Érase una vez un sobre blanco que volaba y volaba impulsado por los vientos del sur hacia una ciudad con bonita catedral. El sobre, de los corrientes, con unas señas apenas legibles de una letra menuda y frágil como su dueño, voló y voló hasta llegar a su destino. Una chica de aspecto radiante, quizá porque corría el mes de julio y ya los cuerpos se habían curtido al sol, la recibió apenas llegaba a su casa después del trabajo. La letra no le “sonaba”, aumentando su curiosidad por momentos.

“La próxima semana iré a verte” leyó en voz alta cuando se encerró en su cuarto y rasgó el sobre. Lo firmaba Juan. ¿Pero quién era ese hombre? Se sentó lentamente en el borde de la cama, empezando a repasar en su memoria todos los Juanes que conocía. Intentaba ponerles cara a todos sin conseguirlo. iQué intriga!

-Quizá será el que sentó a mi lado en la última reunión —era tal el aturdimiento que sentía que repetía en voz alta cada comentario de la carta.

“Te espero en Casa Colomba; busca en el mapa y la encontrarás. Es una sorpresa”. Y la firma garabateada. Pasó la semana bastante inquieta, hasta que el sábado sonó el teléfono. Descolgó y rápidamente reconoció aquel acento andaluz tan simpático.

-Ya estoy de camino a Casa Colomba —repiqueteaba la voz masculina- En una hora estoy esperándote en la solana. Te gustará, es un sitio maravilloso y muy romántico.

Por fin encontró Casa Colomba nada más preguntar a la primera persona que encontró a la entrada del pueblo. Como él había dicho, la estaba esperando sentado en la solana, fumando tranquilamente un cigarrillo. Las habitaciones eran espléndidas y las vistas maravillosas. Fueron unos días inolvidables. Desde el primer momento Juan y ella se compenetraron. Reían como dos adolescentes. Se miraban a los ojos de vez en cuando. Él decidido a ir “a por todas”; ella no tenía ni prisa ni ganas. Sin duda Juan era amable y cariñoso, pero tampoco era el hombre que ella había soñado.

Una calurosa mañana salieron de Casa Colomba para dar un paseo por el camino hacia el río. De pronto Juan la agarró de un brazo y le dijo acercándose a su bonita cara:

-Hagámoslo aquí —le susurró al oído-. No puedo esperar más.

Ella se quedó sorprendidísima. Nunca había imaginado que la cosa fuera tan rápida y menos en pleno campo. Con un NO casi gritando, salió corriendo hacia la casa rural.

A la mañana siguiente Juan había desaparecido después de pagar la cuenta caballerosamente; sin un adiós. Se había marchado sin despedirse. Furioso.

Érase una vez un sobre blanco que volaba protegido por los vientos del norte hacia la capital del Reino. La dirección era correcta, escrita con una letra redonda aprendida en un colegio de monjas. No había pérdida. Y encontró a su destinatario.

Juan rasgó casi con desprecio el sobre. En el papel blanco tan sólo había unos labios rojos marcados. No había firma. Juan se sentó en el sillón de su despacho, intentando recordar la sonrisa de aquella mujer que le había roto el corazón desde hacía bastante tiempo. Sonriendo, dobló la carta. Sacó el móvil y marcó el número.

-Perdóname, por favor. ¿Volvemos a Casa Colomba este próximo fin de semana? —esperó ansioso la contestación.