Henchido de gozo y acariciando con su mirada la plenitud de la ladera, al alba, se inclinó sobre los matorrales para arrancar, con suavidad, una pizca de romero.

El aroma prendió enseguida entre sus manos envolviendo cada rincón del emblemático paisaje.

La naturaleza fue despertando ante sus propios ojos, provocando sonidos sugerentes de vida y el gorgoteo del pequeño riachuelo que cruzaba la montaña fue transformándose, sin querer, en un agradable repique de fondo.

Allí, a lo lejos, podía distinguir su pequeño refugio: casa Colomba.

Hacía ya mucho tiempo que frecuentaba aquel lugar, aunque, hasta entonces, no había reparado ni siquiera en ello. Era más bien una costumbre o tal vez, mejor dicho, una tradición familiar.

Lo cierto es que desde que era un niño, escuchó hablar de la casa a sus abuelos, a sus padres e, incluso, a otros familiares no tan directos.

Y a pesar de su acostumbrada manía de echar la vista atrás, tratando de detener el tiempo para su posterior y crítico análisis, no lograba asociar ningún mal recuerdo a este idílico enclave

Sorprendentemente, tan solo hallaba momentos de inusual paz.

Y no se debía al hecho de que él omitiese a los suyos, por norma o por pura cabezonería, la dirección de sus peculiares retiros.

En realidad, todos sabían dónde podían encontrarle si de verdad le necesitaban.

Hasta el momento, no había sido así.

Y al pensar en ello, una franca sonrisa iluminó su rostro limitándose a saborear, una vez más, la felicidad con que su alma, torturada por la tediosa y permanente rutina, se vio sorprendida en aquel instante tan lleno, de improviso, de pura magia.

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