CASCADA CON VOCES

Relato 20

María siente cercana la hora del parto. Su cuerpo está desasosegado. Ello no le impide seguir trabajando su terruño en La Somoza.

José, su marido, acaba de llegar con sus recuas de Galicia. Han sido jornadas agotadoras. Ha hecho el viaje en menos tiempo del habitual para estar de vuelta antes de que nazca su primogénito. Al llegar y observar a María con su prominente tripa trabajando, respira tranquilo.

Introduce sus caballerías en el establo donde les esperaba el forraje fresco y el agua preparados por María, dado que las recuas son su sustento, y decide ir al pilón para lavarse y quitarse el polvo incrustado. Toma jabón casero y un cepillo de cerdas para rascarse “la roña”. Coge algo para secarse y ropa limpia perfectamente planchada, como siempre.

La temperatura es elevada y el pilón aparece tentadoramente desierto. Decide meterse en él con la ropa interior mínima, por si aparece algún vecino inoportuno.

María, al verle, se acerca con las mangas remangadas. Coge el jabón y el cepillo y restriega todo lo que puede a su marido. La ocasión que se avecina lo exige.

-¡Qué apuesto y fuerte es! –piensa con una sonrisa en su rostro.

-¿De qué te ríes, mujer? -Siempre que lo haces pienso que soy muy afortunado.

-Cosas de mujeres. Nada importante. Te voy a tener que dejar en carne viva para quitarte toda esta mugre que traes. Has debido dejar el camino sin polvo.

Luego tomarás una sopa reconfortante, un plato de guiso y natillas.

Después a dormir y mañana estará como nuevo mi hombre.

-Porque estás preñada que si no te agarraba y te metía en el pilón.

-Quita, quita, no seas loco. De esta noche no paso. La señora Consuelo está avisada.

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En efecto. Antes de amanecer fue en busca de la mujer para que ayudase a traer al mundo a una preciosa niña, con una mata de pelo negro. Una vez cortado el cordón umbilical, aseada y limpia la criatura, María se la entregó a José, que se había tumbado en un lecho especial aderezado al efecto. La atrajo hacia sí mientras simulaba gritos postparto, cual si él hubiese parido.

Era la tradicional Covada.

Acto seguido la mujer preparó el desayuno que le llevó al lecho. Ella, después de almorzar en la cocina, se caló el sombrero y salió a sus tareas diarias. Ya volvería para preparar la comida al nuevo padre. De repente, las fuerzas del cielo y del infierno se conjuraron de forma tal que las luces cegadoras y los sonidos atronadores hicieron temer por que la casa se mantuviera de pie.

-De no haber parido antes, con todo esto hubiese salido despedida la niña.

Se sujetó el sombrero en la cabeza y cruzó hasta la casa. Jarreaba.

Desde el zaguán escuchó a lo lejos la voz tranquilizadora de su marido y el llanto de su hija. Llegó a la alcoba. Al asomarse lanzó un grito desgarrador. La ventana estaba abierta y la cama vacía.

Miró por la ventana y aunque la lluvia le azotaba su rostro, distinguió la silueta de su marido alejarse flotando entre la niebla, con la pequeña en brazos.

Desde aquel día, al amanecer de los días lluviosos, en la cascada del río Cabrito se oyen voces. Una infantil y otra adulta.

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