El beso.

Un día como cualquier otro, en mi atelier Casa Colomba, donde ahí hablo a través de mis pinturas ya que no logro ser tan eficaz y elocuente con mis palabras. En esos momentos realizaba mi obra: El beso, casualidades del destino, ¡vaya uno a saber!, cuando sonó el móvil, me retiré del lugar y fui inmediatamente.

Una vez más ingresé a ese edificio, blanco, frío con rostros de alegría mezclados con incertidumbre. Algunos pálidos, gélidos, otros simplemente tristes. Percibí ese olor inconfundible entre remedio y veneno. Caminé por ese amplio pasillo entre voces y sollozos. Observando las esperas, escuchando involuntariamente las charlas vacías y los silencios profundos. Así me fui aproximando a tu habitación, entre colores fríos, aromas y rostros. ¡Ahí estabas!, tan perfecto ante mis ojos. Como siempre.  Inmóvil y perenne, las sábanas te acariciaban. Tú piel, ¡inmaculada piel! Sutilmente alcanzada por agresores que visualizaban tus latidos y retenían tú aliento. Eras tú y no lo eras. Yo te vi perfecto, quizás te contemplaba a través de mi alma. ¡Sí!, fue eso. Respiré, suspiré, inhalé coraje, ese que se logra en esas circunstancias. La vida te apura, te moviliza, te convierte en su hoja que baila con el viento. Como el bailarín que ejecuta su danza. Con esa mezcla de emociones, que nos hiere, que nos evaporiza, que nos convierte en más humanos y más bestia.  En ese instante al exhalar coraje. Sostuve tú mano, esa que tanto anhelaba. Sentí tú calor generado por ganas, por ansías. ¡Óyeme! te dije.  Abriendo mi monólogo con mis sentimientos y con mis remordimientos. Tuve ganas de expresarme verborrágicamente. Mi timidez, ni en esa oportunidad me soltaba la mano, siempre fue mi fiel compañera. ¿Qué decirte?, ¿todo era importante?, ¿cómo expresar lo que siente el alma? ¿cómo resumir el amor? ¡No! imposible. Decidí despedirme y acto seguido. Sentí el calor de tus labios, más suaves que la seda y más ardientes que el sol. Rocé cada uno de sus pliegues. Mojé mi ansiada alma, de forma lujuriosa y angelical a la vez. Un segundo, dos o quizás tres segundos. ¡Que importaba! Sellamos nuestro final.