada en las proximidades de un embalse: la laguna Cernea. A su alrededor solía jugar, pasear, soñar, y gustaba de reflejar en la muma su bello rostro, peinando y repeinando su almagrado cabello. Allí esperaba en silencio tras felechos y matojos, espiando los patos que bajaban a beber. Admiraba la naturaleza que la rodeaba y era muy aficionada a la lectura y a la pintura. Vivió de pleno la expansión del cristianismo por toda la península ibérica y a pesar de sus orígenes romanos, acabó asumiendo dicha religión, creencias y doctrina. Ello la llevó a someterse de forma voluntaria al ritual del bautismo, sacramento que, en honor y respeto a sus antepasados, le administraron con las aguas recogidas de la cumbre más alta de la sierra. Agua mera del Teleno -el Mars Tilenus, deidad de autóctonos y colonizadores-, agua bendecida en la laguna Cernea donde Aporita se sumergió romana y renació cristiana.

Aporita adquiere como nombre de pila el de Columba -Colomba- en base a su aún inocencia y virginidad y hace apego a la cultura mediterránea de sus mayores, en particular la greco-romana, adoptando ese nombre que simboliza paz y prosperidad: ‘paloma’. Pero, como en toda tragedia y lamento, duró poco tiempo su felicidad, la conversión fue denunciada por un mal vecino y tuvo que tocar el dos hacia las montañas del norte. Ya lejos de casa, y en las cercanías del rio Onís, la joven Colomba fue sorprendida y detenida por legionarios romanos. De camino a la gayola el carcelero intentó abusar de la chica, de suerte tuvo que un Uyucón -ser que habita en los montes, dotado de un único y gigante ojo en medio de la cara- se cruzó con ellos y al ver tal abuso se lanzó sobre el infame soldado, dejándolo tendido en el suelo, estripado. Conocedor de tal ataque al poder público, el emperador ordenó prender y quemar a la joven y a su salvador. Ya en la pira, la joven recibió otra ayuda milagrosa: un Renubeiru -el genio morugo de las nubes- el cual compadecido los amparó haciendo caer tal truena que apagó el fuego y calmó su dolor. Pero ya sabemos que para llegar al santoral hay que morir en circunstancias crueles y acabar muy mal. Al poco, la bella Colomba fue apresada de nuevo. Degollada, su cuerpo fue desmembrado y sus restos esparcidos por los sembrados. Uyucón pudo escapar y hoy todavía sigue vivo y al acecho, mirándonos y rondando por llameras, entre urces y piornos, entre vallellos y carballedas. No hace falta decir que desde entonces y en tiempo de sequía, pastores, agricultores y hortelanos invocamos a santa Colomba para que haga llover.

LA LEYENDA DEL HIJO DEL CARPINTERO por Bernat Ramoneda Alonso

LA LEYENDA DEL HIJO DEL CARPINTERO

Relato 24

Cuentan muchas historias de la montaña, demasiadas, y así siembran dudas. He aquí la naturaleza de la leyenda.

Se sabe de una historia, una de muy curiosa, que vendría a demostrar la existencia de los llamados guardianes de la montaña.

Cuentan que hace muchísimos años el hijo de un carpintero viudo subió con un pequeño rebaño de cabras a la montaña, en busca de pastos tiernos y verdes. Llegó hasta la Veiga Grande, una extensa planicie alejada del pueblo, a media montaña, cobijada y circundada por altas paredes de roca y monte. Una gran vasija con una única entrada, desagüe natural del riachuelo que la atraviesa.

Se dispuso a pasar allí el día, también la noche.

El sol de primavera se marchitó temprano, dejando que una luna a medio hacer despertara a las primeras criaturas de la noche, zorros y lechuzas. El día había terminado. Esas noches, aún con los aullidos de los lobos en la lejanía, no lograban amedrentar al muchacho.

Encerró el pequeño rebaño en un estrecho corral cercado por viejos tablones, adosado a una pequeña cabaña de piedra para pastores. Comió un poco y dispuso una manta en el suelo irregular del interior.

Despertó. A través de la puerta pudo ver unos veinte pequeños seres antropomorfos de color perla, únicamente ataviados con una aureola blanquecina que reseguía toda su silueta. Le miraban y le llamaban entre susurros. Sus cuerpecitos desnudos se erguían a algo más de un palmo del suelo y la cabeza duplicaba el tamaño del tronco. Sus ojos eran dos cuencas vacías de un gris más oscuro, como dos cráteres asimétricos e irregulares, ocupando dos tercios de la cara. La boca, un pequeño y oscuro surco por debajo de esos agujeros. Unas miradas tristes pero sosegadoras. Uno de esos seres le tendió una minúscula manita. El chico salió de entre las sombras y ofreció su dedo meñique. Deseaban que los acompañara.

Entonces pudo ver que centenares de seres ocupaban esa gran llanura, iluminados por luces eternas, que se iban echando a un lado a su paso.

Llegaron a los pies de un pequeño acantilado, justo para apreciar que una de las criaturas se retorcía en el suelo, con sus pequeñas patitas atrapadas en una de las grietas de la roca. Se oía un leve y desesperado chillido, el de ese pequeño luchando en vano contra esa piedra que le mantenía aprisionado.

Agarró a esa criatura luminiscente con sumo cuidado, sintiendo entre sus dedos la textura gomosa y tibia de una piel que no era piel y lo liberó sin esfuerzo.

Los pequeños duendes, agradecidos, retomaron sus susurros en una suave melodía coral. Eso le sumió otra vez en el sueño y se vio flotando por encima de todos ellos, a poca distancia de los matorrales que cubrían el terreno. Un sueño que le llevó otra vez a la cabaña y que le reposó otra vez en su lecho. Esa mañana despertó recordando todo lo acontecido, cómo quién recuerda sus sueños más hermosos, intentando no olvidar detalle.

Fue sólo un sueño, se dijo, pero en la puerta de la cabaña se hallaba un montículo de pequeñas pierdas redondeadas del color de la luna que, iluminado por los primeros rayos del sol, se erigía como la delicada y cuidadosa ofrenda agradecida de los guardianes de la montaña.

EL RIBERUEÑO por José Quindós Martín-Granizo

EL RIBERUEÑO

Relato 23

 

Esa noche Nito tomó una decisión.

La tormenta era tremenda, y él debería tener miedo (que lo tenía). Pero echaba tanto de menos al abuelo Miguel, que decidió convertirse en una persona de la que él desde arriba pudiera sentirse orgulloso.

El abuelo una vez le contó que no hay que avergonzarse del miedo, que de hecho sólo los tontos no tienen miedo, que lo que hace a los hombres diferentes unos de otros es el cómo manejan ese miedo. Su postura ante las adversidades de la vida.

El antiguo lema de su pueblo “Si tú te tienes, yo no me caigo” parecía haber sido la estrella del norte que guio la vida de su abuelo.

Esa noche, los rayos hubieran asustado a cualquier niño. Pero Nito decidió que cuando pensara en el Riberueño, en el ser que bajaba a la tierra montado sobre un rayo, no pensaría con miedo. Ya no sería un ser maligno, con cara de estar siempre enfadado y que vendría a sembrar el caos, sino que ese ser sería el vínculo entre él y el abuelo, porque fue el abuelo el que le habló de él, de hecho, era el único que creía en él. Les daba igual que tuviera un cráneo suyo, aun así no le escuchaban. Pensaban que eran chaladuras de un viejo. Toda la demás gente del pueblo ya no creía en las antiguas cosas. Ya no hacían filandones y alrededor del fuego ya no se contaban historias. Ya no creían que a la naturaleza había que respetarla igual que a las personas. Ya no saludaban al roble ni al tejo ni les importaba la forma en que la luz penetrara en el bosque (ni por el óculo de la ermita) para sus celebraciones. Los chavales de su alrededor preferían jugar con el móvil que escuchar a sus abuelos, y a su vez los abuelos, al ver que no importaba a nadie lo que contaran, parecían haber decidido callar. El mundo en que vivía había cambiado, ya no era el mismo del que le hablaba el abuelo Miguel. Y eso en sí, no es que le disgustara especialmente, lo que sí le disgustaba es que se perdiera un conocimiento. Cada uno puede elegir sus opciones, eso es la libertad, pero lo que no está bien es no saber que hay opciones. Y al igual que el Riberueño era una conexión entre el cosmos y la tierra, el conocimiento antiguo, las historias del abuelo Miguel, eran la conexión entre un mundo que parecía destinado a desaparecer y éste en el que ahora Nito vivía.

Así pues, esa noche, Nito supo lo querría ser en la vida.

Esa noche Nito decidió que sería un contador de historias.

DE LABERINTOS Y CAZOLETAS por Jesús Francés Dueñas

DE LABERINTOS Y CAZOLETAS

Relato 22

Todo esto era para volver a espiar a las tiñosas que de incógnito se bebían a tragos el agua bendita de los cenobios. Yo me refugié en los templos de la comarca y en los cuerpos obscenos de sus desdentadas gárgolas. Estuve aletargado de nieve en las cumbres heladas de mi morada como a milenio y medio de distancia de los pesares simples de los hombres y de su ruina. Ahora que los tengo delante se me antojan pequeños y olvidadizos, ajenos a mi mundo de semidiós aburrido y profundamente tangenciales y prescindibles. No desprecio al ser humano y su tumulto y casi admiro su vano empeño de ser perdurable, pero no comulgo con su esperanza vana sin fondo ni con su manía obcecada de autodestrucción. Ahora seguiré mi rumbo por entre las rúas de este sueño de maragatos cuando también eran los hijos lejanos de Macondo, donde crujían los terremotos del amor por dentro de las casas. Seguiré buscando a mi amada única entre las calles angostas y supurando mis heridas dolientes y grandes como toronjas.  Aparecí entre la multitud achispada de un baile de disfraces. Era un concurso. Ganó una mujer con un extraño corsé de estrellas y una máscara. La mujer del antifaz dejó por todo su camino de huida un reguero de rayos como de sol fundido. Desde ese día persisto en mi empeño de encontrar a aquel rostro desconocido más propio de mi hábitat paradisíaco que de este inframundo. Desde ese día sigo sus huellas de oro, piso con cuidado por donde ella pisó y mis zancadas se golpean siempre contra el mismo muro. Ni rastro de la lisérgica muchacha.  De cabeza contra la misma pared. Dejé mi martillo junto al suelo seco y afligido, relajé mis manos para adueñarme del misterioso temblor que me aquejaba.  Andaba ya desesperado de encontrarla, comenzando a creer que había sido tan solo el fruto de un sueño travieso cuando alcé la vista al cielo buscando ayuda y mis ojos tropezaron con una imagen del todo extraña: Ropa interior femenina colgando de una reja. Mi sorpresa aumentó cuando supe que se trataba de la iglesia de Santa Marta y que la ventana de donde pendían aquellas atrevidas prendas correspondía ni más ni menos que a la Celda de las Emparedadas. Quise conocer la identidad de la mujer que habitaba aquel cubículo. Se llamaba Muniadona Moure y evidentemente era un seudónimo. Nuestro amor es imposible. Marvel y DC siguen irreconciliables. Pero no me importa. Me conformo con saber que está ahi, al otro lado de la reja. Ahora todas las monjas de clausura de los conventos de la Somoza cosen para mis talleres el exiguo traje de Wonder Woman. Se han puesto de moda los push-up con motivos de petroglifos del  Teleno. Laberintos y cazoletas en vez de barras y estrellas. En cuanto a mí, nevaba más antes. Y antes de antes mucho más. Cuando era tan solo un dios o cuando fui un monte. Esta es mi historia. Algunos, muy pocos, dicen que soy Thor el nórdico. Pero ya no importa. Ahora soy Teleno, la corsetería.

LA CUEVA ¡SO MOZA! por Manuela Bodas Puente

LA CUEVA ¡SO-MOZA!

Relato 21

La leyenda dice que en la cueva ¡So moza! vivió una joven con su retoño durante años.

La tía Restituta era una mujer flaca, alta, enjuta, de pocas palabras y de una belleza inusitada. Era hermana de mi abuela, aunque no se parecían en nada.

Abuela Conce, era regordeta, pequeña y de muchas palabras, con la risa siempre visitando su cara. Conce era de aquellas mujeres mantecosas en las que te gustaba dormir la siesta, escuchar un cuento, dejar que sus manos rechonchas y suculentas, calentaran tus tristezas. Era la belleza trasmitida a cada poro de los que tenían el privilegio de estar cerca de ella.

Contaban que Conce, una tarde de otoño, cuando era una niña que cuidaba el pequeño rebaño que había en casa, mientras su madre se dedicaba al campo y su padre la transporte del pescado en aquellas carretas maragatas que tanto aliento del bueno vinieron a dar a la comarca, oyó algo extraño en aquel paraje que tanto conocía. Con sigilo y la compañía de Lucio, su perro, fue siguiendo el rastro de los desconocidos sonidos que hasta ella habían llegado.

Bueno Lucio, pues tú dirás. Pero es como si alguien intentara tomarnos el pelo. Ahora se oye, ahora no. Y, además. ¿De dónde provienen los ruidos?

Lucio, que lo entendía todo a la primera y a las mil maravillas, estuvo expectante un rato, luego con el hocico, me tanteó los gemelos y me indicó una senda. Seguimos aquel sendero, y antes de que nos diera tiempo a pensar en nada: ¡Plás, allí estaba! La cueva de la que tanto se hablaba en el pueblo.  Algo inaudito había visto o sentido. Mis dientes castañeaban. Y de pronto: ¡Zás, así de sopetón! Un par de ojos nos observaban vigilantes y en alerta.

A mi mente llegó el recuerdo de aquella historia que había oído.

“El rico del pueblo, se había prendado de la hija de uno de sus jornaleros. Vamos la clásica historia, solo que, en esta ocasión, el rico era un desalmado que ejercía el derecho a pernada con cualquiera que respirara y que estuviera dentro de su territorio. Por eso al ver a aquella perla aún sin cultivar, la acorraló en el monte y al son de ¡So moza!, quieta, que te voy a dar telita fina, dejó a una niña tumbada en el camino del Monte de los Sueños, con la vida enfangada entre los cardos que adornaban el camino. La muchacha, reptando y arrastrando su ignominia, llegó al anochecer a la entrada de aquella cueva, y allí se quedó sin atreverse a volver al pueblo. Hasta que abuela Conce, gracias a Lucio descubrió la cueva y se llevó con ella a Restituta, la criatura nacida de una trágica trampa de las que pone la existencia. La bautizó Restituta por haberla restituido a la vida. Ella, que no había tenido hermanos, la adoptó como a una de su misma sangre y desde entonces aquella cueva, sirve de descanso o de cobijo cuando la tormenta te pilla a descubierto.

Dicen que nunca nadie ha sufrido daño alguno si se resguarda en la cueva. La cueva de ¡So-moza! Si aún no la has visitado no esperes. Este verano será un lugar extraordinario para sentir las mejores vibraciones.

CASCADA CON VOCES por Jesús María García Albi

CASCADA CON VOCES

Relato 20

María siente cercana la hora del parto. Su cuerpo está desasosegado. Ello no le impide seguir trabajando su terruño en La Somoza.

José, su marido, acaba de llegar con sus recuas de Galicia. Han sido jornadas agotadoras. Ha hecho el viaje en menos tiempo del habitual para estar de vuelta antes de que nazca su primogénito. Al llegar y observar a María con su prominente tripa trabajando, respira tranquilo.

Introduce sus caballerías en el establo donde les esperaba el forraje fresco y el agua preparados por María, dado que las recuas son su sustento, y decide ir al pilón para lavarse y quitarse el polvo incrustado. Toma jabón casero y un cepillo de cerdas para rascarse “la roña”. Coge algo para secarse y ropa limpia perfectamente planchada, como siempre.

La temperatura es elevada y el pilón aparece tentadoramente desierto. Decide meterse en él con la ropa interior mínima, por si aparece algún vecino inoportuno.

María, al verle, se acerca con las mangas remangadas. Coge el jabón y el cepillo y restriega todo lo que puede a su marido. La ocasión que se avecina lo exige.

-¡Qué apuesto y fuerte es! –piensa con una sonrisa en su rostro.

-¿De qué te ríes, mujer? -Siempre que lo haces pienso que soy muy afortunado.

-Cosas de mujeres. Nada importante. Te voy a tener que dejar en carne viva para quitarte toda esta mugre que traes. Has debido dejar el camino sin polvo.

Luego tomarás una sopa reconfortante, un plato de guiso y natillas.

Después a dormir y mañana estará como nuevo mi hombre.

-Porque estás preñada que si no te agarraba y te metía en el pilón.

-Quita, quita, no seas loco. De esta noche no paso. La señora Consuelo está avisada.

1

En efecto. Antes de amanecer fue en busca de la mujer para que ayudase a traer al mundo a una preciosa niña, con una mata de pelo negro. Una vez cortado el cordón umbilical, aseada y limpia la criatura, María se la entregó a José, que se había tumbado en un lecho especial aderezado al efecto. La atrajo hacia sí mientras simulaba gritos postparto, cual si él hubiese parido.

Era la tradicional Covada.

Acto seguido la mujer preparó el desayuno que le llevó al lecho. Ella, después de almorzar en la cocina, se caló el sombrero y salió a sus tareas diarias. Ya volvería para preparar la comida al nuevo padre. De repente, las fuerzas del cielo y del infierno se conjuraron de forma tal que las luces cegadoras y los sonidos atronadores hicieron temer por que la casa se mantuviera de pie.

-De no haber parido antes, con todo esto hubiese salido despedida la niña.

Se sujetó el sombrero en la cabeza y cruzó hasta la casa. Jarreaba.

Desde el zaguán escuchó a lo lejos la voz tranquilizadora de su marido y el llanto de su hija. Llegó a la alcoba. Al asomarse lanzó un grito desgarrador. La ventana estaba abierta y la cama vacía.

Miró por la ventana y aunque la lluvia le azotaba su rostro, distinguió la silueta de su marido alejarse flotando entre la niebla, con la pequeña en brazos.

Desde aquel día, al amanecer de los días lluviosos, en la cascada del río Cabrito se oyen voces. Una infantil y otra adulta.

¿DE QUÉ COLOR ES EL AMOR? por Mari Fe Ramos González

¿DE QUÉ COLOR ES EL AMOR?

Relato 19

 

Ella era de pocas palabras. La mandaron callar tantas veces que se acostumbró a permanecer en silencio. Salía poco de casa. Cada tarde esperaba la llegada del autobús que venía de Astorga. Miraba a través del visillo, desde una ventana de la galería. Con su imaginación recomponía todo aquello que veía desde lejos.

–              La Vicenta se viene pal pueblo con la maleta de madera-pensaba-, seguro que se ha vuelto a escapar de la casa donde servía, pa librarse del señorito.  Ha llegado el ti Santiago, trae la cara tiznada por el carbón de la mina. Vendrá a preparar su boda con la María.

Un día, su vida cambió para siempre. A través del visillo vio a un hombre joven, guapo, bien vestido y con un extraño maletín en su mano.

Se armó de valor y salió de casa, para hacerse la encontradiza. Cuando estuvieron frente a frente, se miraron…, y ella enmudeció. A él se le cayó el maletín de la mano y se desparramaron por el suelo multitud de tubos de óleo, frascos y pinceles.

-¡Eres mi musa!-  dijo él, sin dejar de mirarla.

Ella abrió la boca para responderle, pero no pudo articular ni una palabra. Sintió, por primera vez, que la miraban con amor… ¡y con deseo! Con una pasión que ella captó al instante. Recogieron juntos las pinturas y los pinceles y lo colocaron en la caja. Él buscó un tubo que estaba sin estrenar y se lo entregó a ella, con delicadeza.

–              Es azul cobalto. El color del cielo cuando no tiene nubes. El color del mar. Cuando pintas con este color atraes hacia ti un amor eterno, como el cielo y como el mar.

Ella lo guardó en el bolsillo de su mandil, como si fuera un tesoro. Posaba para él al amanecer, junto a la laguna Cernea, sobre un musgo que aún conservaba intactas las gotas del rocío. Él acariciaba su pelo con suavidad, como si fuera una ninfa del bosque. Ella descubrió el amor.

Llegaron las habladurías, porque un pintor desconocido estaba seduciendo a una moza maragata. Los hombres del pueblo les comunicaron que, al día siguiente, el pintor debería coger el autobús hacia Astorga, por las buenas o por las malas.

Ella lloró toda la noche, junto a la ventana de la galería. En medio del dolor y las lágrimas, creyó ver la figura del pintor merodeando por su casa, con un candil en la mano.

A la mañana siguiente, cuando salió para despedirle, descubrió que el portón de su casa estaba  pintado de azul cobalto. Fue corriendo hacia el autobús y gritó:

– ¡Pintemos nuestra vida de azul!

Se fueron juntos. Desde entonces, los portones de la Somoza, de azul cobalto, expresan  el deseo de un amor eterno.

LAS SIETE HADAS DEL ARCOIRIS por Lara Suárez-Mira Reija

LAS SIETE HADAS DEL ARCOIRIS

Relato 18

Contaba la leyenda que el arcoíris solo salía una vez cada 2000 años en la comarca de la Somoza Maragata. Se reflejaban los siete colores en todas las casas y lugares recónditos de aquel lugar encantado. La luz coloreada daba calor y reconfortaba hasta lo más profundo del alma, aquellos lugares oscuros y tristes que nadie conocía. Esa luz brillaba constante y hasta conseguía amansar a las fieras. Se dice que la reacción provocada por los rayos en contacto con las almas y corazones producía una melodía sublime. Desde luego, aquella era una comarca encantada. Después de que saliera el arcoíris, miles de pequeñas hadas de cada uno de esos colores sobrevolaban los tejados y prados, llenando de felicidad a todas las personas que allí vivían. No importaba lo mal que lo pudieran estar pasando, puesto que en esos momentos se sentían felices al 100%.

Morgana era el hada mayor y dirigía las operaciones de encantamiento de la población. Su magia era poderosa. Tenía una larga melena rubia que le cubría toda la espalda y formaba hermosos tirabuzones destellantes. Sus alas, prácticamente transparentes, eran sin embargo muy resistentes y la impulsaban a gran velocidad a través del bosque en cada una de sus misiones. Su lugarteniente era la bella Elga, hada de la luna, quien la sustituía en las operaciones que tenían lugar durante la noche, pues tenía una especial habilidad para el vuelo nocturno. Su rostro era de una blancura infinita y sus ensortijados cabellos, de un negro intenso. El resto del equipo lo integraban Anjana (que siempre llevaba una chifla y un tamboril), natural de Santa

Colomba de Somoza y que, por lo tanto, jugaba en casa, Náyade, Brigitte,  Branwen y Grainé. Siete hadas para ayudar a los lugareños en sus problemas cotidianos. A los padres en la educación de sus hijos, a los enamorados en sus amoríos no correspondidos, a los labradores en el cultivo de sus campos, a los comerciantes cuando no les salían las cuentas y a todo aquél que las invocase cuando las preocupaciones le abrumaban.

La que sin duda tenía más trabajo era la buena de Anjana, una golosa empedernida que recibía de buen grado los obsequios que en forma de mantecadas y cecina le regalaban los agradecidos maragatos. Tanta era su afición por la comida, que no siempre conseguía volar para llegar a su destino, no siendo la primera vez que se veía obligada a buscar el auxilio de algún águila para trasladar toda su humanidad a algún hogar en problemas.

En cierta ocasión, el grupo de hadas hubo de emplearse a fondo. Fue un año en que llovió intensamente, durante varios días sin parar. El río incrementó mucho su caudal y los vecinos vieron cómo se desbordaba por momentos, llegando a las puertas de sus casas. Cuando a punto estuvo de inundar sus hogares, todas las hadas se pusieron a batir las alas formando una intensa corriente de aire que evaporó toda el agua. Habían salvado el pueblo. En agradecimiento, el alcalde las nombró hijas predilectas y les entregó las llaves de la ciudad, homenajeándolas con un cocido maragato que Anjana devoró con pasión. Sin duda, eran las mejores protectoras que había tenido el pueblo desde su lejana fundación.

EL REINO DE LOS NIÑOS por María de la Paz Valero Uceda

EL REINO DE LOS NIÑOS

Relato 17

Cuenta la leyenda, que en  Santa Colomba de Somoza, vivía un mago, de amigable aspecto y barbas blancas, era tan alto que con su cabeza casi podía tocar el cielo, pero no era en su aspecto donde residía su magia sino en su gaita, cuando el mago la tocaba, creaba vida, los pinos crecían y los animales llegaban hasta sus tierras, y si algún reino vecino entraba en lucha con él, el mago soplaba fuertemente su gaita y los alejaba  de allí.

El mago  un día empezó a darle vueltas a una idea: crear humanos, su corazón lo deseaba pero también tenía dudas, pues en los reinos vecinos podía ver la mezquindad humana, y esto le daba mucho miedo.

Hasta que un día tuvo un idea, quizás el corazón humano se corrompía a la edad adulta, pero si él soplaba una dulce melodía solo crearía a niños, él se encargaría de cuidarlos y de mantenerlos lejos de ambición y la avaricia.

Y así lo hizo, el mago hizo de Santa Colomba de Somoza el reino de los niños, durante años, les proporcionó alimentos y abundancia en todos sus campos, nunca en este reino se conoció la enfermedad ni la muerte, el mago velaba por cada uno de ellos, sintiéndose orgulloso de su creación.

Un día estos niños crecieron, y se convirtieron en adultos, llegando así las primeras dispuestas, y el reino entró en guerra. El mago lloraba y lloraba y hacía sonar tan fuerte su gaita que todos los habitantes temblaban y se arrepentían, pero cuando el mago volvía hacer sonar su gaita dulcemente, y bendecirlos con alimentos y animales, los habitantes volvían a las disputas, y esto entristecía y enfadaba al mago, él había intentado que su obra fuera diferente, y no lo había logrado, su reino era ahora tan miserable como los reinos vecinos.

Pero el mago, en el fondo de su corazón quería buscar una solución, no se conformaba con lo que sus ojos veían, y tampoco quería soplar tan fuerte para causarles la destrucción, así que como cualquier padre, intentó buscar soluciones para el bien de ellos, les multiplicó las tierras, pero ellos seguían ambicionando más y más, también hizo que llegaran más animales, pero ninguno saciaba la avaricia humana.

Así que el mago se sentó sobre una piedra y lloró tanto que se crearon grandes inundaciones en el reino, los habitantes al ver esto, se llenaron de odio contra el mago, y planearon matarlo, para ellos eran insoportable aquellas lágrimas y aquel sonido tan triste de su gaita que les recordaba su propia mezquindad, la mejor solución para ellos era acabar con él.

Y así lo hicieron, una noche fueron todos los habitantes del reino juntos, iban con armas, y sobre todo con mucho odio, pero al verlo dormido plácidamente, no se atrevieron a despertarlo, tenían miedo que si lo despertaban luchara contra ellos, así que eligieron la opción más cobarde, le quitaron el muelle a su gaita, así el mago jamás volvería a tocarla.

El mago jamás se despertó, pero dice la leyenda que si algún hombre de  buen corazón le pusiera un parche a la gaita, el mago agradecido convertiría de nuevo a Santa Colomba de Somoza en el reino de los niños y habría felicidad por siempre.

EL MUNDO AL REVÉS por Cristina Jiménez Urriza

EL MUNDO AL REVÉS

Relato 16

Hace mucho, mucho tiempo…, según cuenta la leyenda, había un país, en el que había una ciudad, en la que había una comarca, en la que los pájaros nadaban, las vacas iban al colegio, y los perros y los gatos eran los mejores compañeros. Esta comarca Somoza Maragata, era un poco extraña, pues bien, está dicho que entre todos los habitantes había mucha cordialidad, exceptuando a la de sus mascotas, que las tenían todo el día trabajando para ellos.

Estaban: la familia Dugs, una familia de caracoles y babosas, que tenían como mascota a un jardinero, que mantenía fresca la hierba del jardín. La familia Yorky, una familia de perritos de clase alta, que tenía como mascota a una muy buena peluquera. La familia Boing, una familia de cerditos vietnamitas, que tenían de mascota a un prestigioso cocinero. La familia Roe Roe, una familia de conejos, que tenían como macota a un horticultor, que siempre estaba plantando ricas zanahorias. La familia Alonso, unos preciosos jilgueros, que tenían como mascotas a una pareja de cantantes de ópera. Estas entre otras familias del lugar, como: Crunch, Flash, Arias, Brekkies, Serrano, Black…, siendo: gatos, caballos, cuervos, vacas, ratas, ocas…, siempre con sus mascotas: médicos, carpinteros, mecánicos, panaderos, profesores, escultores…

Un día, nuestros amigos, los humanos, las mascotas, cansados de tanto trabajar, tuvieron una reunión de urgencia a media noche.

–              ¡Esto no puede seguir así!, decía la peluquera… tengo el brazo molido de tanto peinar a los presumidos de mis amos.

–              ¡Y a mí, la espalda, de tanto agacharme!, decía el horticultor.

–              ¡Yo estoy harto de tanto cocinar!, gritaba nuestro prestigioso cocinero.

–              ¡Nosotros nos estamos quedando roncos de tanto cantar! lo decían casi sin poder levantar la voz, la pareja de cantantes.

–              Y yo…, y yo…, y nosotros…, si…, no aguantamos más…, se quejaban uno tras otro nuestras mascotas…

–              ¡Está bien!, ¡está bien!, ¡silencio!, ¡silencio! ¡SILENCIO!, ya dijo gritando el representante de las mascotas.

–              Está claro, que algo tenemos que hacer, que esto se nos está yendo de las manos…, y que nuestros amos, por mucho que nos quieran, no nos pueden doblegar a lo que ellos quieran hacer, están suficientemente cualificados para hacer ellos solitos todas las cosas que hacemos por ellos, por ejemplo:

La familia Alonso, ya han aprendido a cantar solitos.

A nuestros pequeños amigos los Roe Roe, les tendremos que dejar jugar.

Puede que nos cueste un poco, pero a la familia Boing, los cerditos vietnamitas, les tendremos que enseñar a utilizar el morro, pues lo tienen muy fuerte, y con él, pueden hacer franjas en la tierra, y con la colaboración de la familia de cuervos, podrán sembrar ellos solitos su propia cosecha.

La familia Yorky, es tan presumida que no saldrán de casa con malos pelos.

Los topos podrían hacer agujeros para sembrar, los caballos podrían arar, los castores podrían orientar el rio hacia la granja, y las gallinas organizar las comidas de los vecinos, los caracoles, pasear a las babosas, y las ratas, llevar la educación, son muy listas…, así, uno a uno, dio su opinión sobre como poder organizar la vida de los vecinos, sin tener que depender de mascotas humanas, haciéndoles entender que, siendo autónomos se vive mejor.

COCIDO MARAGATO por Miguel Angel Moreno Cañizares

COCIDO MARAGATO

Relato 15

Congregados al calor de la chimenea, que en esos momentos desprende centellas, los hombres entablan una de las discusiones diarias para abrir boca. Cruje el invierno. Eugenio los mira con distanciamiento, acostumbrado como está a sus diatribas, que por regla general acaban en ninguna parte. Mientras repasa las botellas del estante y de reojo controla la cocina, de buena gana echaría un pitillo de picadura si no fuera por la prohibición. Ni dentro ni fuera, se conforma el restaurador. Anda alborotado el personal, cantándole las tripas, así que Eugenio se huele que el revuelo aumente. En la mesa del fondo hay una pareja de forasteros que hablan con acento francés. Pero las viandas se servirán en el momento oportuno.

—A ver, Tenorio, dinos por qué el cocido maragato se come al revés—, pregona Félix, el más bravío del grupo.

—Por supuesto, compañero, aunque todo el mundo en Somoza lo sabe—, replica el interfecto, que se levanta presto y dirige sus pasos hacia los primerizos clientes— ¿Quieren que se lo cuente, amigos? —les inquiere— Pues sucede que varios siglos atrás, los arrieros maragatos, nuestros antepasados, comían en el mismo carro en el que viajaban. Y para no perder tiempo, calentaban la olla de cocido en un anafe. Una vez listo y calentito todo, empezaban por la carne, luego los garbanzos y por último el caldo. Se les llaman los tres vuelcos. Así me lo ha contado mi padre, a mi padre se lo contó su padre y así sucesivamente.

A todo esto, toma la palabra el gabacho:

—Encantado de conocerlos, messieurs, pero el auténtico origen se debe a mis compatriotas franceses, durante la invasión napoleónica. Andaban por estas tierras cuando, teniendo el cocido dispuesto, temieron una inminente batalla, por lo que decidieron degustar primero la carne, lo más nutritivo, y dejar para después, si daba tiempo, los garbanzos, la verdura y la sopa. Y aquí estamos mi mujer y yo para degustar uno de sus exquisitos cocidos.

La historia indigna a los lugareños, que se sienten ofendidos por una falsa leyenda, según coinciden. Y más aún si la cuenta un francés en sus mismas narices.

Eugenio, mandil al hombro, se planta ante los comensales y dice con tono altanero:

—Mire usted, señor francés, que me da que a su leyenda le falta un punto de sal, esto es, de realidad. Porque lo cierto es que sí, ocurrió en época de la Independencia cuando las tropas napoleónicas invadieron estas tierras maragatas que sus habitantes cultivaban con esmero de sol a sol, aunque con tiempo de preparar unos suculentos cocidos, que comían tras el sonido del triángulo que tocaban las mujeres.

El silencio reina en el salón, todos le ponen oídos a Eugenio.

—Los franceses, al escucharlo, dejaban que tomaran los dos primeros vuelcos y luego asaltaban la casa para apropiarse de las carnes. Así sucedió hasta que los maragatos, que no somos tontos, cambiamos el orden de los platos, de tal guisa que a los soldados invasores sólo les quedaba el caldo cuando llegaban.

Dicho lo cual, todos los presentes proceden a zamparse un exquisito cocido maragato como manda la tradición, sea cual sea la leyenda.

EL PAPÓN por Miguel Angel Ramos González

EL PAPÓN

Relato 14

 

Ahí estaba yo, frente al plato de berzas, que ya me había comido las patatas y el tocino, que en los años 50 no se había “inventado” el colesterol.

Tendría cinco años y mi padre me miraba enfadado. Me amenazó: “Rapaz, si no las comes vendrá el papón y marchará contigo to palante pa sacarte el unto y hacer ungüentos”. No me preocupó, pero luego relacioné lo de sacar el unto con la matanza del gocho, que había visto escenas sueltas cuando me lograba colar hasta que los adultos nos apartaban, y no me gustó la idea, por lo que decidí estar alerta, pero no identificaba al papón y no quería preguntar.

Unos días después delante del ayuntamiento estaba el ti Magín con un lobo muerto colgado por las patas de un palo sujeto entre él y su hijo. El lobo parecía sonreír en su mueca póstuma. Le pregunté si el animal era el papón pero dijo sonriendo: No hijo pero guárdate del papón.

Semanas después en las fiestas vi a un bailarín feo que nos daba a los chicos con unas ramas de escoba, y pensé que ya había localizado al papón Le llamaban birria, que décadas después me pareció que se decía “guirria” o “guirrio”, según algunos antropólogos y estudiosos de la zona, pero se me acercó y me di cuenta de que era Valentín disfrazado, que a pesar de las ropas olía como mínimo como siempre, así que descartado.

Algunos años después mi madre, con el visto bueno de mi padre, convino con un cura que había venido a la zona “de misiones” que me llevarían al seminario de Astorga. Me lo dieron como hecho, que si Dios me llamaba, que comería bien y tendría un porvenir, y que ella quería tener un hijo cura (anda y yo, le dije)… No me disgustaba la idea, y no me fue tan mal. Volvía en vacaciones a casa y ayudaba en las labores típicas: acarreo, trillo, vecera de vacas, echar a los gochos…

La primera semana santa me tuve que quedar en el seminario porque mi madre iba a cuidar a mi abuela enferma a su pueblo. Me dijeron que en el seminario darían bacalao y torrijas, y eso me compensaba, aunque luego fue verdad a medias.

Se quedó alguno más esos días, huérfano o con los padres en el extranjero trabajando. D. Abilio nos llevó a la procesión, íbamos a distancia llevándole el bastón, un misal, incienso para reponer…

Cuando iba a salir la procesión dijo el coordinador: los papones formen aquí en fila. Yo solo veía a los cofrades con su “cucurucho” en la cabeza, sus dos aberturas para los ojos, y la tela que cubría la cara y el “papo” o papada, según nos aclaró D. Abilio, a quien expliqué luego mis temores, me contó que había diferentes acepciones del término papón, que después he ampliado, y también que en nuestra tierra se decía lo de sacar el unto, y en otras tierras se decía el “sacamantecas”. (Ahora hay liposucciones).

Por cierto, comí esos años muchas berzas aunque sin disfrutarlas, y hace unos meses en un restaurante caro invitado por un proveedor, rechacé sus recomendaciones y me apunté a las berzas, cuando la camarera dijo: y fuera de carta tenemos kale, es decir berzas.

LIBÉLULA por Emilia Crespo Brayda

LIBÉLULA

Relato 13

Una tarde de verano, tras un largo paseo, nos sentamos a descansar   a la orilla de la Laguna Cernea, a la sombra de los pequeños robles que la rodean entre helechos y jara. Soplaba una ligera y cálida brisa que creaba una gran sensación de bienestar. Una libélula volaba sobre la poca agua que le quedaba en el fondo a principios de agosto. Sus alas transparentes brillaban con la luz del sol. Todo su cuerpo reflejaba múltiples colores bajo los diferentes ángulos de luz

Mamá, tras un largo silencio, habló muy despacito:

“Me recuerda una historia que me contó mi madre…”

Imposible resistir la curiosidad

¿Nos la cuentas mamá?

“¡Claro!

Hace algunos años, no muchos, En Santa Colomba de Somoza vivía una mujer que amaba y buscaba la belleza. Como tenía tanta experiencia buscándola la encontraba muy fácilmente. Con frecuencia escuchando a los mayores, en la naturaleza…en la música y la alegría de las fiestas.

El día anterior a la fiesta principal del pueblo se puso a buscar algo especial que ponerse y no lo encontró ni entre las perchas ni en las estanterías de su armario.  Pensativa se asomó a la ventana y vio la luna blanca, brillante. ¡Qué hermosa!  Salió y se dejó envolver por su luz. Los rayos tejieron a su alrededor una aureola brillante. Se vio blanca, transparente, luminosa. Iría así a la fiesta.

Amaneció. Maximiliano, el tamboritero, tocaba la jota maragata. Recorría el pueblo llamando a los vecinos que poco a poco se juntaban con sus castañuelas y la acompañaban avisando a todos de que por fin había llegado el día de la fiesta.

Llegaron a la plaza del pueblo.

Allí se dirigió la hermosa mujer.  Avanzó hacia el grupo de danzantes. Todos le volvieron espalda. ¡¡¡Qué vergüenza!!!!¡¡¡Es ridícula! ¡¡¡¡¡¡niños no miréis!!!!!!!!!

Ella no escuchó. Estaba feliz, se encontraba hermosa.

Zapateta. Dijeron la flauta y el tamboril

¡Porque no!… con una gran zapateta se elevó en el cielo y desapareció

Solo Maxi la vio volar bella, ligera y brillante mientras sonaban las castañuelas con sus lazos de colores revoloteando a su ritmo

Voló.

Voló hacia la laguna, hacia el río Turienzo buscando agua pura. Voló y voló en todas las direcciones, arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha, hacia delante y hacia atrás

Voló y voló recorriendo el mundo.  Voló y voló sobre los océanos aprovechando las fuertes corrientes y  los vientos huracanados, las brisas suaves y la clama

Voló y voló dispuesta a descubrir todo a su alrededor sin necesidad de girar su cabeza.  Voló feliz disfrutando   al máximo cada momento de su vida.

¿Os ha gustado? Mi madre me enseñó a descubrir que en todo se puede encontrar belleza. Que el pudor, el miedo, la vergüenza no debe impedirnos disfrutar de ellas.” Concluyó nuestra dulce, soñadora y maravillosa madre

EL FORASTERO por David González Hinojo

EL  FORASTERO

Relato 12

 

-Aquí es donde encontré a Leónidas -dijo señalando el camino de San

Martín. Habíamos ido caminando por la carretera hasta la curva del transformador. Añadió:

-Llevaba toda la mañana buscándolo. Hasta que me dijeron que lo vieron merodeando por la Corona. Lo llamé y vino corriendo. Traía una zapatilla en la boca. Creí que sería una zapatilla vieja que habría encontrado por ahí. Pero, cuando la dejó a mis pies, la vi demasiado limpia para haber estado abandonada en el campo. Le pregunté, “Leónidas, ¿de dónde la sacaste?” Y, sonará bobo, pero fue como si me entendiese. Echó a andar hacia los robles, volviéndose cada poco para comprobar que le seguía. Me llevó hacia la ladera sur de la Corona. Allí, bueno…

Calló ensimismado, mirando con fijeza la Corona. Luego siguió:

-Nada más comenzar a ascender la ladera, encontré un calcetín. Aún llevaba la zapatilla en la mano y me agaché preguntándome si ambas cosas tendrían relación. Entonces Leónidas empezó a ladrar, parado un trecho más arriba. Seguí subiendo parar averiguar qué quería mostrarme. Junto a Leónidas, escondido entre unas escobas, había algo que no distinguía. Pero al acercarme lo vi. Y no lo podía creer. Lo miraba y me decía “no puede ser lo que parece”. Pero lo era. Del talud asomaban, como ramas secas, dos pies. Uno llevaba zapatilla y calcetín. El otro estaba desnudo.

El peso grave de los recuerdos le hizo balancear la cabeza en silencio. Después continuó:

-Tuve que subir a lo alto de la Corona para poder usar el teléfono. Pedí ayuda. Y me quedé allí. Leónidas se echó a mi lado. Veía Murias a un lado, al otro Pedredo y allá, al frente, el Teleno. No sabía qué hacer. Me costaba respirar. Me temblaban las piernas. Había dos niñas en el jardín de la casa de ladrillos que hay cerca al cruce. Jugaban a lanzarse una pelota. Estuve mirándolas hasta que oí la sirena de la Guardia Civil.

Calló otra vez. Yo tenía en mente que no llegó a averiguarse qué había llevado al forastero a terminar sus días semienterrado en una tejonera. Se lo comenté.

Me miró. Pareció dudar. Al fin, dijo:

-Mi abuelo me contó que, de chico, solía subir con sus amigos a la Corona para buscar un tesoro escondido. Un pote lleno de oro, decía él. Subían y escarbaban en cualquier grieta u oquedad que encontraban, por ver si hallaban el oro. Nunca encontraron más que piedras y pedacinos de loza, claro. Pero esas excursiones eran frecuentes porque, en el pueblo, desde siempre, se contó una historia sobre unas gentes que vivieron aquí hace mucho tiempo. Un día tuvieron que escapar precipitadamente. Antes de marchar, escondieron sus riquezas en un profundo pozo en algún lugar de la Corona. Con intención de volver a recuperar el oro cuando tuvieran oportunidad. Pero nunca regresaron.

O quizá sí.

LA CASA DE LA MOURA por Miriam Alonso García

LA CASA DE LA MOURA

Relato 29

-¡Papá! ¿Desde aquí? Los ojos de Alejandro brillaban con la luz de la emoción, ésa que siempre irradiaba cuando descubría algo nuevo. Estaba nervioso, tenía miedo y le invadía la felicidad; todo a la vez. Era su sensación favorita. Llevaba quince minutos buscando las piedras perfectas. Su padre le había explicado que tenían que ser pequeñas y planas, porque así, era más probable que se mantuvieran unas encima de otras y no se deslizaran cueva abajo.

-Sí, hijo, desde ahí. José Luís conocía la leyenda desde pequeño, como todos los vecinos de Filiel, y sabía que a su hijo le iba a cautivar.  Esa tarde cogió a Alejandro de su minúscula mano y se dirigieron hacia el Piñeo. Subiendo por el camino que bordea la iglesia, llegaron a la casa de la Moura rápidamente. Era una pequeña cueva excavada en la roca y estaba repleta de piedras de todos los tamaños y formas. En ella vivía la Moura, una malvada hechicera que no dudaba en embrujarte si no accedías a cumplir sus deseos. Y su deseo era solamente uno: debías arrojar tres piedras desde el sendero y éstas tenían que permanecer dentro de la cueva, si se caían, tú también caerías bajo su encantamiento.

El castañeteo de los diminutos dientes de Alejandro se confundía con el de las tres piedrecitas que sostenía en las manos. Era la hora, tenía que lanzarlas. ¡Qué emocionante! Parecía una de las aventuras que le contaba la abuelita cuando se iba a la cama.

-Vamos, hombre, ¡no te lo pienses tanto! Su padre recordó la primera vez que fue a la casa de la Moura. También lo había llevado su padre cuando era un renacuajo, como él decía. Cogió las primeras piedras que encontró y las disparó sin contemplaciones. No había quedado dentro ninguna, ni suya, ni de otro.  Se rascó la cabeza, eran otros tiempos…

-¡Una! ¡Dos! ¡Y tres! Alejandro no cabía en sí, había acertado en el blanco las tres veces.  Permaneció inmóvil durante unos segundos, con la mirada fija en las piedras, saboreando la hazaña. No se movieron, estaba a salvo de la maldición de la Moura.

José Luis aplaudió con fuerza. Una sonrisa se dibujaba en su rostro. Se había apoderado de él una mezcla de amor, admiración y envidia, por la intensidad con la que Alejandro vivía cada pequeño acontecimiento.  Por un instante pensó si sentía aquello simplemente porque era su hijo o porque era realmente un niño extraordinario.

De repente se percató de que Alejandro estaba recogiendo piedras de todos lados, tenía las manos a rebosar.  En seguida interrumpió su ardua labor y, observándolas con detenimiento, fue descartando piedras, dejándolas caer de entre los dedos. Levantó la cabeza y miró fijamente a su padre. -Estoy recogiendo piedras de las malas para que se caigan de la cueva, ¡así conoceremos a la Moura en persona! A lo mejor no es tan mala como dice la gente, papá.

 

No había duda, era excepcional.

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