Te vas   a la casa de Colomba porque así es esto. Porque así terminan las historias: unos se van y otros se quedan. Los que se quedan pierden su vista en el horizonte mirando cómo se aleja el caballo blanco que monta el que se despide.

La mirada de quien se queda es borrosa, porque un océano de lágrimas le impide  ver con claridad si el dolor es por el que se va o por el que se queda.  Aquél que se va se despide con una franca sonrisa porque no le debe nada a la vida, y nada tiene que cobrarle a ella. Hubo un día en el que cerraron cuentas; lo demás fue simple protocolo de espera, lo demás fue sólo seguir, cada uno, sus pasos en el tiempo. Mirando, ya sin emoción alguna, cada uno de los pasos que le trajeron hasta aquí; haciendo una revisión completa de lo que se hizo y de lo que  quedó pendiente para la próxima.

Te vas  satisfecho a la casa rural de Colomba, sin remordimientos aparentes. Te vas pleno porque viviste de la manera en la que más te gustó. Jamás reclamaste nada, y por eso la vida no tiene reproche de ti.

Qué forma tan grandiosa de cerrar el telón, de clausurar la puerta de la casa, sin llanto, sin dolor, sin queja alguna… sólo recibiendo aplausos y flores. Qué manera de escuchar el último silbatazo, despidiéndote con honor de cada uno de los contrincantes y recibiendo de ellos el reconocimiento por ese último esfuerzo: el del triunfo…. el de tu victoria sobre la vida, a pesar de que jugaste en cancha neutral.

Qué manera de ceñirse la corona de campeón, levantando las manos al cielo, implorando a los dioses que abran las puertas del olimpo, las puertas de Colomba porque allí mereces estar. Te vas, te fugas por una de las grietas que tiene la eternidad. Nos dejas sólo fragmentos de tu pasado… sólo recuerdos de tu vida, tristes recuerdos de lo que fue tu amor.

Te vas y nosotros nos quedamos mirando cómo tu mundo fue construido con pequeños y grandes cielos que se confundieron entre sí, que se confundieron con la gracia que rodea parte de la eternidad a la que estamos llamados, aún sin sospecharlo.

Y estando ahí, frente a ese cuadro de la vida con los ojos quietos y la mirada fija en cada detalle, parece que el tiempo se detiene a un paso de la eternidad. Te vas, y sin decir adiós te despides como lo hace aquel que sabe que volverá… sin un dejo de melancolía.

Al sentir tu despedida me haces ver que las nubes negras también son parte del paisaje, no me permiten olvidar que la espina es parte de la rosa y que la partida pertenece al proyecto de estar e irse. Es la espera de las promesas incumplidas las que nos interrogan debajo de la luz de la luna, como amores esporádicos que vienen y se van, como historias prisioneras y fantasía inconclusas que nos confunden.

Al abandonar el pesado cuerpo del dolor dejarás de ser aquel silencioso prisionero que ha llenado su costal de efímeras ilusiones, de sueños fallidos y de esperanzas que forman parte del camino que debiste recorrer con ese valor que te llevó más allá de tus propios pasos, más allá de tus pies cansados, más allá de la tristeza con la que mirabas el futuro.

Por todo ello, creo que te voy a extrañar, y por ello recordaré como avanzabas por el jardín  jugando con tus suspiros entre la fragancia de las flores y el tibio amanecer. Y voy a extrañar tu risa de primavera y sentiré, entonces, el vacío que dejas en mi alma… y  ella sentirá que no se puede vivir así.

Y voy a extrañar el color que dabas a mi vida, sobre todo cuando en el crepúsculo bailabas como un hada entre nubes de algodón, haciendo de esto toda una aventura, viajando encima de tus propias aspiraciones, sonriendo como un verdadero loco con el canto de los pájaros.

Te voy a extrañar…   cuanto vacío queda en las habitaciones de la casa rural de Colomba, cuánta dulzura se ha ido contigo, cuántos otoños cayeron sobre las alas que te llevan. He declarado mi vida en paralelo, porque Dios me quitó las alas de eternidad; y ya no habrá mundos de fantasía.

Creo que el otoño también te va a extrañar, porque una vez más te confundió con la estrella del amanecer, porque  sobre tu pecho cayeron millones de hojas  que guiaron tu mirada hacia lo desconocido.

Te vas y me queda el profundo recuerdo de que un día, una de esas tardes soleadas sembramos en el centro del jardín, en el centro de mi corazón, la semilla del amor… la semilla de una planta que ramifica desde el suelo hasta el cielo, que florea desde la primavera hasta el otoño, y que su fragancia invade todos los espacios vacíos, todas las grietas que hay en la vida.

Hay recuerdos, igual que algunas canciones,  que nos hacen pedazos el corazón en pequeños y diminutos fragmentos de dolor. Hay adioses que se parecen más al frío que a una despedida. Cómo no recordar aquellos profundos ojos que miraban más allá de la lejanía, pero más allá de aquel bosque de la soledad… más allá de la misma eternidad. Cómo olvidarlos si me miraban por dentro, penetrantes y serenos como esperando respuesta que nunca pude dar.

Y en este largo viaje que conduce a la casa de Colombo, y que habrás de realizar aún sin mí, sólo te voy a pedir que dejes de llorar por ti, que yo dejaré de llorar por mí. Te voy a extrañar, porque te robas toda mi fe.

Entiendo al que se va, pero no entiendo al que regresa.

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