Ella abre los ojos esperando encontrarse con el pueblo al que tanto ha anhelado volver desde aquel lejano verano. Sale del coche empujando a sus padres cuando la ilusión se apodera de ella y decide salir corriendo sola hasta un pequeño bar que vende deliciosos y frescos helados.  Espera a que lleguen sus padres para pedir uno, pero no aparecen. La niña preocupada sale del bar para empezar a buscarlos por todo el pueblo. Al no encontrarlos el ritmo de sus pies va acelerándose hasta que sus piernas no pueden correr más rápido. Su vista deja de mirar al suelo y se vuelve hacia el cielo que  se oscurece con velocidad por lo que no puede ver la piedra que se cruza en su camino hasta que su pie se estrella contra ella.  Cae al suelo sin remedio llenando de heridas sus rodillas y manos, al igual que su barbilla. Desesperada,  no puede evitar que un fuerte llanto se apodere de ella mientras la sangre empieza a teñir su piel. Un chico mayor que ella decide acercarse a ver qué le pasa.  Le responde que se ha perdido y que busca el lugar donde se va a quedar a dormir. El chico la coge y se la pone en la espalda para que a ella no le duelan las rodillas. Al  llegar a Casa Colomba, el lugar de su alojamiento, la niña observa a dos personas sentadas en un poyo y baja de la espalda del chico para correr hacia ellas. Sus   padres la abrazan con fuerza y ella entre sus cálidos brazos se gira hacia donde quedó el chico que la ha ayudado para darle las gracias.  Pero no está.  Le pregunta a sus padres por él, pero ellos no han visto a nadie.  Ella  fija su vista en la oscuridad y encogiéndose de hombros entra en Casa Colomba de la mano de sus padres sin preguntarse nada más.

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